
Solemos coincidir en el lugar central que ocupa la educación pública como principal herramienta niveladora de oportunidades. En un país con enormes desigualdades sociales como el nuestro, resulta indispensable para sentar las bases de un Estado justo y próspero para todos. Sin embargo, aun así, el debate sobre educación está ausente en la agenda pública argentina.
Excepcionalmente, cobra importancia cuando sucede alguna tragedia, toma de escuelas o conflicto salarial, que deriva en paro. Sin embargo, si ponemos el foco en nuestra sociedad, el debate razonado, el intercambio de ideas y propuestas con la suficiente potencia para generar un consenso constructivo y entusiasta, está ausente. Esta situación debilita la implementación de las políticas diseñadas por especialistas, representantes sectoriales y funcionarios con el fin de mejorar la calidad educativa.
¿Por qué el tema más trascendente para nuestro presente y futuro como Nación no concita la atención que se merece? Transitamos tiempos líquidos, parafraseando a Zygmunt Bauman, y de ahí que existan al menos dos razones que puedan explicar esta grave falencia.
Primero, somos rehenes del "llame ya". Los debates e intercambios de ideas de más de 5 minutos resultan aburridos y por lo tanto, no "pagan" en rating a los medios masivos de comunicación y en votos a los políticos. Esto representa un gran escollo, ya que uno de los principales requisitos para mejorar, como lo muestra la experiencia de Portugal, es que la comunidad asuma como propio el sistema educativo. De esta manera, se involucrará activamente en el proceso de reconstrucción y defensa de la educación pública.
Segundo, carecemos de referencias ciertas sobre lo que debemos hacer. No hemos asumido (o no queremos asumir) las características que imponen los tiempos postmodernos. Por ello, fallan nuestros encuadres mentales para abordar la cuestión. Hasta hace poco, se educaba para la certidumbre. En aquel mundo, quien seguía el proceso formal de educación tenía una fuente de trabajo asegurada. Ese mundo no existe más, consecuencia, en gran parte, por la revolución tecnológica. Hoy debemos educar para la incertidumbre, los cambios permanentes y veloces. Esto representa un desafío mayúsculo de readaptación en todos los niveles y actores, que derive en una pedagogía efectiva y atractiva para nuestros alumnos.
Indudablemente, habremos de ser muy creativos para revertir esta situación.
A modo de aportar al debate, mencionaremos cinco ejes fundamentales que se encuentran presentes en los sistemas de educación de países que han logrado significativos avances en los últimos tiempos.
En primer lugar, ubicaron al docente en el centro del sistema. Elevaron su prestigio. Además de un buen ingreso salarial, la carrera docente es de nivel universitario y se los capacita permanentemente. Segundo, los sindicatos gozan de un poder democrático, no extorsivo y demencial. Dejar a un chico sin clases es considerado un acto inaceptable, de extrema gravedad. Tercero, la comunidad educativa, en especial los padres, están muy comprometidas con lo que pasa en la escuela. La modalidad de jornada completa da muy buenos resultados en la reproducción de este virtuosismo. Cuarto, inversión creciente en infraestructura y equipamiento, sin uso político partidario y desvíos en corrupción. Quinto, evaluación permanente de resultados, abiertos a las escuelas para que puedan corregir aquello que falta o no se hizo bien.
Desde luego, las buenas referencias en el exterior deben servirnos de guías, sin olvidar las particularidades de nuestro país. En relación a esto, un tema ineludible para debatir y resolver es lo relacionado con la federalización del sistema educativo. Está claro que la descentralización acontecida a fines de los años 80 fracasó, profundizando las inequidades entre las provincias. Si ciertamente queremos un país con un piso educativo equitativo para todos, habrá que preguntarse las razones por las cuales la mano del Estado nacional llega con vigor al sistema universitario y no al sistema inicial. Es en este último en donde más puede hacerse para revertir las desigualdades de origen y formar en valores al futuro ciudadano argentino.
Ciertamente, se impone en carácter de urgente un debate en el seno de la sociedad argentina acerca de la reforma educativa que necesitamos. Estamos próximos a elegir presidente de la Nación, diputados y senadores nacionales. Estamos, entonces, frente a una excelente oportunidad (hasta este momento desaprovechada) para que el centro del debate público se sitúe en los planes y proyectos de los candidatos sobre la más ineludible de las cuestiones de gobierno: la educación. Podrá ser aburrido, complejo, conflictivo, pero es la tarea más trascendente si del futuro de nuestro país se trata.
El autor es doctor en Ciencias Políticas (USAL) y docente de la Universidad Nacional de La Matanza
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