Cuantas veces hemos escuchado decir ‘Dios es argentino’. Cuando un acto fallido nos salía bien lo justificábamos con esa frase en diferentes áreas, sobre todo en la deportiva. En este aspecto también decíamos sin involucrar a Dios, refiriéndonos a los malos resultados que obteníamos en las competencias deportivas, que el motivo era estar lejos geográficamente de los centros de competencia de élite (Europa y EEUU) y que esa circunstancia no nos permitía evolucionar.
Ahora bien, por diferentes motivos, estas distancias se han acortado: los viajes están más facilitados y son más cortos, la evolución tecnológica y de la comunicación a través de las redes han hecho que el mundo se acerque de una manera asombrosa. Hasta las guerras se han llegado a transmitir en directo y en colores.
Pero...aún se mantiene un océano que nos separa; y no es precisamente ni el Atlántico ni el Pacifico. Siguen siendo los aspectos socio económicos y de educación en los cuales no pudimos evolucionar y en muchos casos hemos retrocedido. Ubicados a través de esta introducción en circunstancias que nos distinguen no de la mejor manera, volvamos al título de esta columna y hagamos referencia a esta pandemia que azota al mundo y que lo ha puesto patas para arriba y que hasta ahora nadie ha podido vencer a este ejército de fantasmas que ataca por todos los flancos sin distinguir niveles ni clases.
Cuando se desató la invasión, lo que antes era una debilidad -estar lejos geográficamente del epicentro de la acción- se constituyó en fortaleza. Mientras en el norte atravesaban un cruento invierno, nosotros y el Cono Sur disfrutábamos el verano y un comienzo de un cálido otoño.
Pudimos observar los errores (y horrores), y de qué forma los gobiernos enfrentaban la crisis. Desde el “no pasa nada” y el espectáculo debe continuar, hasta las mentiras y engaños a sus propios pueblos.
Por eso, cierta casta política debe cambiar radicalmente, dándole lugar a otra forma de conducir las naciones. Fuimos invitados privilegiados a esta avant premiére.
Vimos antes esta película de terror. Nuestros conductores políticos reaccionaron, después de ciertas dudas lógicas, velozmente. Se apoyaron en los científicos, en hombres y mujeres de la salud y en las Fuerzas Armadas y de Seguridad, dándoles el lugar que corresponde dentro de la sociedad. No podemos aún ponderar los resultados y tampoco minimizar el drama: un solo muerto es una tragedia y hubo y habrá muchos más. Pero analizando comparativamente otros países, estamos en una situación de privilegio. La sociedad debe responder y actuar con responsabilidad. Tratemos que por las buenas, y si no, será como dijo el Presidente: por las malas.
El tiempo es escaso, las horas y días que no cumplamos lo estipulado se trasforman en muertos. Podemos achicar las desgracias mucho más de lo que pensamos. Seamos algunas vez serios y quizás podamos volver a decir, pese a todo lo que nos pasó, ‘Dios es Argentino’.
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