El entendimiento, la facultad de la mente que permite aprender, razonar, tomar decisiones y formarse una idea determinada de la realidad, fue desde que tenemos memoria, una cualidad propia de los humanos. Aristóteles le atribuía la capacidad de captar la sustancia, por ello el entendimiento, en cuanto inteligencia, es considerado en muchas ocasiones la esencia, la diferencia específica del hombre, lo que hace que el hombre sea lo que es. Sin embargo, esto ya ha cambiado.

Los algoritmos han permitido a los ordenadores dejar de ser meros archivadores seriales de grandes cúmulos de información, para ofrecer respuestas de una manera activa y autónoma, basadas en su capacidad de entender los datos procesados –de maneras que aún no terminamos de comprender-, y de tomar decisiones en consecuencia, con un margen de autonomía que veremos crecer a gran velocidad.

Así la inteligencia ha dejado de ser propiedad exclusiva de la humanidad. Se trata por supuesto la artificial, de una inteligencia aún sin conciencia, pero como señaló el matemático Marvin Minsky, padre de la Inteligencia Artificial, “hasta la fecha, no se ha diseñado un ordenador que sea consciente de lo que está haciendo; pero, la mayor parte del tiempo, nosotros tampoco lo somos”.

Estos desarrollos están cambiando radicalmente la relación de las personas, de las empresas, de los gobiernos, a través de una verdadera explosión que algunos denominan la cuarta revolución industrial -desintegrando las fronteras entre las esferas física, digital, y biológica-la que tendrá un impacto en nuestra realidad aún más profundo incluso que la expansión de internet que vivimos durante los últimos 20 años. Con un ritmo vertiginoso de crecimiento “pronto los algoritmos nos conocerán mejor que nosotros mismos”, como viene señalando el historiador y escritor israelí Yuval Noah Harari.

En un mundo dominado por algoritmos, la brecha en términos de desarrollo y de bienestar entre quienes viven y trabajan en países a la vanguardia tecnológica y los que se ubiquen fuera de esa frontera digital, sin dudas crecerá exponencialmente, de manera que esta nueva revolución plantea un desafío especialmente complejo para las economías menos desarrolladas.

Hasta hace pocos años, los avances tecnológicos habían generado oportunidades de innovación para creativos independientes en todo el mundo. Emprendedores aislados, provistos de un equipamiento modesto y una conexión a internet, ubicados literalmente en cualquier lugar del globo, podían generar el milagro, y cambiar el mundo desde el garaje de su casa. Marginales, pero oportunidades al fin.

Toda inteligencia artificial, en cualquiera de sus variantes, aprende a partir del procesamiento de grandes volúmenes de datos. Y su desempeño mejora a medida que es capaz de procesar más datos, incorporar más fuentes, y volver a procesar más datos. De manera que su expansión no solo requiere equipos interdisciplinarios de especialistas, creatividad, motivación y la posibilidad de acceder a grandes volúmenes de datos, sino que además existe una necesidad creciente y permanente de capacidad de procesamiento, situación que viene concentrando en pocos jugadores los grandes desarrollos tecnológicos, dificultad que comienza a advertirse incluso hacia adentro de las sociedades a la vanguardia de la innovación.

Los países desarrollados están integrando la IA como una cuestión de estado en su estrategia política, tomando decisiones y promoviendo activamente su despliegue tanto en el sector público como en el privado, como una de las claves para fortalecer su competitividad, e invirtiendo en IA como soporte tecnológico para conseguirlo. La IA tiene el poder de transformar la forma en que los gobiernos de todo el mundo prestan servicios públicos, de manera tal que los países que la incorporen con éxito en sus métodos de gestión, tanto pública como privada, contarán con una ventaja competitiva frente a otros países.

Los distintos índices que existen sobre el liderazgo en materia de IA dejan a los países de nuestra región lejos de los primeros puestos. Oxford Insights analiza la disposición y preparación de 194 países para la incorporación de IA a los servicios Públicos. Según su informe 2019, el país latinoamericano mejor ubicado es México en el puesto 32 –Argentina se ubica en el 51-. La consultora Asgard, que mide la inversión e innovación según la cantidad de startups en materia de IA, ubica a Brasil en el puesto 17, concentrando así la mitad de empresas de la región (41 en total). Muy lejos de las 596 que Estados Unidos tiene solo en San Francisco.

Mientras Estados Unidos, China, Canadá y el Reino Unido, junto con Israel, Corea, India o Japón, lideran el paso hacia la Inteligencia artificial como tecnología clave para su economía –en países tan diferentes–, América Latina no ha incorporado esta perspectiva a su agenda, ni siquiera en los ámbitos de cooperación e integración regional.

Para los países periféricos, con urgencias primarias siempre necesarias de atender, resulta difícil destinar atención al desarrollo de la ciencia y la tecnología, el resultado, al mismo tiempo, es el mayor y creciente retraso de sus economías. Estos desarrollos son difíciles de pensar sin un impulso coordinado de todos los sectores, incluyendo a un estado que pueda advertir su valor estratégico y actuar en consecuencia, no solo incorporándolo a su gestión sino también acompañando su crecimiento, especialmente en la etapa aún embrionaria de esta gran expansión que ya vivimos, y que viviremos más intensamente en los próximos años.

El autor es director del Centro Digital de Documentación Judicial del Consejo de la Magistratura (CENDDOJ).