
Las tecnologías en salud llegaron para quedarse. Son una tendencia imparable y en constante movimiento. La generación del conocimiento y el acceso a las tecnologías pueden ser herramientas fundamentales para la mejora de la salud de la población. ¿Pero quiénes acceden? ¿Cómo se hace para que beneficien al mayor número de la población en los países del sur?
En PABA+40, al cumplirse los 40 años del Plan de Acción de Buenos Aires (PABA), el documento fundacional de la cooperación sur-sur, uno de los interrogantes a resolver será precisamente ese, en un panel organizado por Research and Information System for Developing Countries (RIS, por sus siglas en inglés) y Network of Southern Think Tanks (NeST, por sus siglas en inglés). Allí debatirán expertos y referentes de la India, Brasil, África, Argentina y otros países del sur sobre la cooperación sur-sur (CSS) para el acceso a las tecnologías de salud.
Es que, en efecto, hoy hay teleasistencia, diagnósticos a distancia, monitorización por Whatsapp de los estudios de un paciente, pero necesitamos discutir qué sucede cuando estamos asistiendo a una tendencia de envejecimiento poblacional y, como bien sabemos, los adultos mayores no están habituados al uso de herramientas informáticas. ¿Qué ocurre cuando aún gran parte de la población del sur no accede a la alfabetización digital ni a condiciones mínimas de bienestar, como el acceso al agua? Las brechas se acrecientan. Además, la apropiación es diferente según localización entre las zonas rurales y las urbanas, y, al mismo tiempo, en las ciudades los beneficios no están presentes para todos. La población pobre pocas veces accede a las nuevas tecnologías de salud.
A su vez, en el mundo enfrentamos cambios demográficos y sociales que en los países del sur tienen su particular expresión. Junto al fuerte envejecimiento poblacional, que es global, hay importantes movimientos migratorios. Basta pensar en la emigración de jóvenes y de familias por las crisis económicas, políticas y ambientales. A eso se suman las dobles transiciones familiares: una para los hogares pobres y otra para los de clase media alta. Mientras los hogares pobres en general tienen jefatura de hogar femenina, con trabajo informal y con muchos hijos, hoy los hogares de clase media y alta retrasan la maternidad, tienen menos hijos y las mujeres priorizan desarrollarse profesionalmente. Las mujeres de sectores más ricos logran apropiarse de las nuevas tecnologías de salud pero no sabemos a ciencia cierta qué pasa con las mujeres pobres.
Es central pensar políticas igualitarias de cooperación sur-sur para el acceso y la calidad a las tecnologías de salud. Ahí surgen dos interrogantes: por un lado, si efectivamente estamos pensando en políticas de integración fronteriza. Sabemos que hay una movilidad permanente de personas por motivos laborales, de crisis económicas o turísticas. En los territorios es donde más se visibiliza que en cuestiones sociales no hay fronteras: tanto cuando se trabaja a un lado y otro de un límite fronterizo como cuando se requiere de atención y traslados en emergencias u operaciones de alta complejidad. O, simplemente, cuando se necesita ir al doctor.
Hay que potenciar políticas como la tarjeta de tránsito vecinal, que brindan cobertura de salud y atención de emergencias médicas. También complementar los recursos humanos, tecnológicos, de infraestructura e innovaciones de los distintos gobiernos en esos territorios.
Por otro lado, otro punto refiere a cuál es la capacidad de los Estados de orientar estos cambios en curso: ¿Qué marco político-jurídico, regulatorio e institucional se necesita en las tecnologías de salud? La CSS tiene que aportar a desarrollar capacidades en los Estados en ese sentido.
A inicios del 2000 hubo fuertes avances en salud, pero la inversión de los Estados continúa siendo baja: 3,8% del PBI en América Latina contra 8% en la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) (SEGIB, OPS). Hay una fuerte mercantilización del sistema de salud. En esto se expresa el llamado "negocio de la salud" con muchos estudios, medicaciones y poco desarrollo de cuidados de salud preventivos. Además, la salud está a cargo de los gobiernos subnacionales en muchos de nuestros países. Esto implica que hay múltiples actores con heterogéneas capacidades.
Tampoco puede perderse de vista que en los últimos años la situación social desmejoró. Ciento sesenta y nueve naciones del mundo se comprometieron a erradicar la pobreza y a reducir desigualdades en y entre países. ¿Pero esto es efectivamente así? En Argentina, por ejemplo, durante los últimos 3 años la pobreza creció casi cinco puntos porcentuales: del 29,2% a 33,6% entre 2015 y 2018 (ODSA, UCA).
De este modo, pues, pareciera que nuestros Estados expresan una distribución institucional por transformar. Los gobiernos deberían adoptar políticas y planificar regulaciones que promuevan o limiten los alcances de las innovaciones en tecnologías de salud. Además, tienen que invertir en desarrollo científico-tecnológico y generar condiciones para un mayor compromiso de inversión de parte del sector privado. La CSS debe fortalecer los saberes del sur y hacer la diferencia. Frente a las líneas de trabajo de la cooperación tradicional, se impone apuntalar casos exitosos de políticas de acceso igualitario a las tecnologías de salud en los países del sur.
Debemos avanzar más en líneas de investigación y en generar procesos de formación en nuestras universidades, instituciones tecnológicas para que los avances científicos en salud sean accesibles. Resultan clave allí los estudios de intercambios con período de tiempo prolongados entre los países para aprender al respecto. También identificar las brechas centrales para los países del sur en el acceso a las tecnologías de la salud como las relacionadas a las aplicaciones tecnológicas, el desarrollo del recurso humano, la alfabetización digital de la población y un elemento central que configura el acceso a coberturas de salud pública globales donde se avance fuertemente en la prevención y los cuidados de la salud. La dimensión humana es central. Esto va más allá de priorizar el crecimiento económico y tecnológico.
La autora es coordinadora académica del Diploma de Desigualdades y Políticas Públicas de Flacso. Investigadora visitante del Instituto Gino Germani de la UBA y directora del CEDEP.
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