
El odio nos impulsa a rechazar aquello que nos genera disgusto, antipatía, aversión y se genera por motivos culturales o ideológicos, fundamentalmente, por nuestra intolerancia al otro. Es la incapacidad de ver al prójimo como un igual creado a imagen y semejanza divina. Asimismo, el odio surge de hacer hincapié en las diferencias, dejando de lado las visiones que tenemos en común. El odio nubla la razón y hace creer que poseemos más derechos que los demás.
Los recientes atentados a las sinagogas de Halle, en Alemania, o Pittsburgh, en Estados Unidos; a la mezquita neozelandesa de Christchurch; y a la Iglesia de Sri Lanka fueron todos consecuencias de esta gravísima enfermedad que es el odio. No debemos permitir que estas manifestaciones de intolerancia avancen y se repitan. Debemos buscar puntos de acuerdo, integrarnos y trabajar en conjunto.
Otro punto que preocupa es que también del odio emana, por ejemplo, la indiferencia a ayudar a los migrantes, un problema tan propio de nuestro tiempo y al que no escapa la región latinoamericana. En nuestro preámbulo constitucional se esboza la idea de garantizar derechos a “todos los habitantes del mundo que decidan habitar el suelo argentino”. Esta premisa fue pensada y escrita en 1853, más de 150 años después la realidad nos muestra que aún tenemos cuentas pendientes que solucionar como sociedad.
Los exégetas rabínicos explican en el Génesis, que el Todopoderoso creó a un sólo primer ser humano, Adán, para que ningún descendiente -sea persona o pueblo- pueda alegar la superioridad sobre otro. Tenemos que tener grandeza para erradicar de nuestros corazones cualquier resabio de odio y, en cambio, elegir elevarnos hacia la tolerancia. Si logramos eso,creceremos y podremos abrazar a nuestro prójimo en la fraternidad.
El autor es rector y presidente ejecutivo del Seminario Rabínico Latinoamericano.
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