El 22 de julio de 1971, durante la dictadura del quinto golpe de Estado cívico-militar en la Argentina presidida por el general Alejandro Agustín Lanusse, y siendo canciller el doctor Luis María de Pablo Pardo, se concretó un hecho relevante relacionado con nuestra política exterior y la soberanía en el Sur: la petición -incomprensible a poco que se analice- de someter a arbitraje la solución de las diferencias de interpretación que nuestro país mantenía con Chile, en relación con el tratado de límites de 1881 en la región austral y, consecuentemente, la posesión de las islas Picton, Lennox y Nueva en el Canal de Beagle.

Lo acordaron Lanusse y el presidente chileno, doctor Salvador Allende. El acuerdo fue suscripto en Londres por el embajador argentino, general Gustavo Martínez Zubiría, por el embajador chileno, doctor Álvaro Bunster, y por Joseph Goldberg, representante del Reino Unido.

El abrupto abandono de las negociaciones políticas en curso y la amenaza de concurrir a la Corte Internacional de Justicia por parte de Chile determinaron la aceptación de la vía jurídica para dirimir el conflicto. Esto rompía con la postura tradicional, sostenida por tres presidentes constitucionales (Juan Domingo Perón, Arturo Frondizi y Arturo Illia) de negociar en forma bilateral y política-diplomática el diferendo.

El mecanismo adoptado fue el arbitraje y, dentro de él, el de Corte Arbitral según las normas del Derecho Internacional Público. Dicha Corte estaba integrada por cinco juristas (de Estados Unidos, Francia, Nigeria, Reino Unido y Suecia), y sería presidida por la Reina Isabel II, soberana de un Estado con el cual manteníamos un secular litigio por las Islas Malvinas.

La Corte se tomó 6 años para analizar el caso, y es sabido que el aporte probatorio original y subsiguiente hecho por nuestro país fue escaso e inconsistente, además de carente del mínimo destello de habilidad política y diplomática.

En marzo de 1977 -en plena vigencia del último y definitivo golpe cívico-militar, que presidía el general Jorge Rafael Videla el régimen militar se había anoticiado del rotundo revés diplomático frente al adverso arbitraje sobre el Beagle: todas las islas, rocas y adyacencias eran para Chile.

Las negociaciones, desde marzo de 1976, estuvieron a cargo de los cancilleres vicealmirantes César Guzzetti y Oscar Montes, y del brigadier de la Fuerza Aérea, Carlos Pastor (concuñado de Videla).

Tres fueron las posturas en el gobierno militar: los sectores más duros planteaban el desconocimiento directo del laudo; una intermedia demandaba aceptar la soberanía chilena solo sobre las islas, sin proyección marítima; y una tercera opción -sostenida por la Fuerza Aérea y la Cancillería- propugnaba la aceptación de la resolución del Tribunal, al que libremente se había sujetado la Nación durante el gobierno de Lanusse en 1971.

El Gobierno confió inicialmente en la diplomacia secreta para enfrentar el problema. Así fue como uno de sus más representativos integrantes, el jefe del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas, vicealmirante Julio Torti, en misión secreta el 5 de mayo de 1977 llevaba a la dictadura de Augusto Pinochet Ugarte una propuesta que en lo substancial contemplaba:

1. Que el laudo era políticamente inaceptable
2. Regreso a la negociación bilateral
3. Cesión de las islas a Chile
4. No proyección de soberanía chilena sobre el Atlántico.
5. Preservar las islas al sur del Beagle (previa modificación cartográfica).

En agosto de 1978 asumió Juan Pablo II (Karol Wojtyla), quien tendría un papel trascendente en la trama de los hechos.

La "Misión Torti", como se la conoce, fue un fracaso. Chile no solo rechazó todos los términos, sino que además las propuestas y los argumentos de Torti serían tomados y esgrimidos por Chile para sustentar la tesis chilena en la mediación que, en diciembre de 1978, por iniciativa del Papa encabezó el cardenal Antonio Samoré, que evitó una guerra. Argentina no solo perdía una porción de territorio sino también la prevalencia del principio bioceánico.

La inminencia de una guerra con Chile concebida por profetas de salón fue algo incompresible desde el punto de vista político, diplomático y militar. En 1978, las Fuerzas Armadas se movilizaron para un conflicto convencional sin estar debidamente preparadas, como consecuencia de haber privilegiado durante años una absurda "guerra ideológica-contrarrevolucionaria" y estar volcadas a participar en la política interna.

El cardenal Antonio Samoré
El cardenal Antonio Samoré

El Plan de Campaña evidenciaba utópicas posibilidades de éxito. Contemplaba una actitud estratégica operacional principal (ofensiva) en el norte de Neuquén -acciones secundarias en el sur y en el norte- cruzar a Chile y partir en dos al país. Esta insensata ofensiva contrastaba con la actitud defensiva y mucho más fácil de instrumentar de Chile.

En todo el contexto internacional seríamos considerados agresores (invasores) y hasta el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) de 1947 -pieza más inútil que un libro de quejas- nos jugaría en contra.

La incompetencia militar y la estupidez fueron de la mano. A cargo de la acción principal estaba el general Luciano Benjamín Menéndez, quien concibió emplear los tanques livianos AMX-13 en la zona montañosa de Pino Hachado, donde penetrarían en un área conocida como La Horqueta, por la boca ancha de un embudo, para terminar saliendo encolumnados y "desfilando" por la parte angosta de él, por un desfiladero limítrofe montañoso que permitiría al adversario destruir con facilidad nuestros blindados, empleando efectivos de poca magnitud dotados de armas antitanques. Con ello se vulneraban elementales principios, doctrina y manuales: los blindados y mecanizados para operar necesitan amplios frentes y profundidades, obran por la maniobra, el fuego, el choque y la acción psicológica. Nada de eso se obtendría en un desfiladero en la montaña.

La Junta Militar (Videla, Massera y Agosti), y los mandos superiores incapaces e inoperantes (Galtieri, Riveros, Bussi, Suárez Mason, Trimarco , Viola, Harguindeguy y Nicolaídes, entre otros) tenían concepciones estratégicas solo evidenciadas para atacar la Casa Rosada y expulsar gobiernos constitucionales.

Aprobaron el plan militar de Menéndez, teñido por su fuerte personalidad y por un intento de satisfacer su ego autoritario. Su soberbia lo llevó a expresar: "Cruzaremos los Andes, les comeremos las gallinas, violaremos a las mujeres y orinaré en el Pacífico".

El snobismo impertinente de su bravuconada, en algunas unidades, era acompañada por cartelitos que decían: "Ahora vamos al mundial del Beagle", en alusión al triunfo de la selección argentina en el Mundial de Futbol de 1978. La guerra no es un partido de fútbol.

Pero desde la concepción militar el tema era también grave en la Patagonia. Los generales Antonio Vaquero y Juan Carlos Trimarco dispusieron que los viejos y obsoletos tanques Sherman fueran enterrados en distintas posiciones, lo que impedía aprovechar su velocidad y versatilidad. Además, carecíamos de una eficaz artillería antiaérea para responder a los ataques de los aviones adversarios.

Si faltaba algo para enmarcar la falta de capacidad de la conducción estratégica, en los escasos meses anteriores a la probable iniciación de las operaciones, previstas para diciembre de 1978, se enviaron comisiones al exterior para comprar tanques nuevos que no llegaron.

Los generales "de escritorio" también planificaron tomar una ciudad como Punta Arenas, totalmente fuera de nuestras posibilidades ¿Con qué medios? ¿Cómo la controlaríamos?

Subestimaron al adversario y sobrestimaron el pseudo potencial propio. Chile estaba mejor posicionado política y diplomáticamente, y en lo militar, aún con un menor poder de combate relativo, destruiría una inconsistente ofensiva militar.

En extrema síntesis, el despliegue y la movilización de la casi guerra de la Navidad evidenció improvisación e importantes falencias: logísticas, operacionales, preparación psicológica de la población e integración para la acción militar conjunta con la Fuerza Aérea, entre otras.

Lo rescatable de la movilización que dio origen al "Operativo Soberanía"fue el espíritu y profesionalidad de los niveles tácticos que incluían a oficiales, suboficiales y soldados. Los altos mandos de escritorio, desconocedores de la historia militar, olvidaron que las decisiones militares en los principales conflictos se han logrado por operaciones en reacción a la iniciativa del adversario, desde Escipión el africano hasta la Segunda Guerra Mundial.

Hace 40 años, Dios iluminó a pueblos hermanos. La guerra es un renunciamiento a las escasas pretensiones de la humanidad .

* Ex jefe del Ejército Argentino, Veterano de la Guerra de Malvinas y ex Embajador en Colombia y Costa Rica.