El arte del fuego y el misterio del tiempo

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“Revoloteaba alegremente; era una mariposa muy contenta de serlo. No sabía que era Chuang Tse. De repente despierta. Era Chuang Tse y se asombró de serlo. Ya no le era posible saber si era Chuang Tse que soñaba ser una mariposa, o si era una mariposa que soñaba ser Chuang Tse”. La parábola del antiguo maestro chino abre los sentidos sobre la percepción que tenemos acerca del tiempo. Si acaso nuestra vida es un sueño de otros y dormimos los propios días sobrevolando una fantasía, o si tendremos la capacidad de reacción para despertar, asirnos a nuestra realidad, apoderarnos del tiempo y adueñarnos de nuestros sueños.

Borges, un obsesionado del tiempo, cita la parábola de Chuang Tse en su “Nueva refutación del tiempo”. En el cierre de su tesis cierra con deliciosa poesía: “El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego”. Atrapados en el tiempo, somos el tiempo. El tiempo nos empuja como el río que fluye a buscar sentido a cada día. Sin embargo, después del esfuerzo de domar el ímpetu del río y disfrutar del equilibrio y la frescura de sus aguas, aparece como un tigre que destruye lo que creíamos tener en nuestras manos para siempre. Es entonces que reaparece en forma de fuego. El fuego nos devuelve a nuestra limitada humanidad de polvo y cenizas. Pero a la vez, el fuego nos llama a la iluminación y al alumbramiento de lo que trascenderá.

El tiempo es como el fuego. Puede consumir los días, o puede traer calor y luz a los instantes. El fuego inspira misterio. Así como destruye, crea. Mientras es símbolo de vida y pasión, nada puede vivir en él. En palabras de Jean-Paul Sartre: “El amor y el odio no son ciegos, sino que están cegados por el fuego que llevan dentro.” A la vez, es ese mismo fuego el que hace que el amor sea la belleza creativa más poderosa del alma.

El texto que estudiamos esta semana habla acerca de la noción del tiempo y de la potencia del fuego. Como única ocasión en toda la Biblia, lleva por nombre un número, el número “8”. El relato describe un momento único en medio de la travesía por el desierto: la inauguración del Tabernáculo donde residirían las Tablas de la Ley. Resulta interesante que la construcción de un espacio sagrado, un lugar para el encuentro espiritual con lo divino, comience con la descripción de un tiempo. El texto habla acerca de lo sucedido con dos fuegos en el día octavo de dicha inauguración. Por un lado, nos relata la importancia simbólica del fuego en el ritual del altar, mientras que en medio de la celebración, otro fuego desata la tragedia y la muerte temprana de los dos jóvenes sobrinos de Moisés. La inauguración y el final. La vida y la muerte. El origen y el destino. Todos los tiempos, en uno.

El número ocho en medio del relato brilla por su mensaje. Es sabido que en la literatura bíblica, y especialmente en la exégesis mística, el número más destacado es siempre el “siete”. Mientras el “7” es asociado al mundo y al tiempo de lo divino, el número “8” habla de nosotros y de nuestros tiempos.

En el comienzo de la historia del Universo, Dios crea al mundo en seis días, generando un tiempo sagrado en el séptimo día. La celebración semanal del Shabat es una reedición de la contemplación de lo creado en la semana, para dedicar la séptima parte de nuestros días a la propia creación espiritual. Tal como lo hiciera Dios, transformamos el mundo durante seis días, para transformarnos a nosotros el séptimo. En Shabat el mundo entero puede esperar. Un día a la semana somos nosotros y nuestro alma lo que no puede esperar. Pero el octavo día, es el día en que regresamos al mundo. Es el día en que nosotros comenzamos la creación, una nueva vez. El día octavo representa nuestro compromiso con la reinauguración creativa del mundo, en nuestras manos.

Los sabios nos explican lo que sucedió en el origen de la historia, el primer octavo día de la humanidad. Adán y Eva no habían llegado a disfrutar un solo día del paraíso. El mismo sexto día en que habían sido creados, comieron del fruto prohibido y fueron castigados con el exilio del Edén. Sin embargo, Dios permitió que aguarden ese séptimo día en el Jardín, para transmitir a sus generaciones futuras la fragancia del Edén en un día de Shabat, que permanecería guardada por siempre en el alma de cada ser humano. En los siguientes milenios, cuando un alma se e en cada séptimo día, podría volver a inspirar la belleza del Jardín y disfrutar de la luz creadora del origen del cosmos.

Cuando ese primer Shabat comenzó a llegar a su fin, Adán y Eva fueron testigos por vez primera de un cielo que comenzaba a oscurecer. Temieron entonces que así como habían sido testigos del comienzo, verían ahora por su falta, el final del mundo. Fue entonces que Dios les enseñó a ambos, el arte de hacer fuego.

Según el mito griego, Prometeo roba del Olimpo el fuego de los dioses para dárselo a los humanos. Zeus no soporta la traición y condena a Prometeo a vivir por la eternidad encadenado a una roca mientras un águila come sus vísceras cada noche. Al ser inmortal, sus órganos se regeneraban al día siguiente, pero eran vueltos a ser devorados por las noches. El tiempo y el fuego siempre han ido de la mano.

Sin embargo en el relato hebreo, lejos de ser robado a los dioses, el fuego es regalado en un acto de iluminación por un Dios que enseña su misterio. Según el Talmud (Pesajin 54a), Dios le enseña al hombre a crear el fuego haciéndole chocar dos piedras, en el anochecer del comienzo del octavo día. En una profunda ampliación del relato, la antigua compilación Midrash Tehilim (92:4) nos dice que las piedras tenían nombre: una se llamaba “Oscuridad”, y la otra se llamaba “la Sombra de la Muerte”.

Es precisamente desde lo oscuro, desde la sombra de la finitud de nuestro tiempo, que somos llamados a crear luz. A traer fuego de iluminación a las noches, y fuego de creación a los días. A la vez, hacen falta dos piedras para encender un fuego. Descubrir al otro, a todo otro, nos hace partícipes necesarios del fuego que alumbra. Al amigo en penumbras, a la sociedad en oscuridad o a los que viven en encierro sin ninguna cuarentena. A los que sienten la sombra de sus pérdidas como único faro remoto del paso de sus días, a los que en la angustia no logran ver el potencial de luz que llevan dentro. A los que teniendo tanto por sonreír, no logran ver la riqueza de las almas que les han llovido desde el cielo como regalo, o a aquellos que parafraseando a León Tolstoi, cruzan un hermoso bosque y sólo ven leña para el fuego. Se necesitan dos para encenderse en luz. Descubrir al otro, al más puro amor, nos lleva a inspirar con su mirada otra vez la fragancia del Jardín, nos trae al alma otra vez el fuego del origen.

El octavo día nos asociamos a la creación. Enfrentamos los miedos de nuestras noches sabiéndonos más fuertes por contar con nuestros otros que nos hacen dos, y llenos del aroma y la melodía del Edén nos sumergimos en nuestra tierra, para llenarla del fuego de nuestra propia creación.

Amigos queridos. Amigos todos.

El gran Oscar Wilde escribió: “La única ventaja de jugar con fuego es que uno aprende a no quemarse”.

El fuego de la pasión, el del amor real, el de la iluminación espiritual, el fuego de los vínculos genuinos, el que abriga en el abrazo, el que abraza en la solidaridad, el de la sabiduría emocional, el fuego de la búsqueda de sentido, el que alumbra en noches de nostalgia, el que cuida ante la vela del recuerdo, el que se anima a recrear todo mundo, el que nos hace soñar que volamos como las mariposas, ese fuego es con el que sin dudas vale la pena jugar.

Porque el tiempo es la sustancia de lo que estamos hechos. Del arte del fuego, y del misterio del tiempo.

El autor es Rabino de la Comunidad Amijai, y presidente de la Asamblea Rabínica Latinoamericana del Movimiento Masorti.