Cambiemos perdió mucha credibilidad en economía: ¿quién le explica a “Doña Rosa”?

Director de la revista Imagen y conductor de La Hora de Maquiavelo
El presidente Alberto Fernández (Télam)
El presidente Alberto Fernández (Télam)

Volvieron los piquetes contra el FMI, la “deuda ilegítima” y otras tantas consignas setentistas, de esas que los países normales del mundo ya dejaron atrás hace 30 o 40 años. Y nos tocó escuchar a una vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner que desde Cuba le reclamaba al FMI una quita de lo que nos vino prestando desde 2018, y a un ministro de Economía, Martín Guzmán, negociando la deuda con mensajes amenazantes para los bonistas privados desde el Congreso.

Un impresionante déjà vu de los 70, 80 y 2000, que podría terminar como siempre terminó todo en aquellos años: con un default y una extensa negociación que aleje aún más las posibilidades de que vengan inversiones -del exterior y de los propios argentinos- que ayuden de una vez a que el país salga de décadas de inflación y estancamiento.

Guzmán dijo con mucho énfasis que no piensa mostrarle a nadie un plan económico -aunque aseguró que lo tiene- y ratificó que su gobierno no planea tener ningún superávit fiscal para pagar nada en los próximos años.

El argumento es que solo así podremos crecer, y después se verá.

Si es una estrategia de negociación -desde que el presidente Alberto Fernández confesara ante la prensa en París que él está jugando al poker, todo puede ser- o si es una manera de prepararse para una negociación mucho más larga que no terminará en abril, nadie se anima a adivinar.

Por lo pronto el Gobierno deberá tener preparada una estrategia para culpar a alguien de las miserias económicas argentinas. Al final no volveríamos a crecer a partir de abril, una vez que se arregle el tema de la deuda, como sostenía semanas atrás Guzmán. Aunque igual da para preguntarse por qué crecería la Argentina una vez solucionado el tema de la deuda, si todos los problemas que había heredado Cambiemos el 10 de diciembre de 2015 y no supo resolver siguen estando ahí: déficit fiscal, inflación, inflexibilidad laboral, impuestos impagables, y un gasto público insustentable.

Lo que es seguro es que el mensaje del Gobierno a los acreedores está diciendo que no le preocupa arriesgar un default con el pretendido recuerdo de que el kirchnerismo logró mantenerse 12 años en el poder, con dos de ellos en default completo, y los restantes diez en cesación de pagos parcial.

Recién el gobierno de Mauricio Macri terminó de sacar a la Argentina del default en 2016 cuando se les pagó a los holdouts -o fondos buitre, dependiendo del lado de la grieta de donde se lo mire- que le estaban haciendo imposible crecer a la Argentina, y tampoco logró crecimiento y estabilidad.

Hasta que se resolvió la deuda con los holdouts, Argentina había quedado no solo totalmente aislada de los mercados financieros internacionales, sino que le incautaron hasta la Fragata Libertad, y la Presidenta debía viajar por el mundo en avión privado para que no le embarguen el Tango. A medida que el juicio de los “buitres” avanzaba, el país se arriesgaba a que le incauten hasta las exportaciones de soja. No le vendían ni una máquina con crédito: Argentina era el paria del mundo.

Cabe recordar que fue formidable el negocio que hicieron los buitres a costa de los bonistas de buena fe que habían creído en la Argentina y fueron defraudados desde 2002: compraron a 20 y cobraron más de 100.

Pero el consuelo era que por aquel entonces estaba el PRO de Mauricio Macri para explicarle a la opinión pública que se estaba haciendo todo mal en materia económica. Esa explicación le valió el triunfo en la elección presidencial de 2015 en alianza con la UCR y la Coalición Cívica y generó una expectativa enorme de que “el mejor equipo de gobierno en 50 años” iba a aplicar un plan económico para sacar a la Argentina de la “estanflación” que ya parecía eterna.

Bueno... nada de eso pasó.

Y eso hoy es un problema, porque la oposición de Cambiemos está en condiciones de criticar al gobierno en materia de seguridad, de transparencia, corrupción e infraestructura, por ejemplo. Pero su credibilidad para hablar de economía es demasiado baja. Fue demasiada la mala praxis, y -lamentablemente- el ex Presidente Mauricio Macri le cerró la puerta a Cambiemos de recuperar algo de esa credibilidad cuando en su única “cadena”, para su discurso de despedida, en noviembre, en lugar de explicar todo lo que debió haber hecho para cumplir con sus promesas de campaña electoral y no pudo, no quiso o no supo hacer.

El resultado de esa falta de “mea culpa” de Mauricio Macri es catastrófico para Cambiemos, porque ahora no le queda otra que hacer silencio por lo menos hasta ver cómo sigue la película.

Nicolás Stulberg
Nicolás Stulberg

En los años del default, el relato del kirchnerismo apuntaba a falsificar las estadísticas, asegurar que no había ninguna inflación, pero culpar de esa inflación -que oficialmente no había, según el Indec- a los empresarios: porque eran codiciosos, porque no invertían, porque se aprovechaban de la felicidad del pueblo y otros tantos delirios que había que escuchar por aquél entonces.

Pero por lo menos estaba el PRO para salir a explicarle a la opinión pública. De los empresarios solo llegaba silencio.

El periodista Bernardo Neustadt había acuñado en los 70 y 80 en su programa de altísimo rating, “Tiempo Nuevo”, la muletilla de “explicarle a Doña Rosa” qué estaba pasando en la economía argentina.

Neustadt hizo una importante contribución para cambiar a la opinión pública de aquellos días, contaminada de estatismo, rechazo al FMI y muchas de las tantas consignas falsas que hoy volvieron.

Ese cambio en la opinión pública le permitió al peronista Carlos Menem generar el consenso político para empezar una serie de reformas estructurales que, de haberse continuado en el tiempo, habrían hecho que la Argentina hoy fuera un país próspero y estable.

¿Quién le podría explicar hoy a “Doña Rosa”?

Solo quedan los empresarios, que deberían sentir la necesidad de defender el sistema en el que en casi todo el mundo les permite a los países progresar y a la vez generar riqueza a la sociedad.

Pero deberían salir de su silencio.

Recientemente el empresario textil Teddy Karagozian, de TN Platex y creador de la Fundación Protejer (sic), una institución fundada para comunicar y hacer lobbying para la industria textil nacional, salió a defender en las redes sociales que los acusan de vender aquí mucho más caro sus productos. Usó la imagen de una remera-infografía en la que se mostraba cómo el Estado se lleva casi todo lo que pagan los argentinos por la ropa made in Argentina. Hasta mandó a estampar remeras reales con esa infografía.

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Recientemente el consultor de comunicación empresaria Eduardo Reina ideó para la cámara de las empresas de camioneros -que además de con el Estado debe lidiar con el sindicalista Hugo Moyano- un camión que recorría las calles con una gigantesca infografía explicando que los impuestos, las cargas sociales y los sueldos eran los culpables de que en Argentina el transporte encareciera tanto los productos que transportaban.

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La campaña le valió varios premios a la comunicación, entre ellos un Eikon de oro en 2017. Parte de la campaña consistía en mandar un camioncito de juguete con la infografía de costos a las redacciones para lograr difusión en los medios.

Recientemente Coca-Cola y la cámara que agrupa a las empresas de gaseosas tomó la idea para mostrar por qué la mitad del precio de los refrescos se debe a los tan diversos impuestos, y por eso las gaseosas aquí salen más que en cualquier lado del mundo.

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Así como la deuda y la inflación, los impuestos en Argentina no son otra cosa que la contracara de un Estado que gasta demasiado y muy mal. Son el resultado de que las leyes laborales y las cargas sociales impiden a las empresas -especialmente a las pymes- contratar gente para crecer. Desde hace décadas que el mercado laboral fue reemplazado por el Estado.

Y así es como la Argentina vive en quiebra constante, con jubilados a los que no les puede pagar y millones de empleados públicos de sobra.

¿Podrán los empresarios -tan buenos en comunicar sus productos y tan malos para explicar el sistema en el que ellos y las sociedades pueden prosperar- tomar estos ejemplos y lanzar, por ejemplo, un etiquetado de productos con mensajes informativos?

Podrían explicar por qué sus productos son más caros que en cualquier parte y por qué suben de precio constantemente o por qué escasean cuando les ponen precios máximos. Podrían explicar por qué despiden gente y se resisten a contratar. También podrían contarnos por qué no acceden al crédito indispensable para invertir.

Si tomamos como guía el comportamiento pasado, la respuesta seguramente es negativa: los empresarios prefieren llevar sus inversiones a otros países antes que salir a hablar y exponerse políticamente.

Pero alguien le tiene que explicar a “Doña Rosa”. Y solo quedan las empresas.

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