
El futuro (ya muy cercano) gobierno de Alberto Fernández está arrancando con bases suficientemente dispersas, como para anticipar que no lo tendrá fácil; y no lo digo por la herencia de Macri, quien heredó algo peor de Cristina, sino por la debilidad y composición de las alianzas que lo llevaron a ganar. Hay dos grandes bloques, el kirchnerismo camporista y el peronismo de algunas provincias, que lo que tienen en común es solo el nombre.
Las manifestaciones con cortes de calle y piquetes de la semana pasada en Buenos Aires fueron por parte de grupos kirchneristas para anticiparle a Alberto Fernández que no están de acuerdo con que se le pague al FMI. Sabemos que ninguno de estos grupos opera por su cuenta, porque si algo heredaron del chavismo, fue la verticalidad y la disciplina. Y esto es solo el principio de la conflictividad, que desde antes de las PASO, anticipábamos para el caso de que ellos ganaran; y ganaron. Entonces, ahora el juego es jugándolo, y la teoría queda de lado: el que tenga el verdadero poder es quien mandará, y ya veremos si es cierto que es el que “tiene la lapicera”, o es el que tiene la fuerza (y los votos para sustentarla).
Estamos a casi un mes del cambio de mando y ya se están dando pasos que podrían definir un rumbo irreversible para la república. Es como el juego de unir los puntos, y cuando lo haces te sorprendes por la figura que aparece; o, por el contrario, no lo haces, porque lo veías venir. El viaje a México, en vez de a Brasil o Chile, tiene la connotación de crear un nuevo polo, tanto en lo político, con el Grupo de Puebla y el Grupo de Contacto -que incluye a la UE-, como en lo económico. Lo primero es para distanciarse del Foro de Sao Paulo, que suena muy chavista, y lo segundo para reemplazar al Grupo de Lima, que es muy opositor al chavismo. Aunque en el FSP haya muchos grupos que votaron por su fórmula, y el de Puebla prácticamente no tenga argentinos.
La idea inicial es buena, si no fuera porque el actor EEUU está altamente comprometido con sacar a Maduro y su gente del gobierno de Venezuela, y no admite medias tintas en países que dependen de sus decisiones, léase refinanciamiento y rol del FMI. El otro ángulo riesgoso es el económico, con un enfrentamiento provocado con Bolsonaro, cuando Fernández fue a su país a visitar a Lula, que si bien estaba en su derecho, difícilmente sirva como mensaje positivo para confraternizar con el presidente del socio más importante que tiene Argentina, con un comercio que supera los 26 mil millones de dólares.
Lo anterior me recuerda cuando Chávez, guiado por la ideología y la soberbia de los petrodólares, decidió por su cuenta, salir de la Comunidad Andina, y sumarse al Mercosur, porque allí estaban sus amigos. El primer damnificado fue Colombia, que se vio obligada durante más de dos años, a mover su estrategia de negocios, desde la frontera con Venezuela (tal como Argentina y Brasil), hacia el Pacífico, buscando recuperar su PIB afectado por la decisión política de Chávez. Si se unen los puntos entre Lula, Dilma, Puebla, México y López Obrador, cuando la cancillería brasilera los lea, llegará a la misma conclusión que Colombia en su momento, y reorientará toda su estructura de negocios para atender otros mercados, dejando a la Argentina sin su principal socio y cliente. Allí pueden pasar dos cosas, o que el costo para argentina sea políticamente digerido, o que no lo sea y obliguen a Fernández a cambiar su postura.
Pasó el tiempo y Venezuela está muy necesitada de Colombia, y ésta, así quisiera hacerlo, se ve imposibilitada de atenderla, porque su perfil ya cambió, y los compromisos son con los nuevos clientes y aliados de la Alianza del Pacífico. Con esto quiero decir que la decisión visceral de Chávez, que fue aplaudida a corto plazo –incluso por mi persona que veía oportunidades en Mercosur- se convirtió en el mediano y en el largo plazo en uno de las tantos factores que nos llevaron, en Venezuela, a la crisis terminal en la que estamos actualmente. Si lo de Mercosur no se hubiera politizado, si no hubiera habido corrupción, si Odebrecht no hubiera hecho lo que hizo, y si los argentinos de entonces (que curiosamente también son los de ahora) no se hubieran prestado a politizar el Mercosur, tal vez la decisión hubiera sido buena, pero no lo fue.
No digo que si esto ocurriera y Argentina se quedara sin el Mercosur, tal como lo conocemos, no pudiéramos, como nación soberana e independiente, comenzar nuevamente. Pero hay que estar claros: si nosotros podemos salir a expandir nuestros mercados, es porque la masa crítica la lográbamos con Brasil; y si esto se cayera, entonces, de los dos países involucrados en el daño, nosotros, los argentinos, nos llevaríamos la peor parte.
Claro que lo anterior es visto desde los procesos, pero si lo viéramos desde lo reputacional, desde la confianza y la credibilidad ante el mundo, el único dirigente argentino que hoy podría reunirse y llegar a acuerdos, sería Macri; pero como perdió y en los próximos días entregará la presidencia, ya no podremos contar con él y veremos, en su lugar, a un grupo de buenos profesionales, reconocidos y bien intencionados, parte del gabinete de Fernández, cargar con la mochila del default, de los paros y los piquetes, y en general del des manejo y la corrupción, de la infraestructura, servicios públicos y el negocio petrolero.
Ya Fernández es un hecho, y desde estas columnas habría que apoyarlo con sugerencias y alertas tempranas, pues está arrancando sin una sólida fuerza política propia, pues los 13 puntos que aportó no son confiables, y están en contra de los otros 35, que si son sólidos, y Cristina y La Cámpora cuentan con ellos. La negociación es el arte de los posible, y cuanto más profundas las diferencias, más oportunidades de espacio para acordar. Y ese es el trabajo del presidente Fernández, que será negociar con sus antagonistas, los que, curiosamente, están dentro de su propio gobierno.
Una cosa es ser compañeros de ruta en una campaña, y otra muy distinta es ser socios en un gobierno donde el kirchnerismo y La Cámpora, que es el chavismo argentino, tiene el poder real y una filosofía de aproximación opuesta y conflictiva. La mejor muestra del futuro que le espera a Fernández son las marchas y piquetes del 31 de octubre con lo que comencé este artículo, donde no le dijeron que negocie con el FMI, sino que no le pague.
Ah, eso sí, que a Fernández no se le olvide que la gente puede cambiar, pero nunca perder su esencia, por lo que le recomiendo la fábula de la “esencia del escorpión”, para andar todo el tiempo, con el antídoto a la mano.
El autor es economista y consultor gerencial en Planificación Estratégica y Análisis de Entorno
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