Está de moda hablar mal de la política y de los políticos. Quienes repiten machaconamente frases despectivas de la política y de los políticos no aclaran cuál es el sustituto, porque cuando no hay política, ¿qué ocurre? En el Uruguay, lo sabemos. En 1963, un grupo inspirado en la Revolución cubana, frustrado por el fracaso de la Unión Popular, que dejó sin representación parlamentaria al Partido Socialista, proclamó que abandonaba la política para pasar a la revolución. Ni siquiera escucharon la advertencia que había formulado el Che Guevara dos años antes, en el Paraninfo de la Universidad, cuando hizo el elogio de nuestra democracia y los riesgos gigantescos de la lucha armada porque, así lo señaló: "Cuando se empieza el primer disparo, nunca se sabe cuándo será el último".

Lo que vino después ya lo sabemos. Las Fuerzas Armadas lo derrotaron, sus principales mandos se embriagaron de la victoria y, también al sonsonete de sustituir la política demagógica y los políticos corruptos, dieron un golpe de Estado. Bueno es recordar que en este coincidieron jefes militares y tupamaros, que en más de un momento organizaron conjuntamente persecuciones de políticos y empresarios, así como pactaron treguas, que desmienten categóricamente ese relato macabro de un grupo de jóvenes románticos martirizados sistemáticamente por una secta de militares sádicos.

Eso es lo que pasa cuando se desprecia la política. O cuando la política de verdad se desprestigia por la corrupción y cede el poder a un oscuro diputado cuya credencial era solo una durísima prédica, de tintes autoritarios, contra esa caída moral y el ascenso paralelo de la inseguridad en las calles. Ese caso, el de Bolsonaro, ha provocado tormentas de ira en nuestro Frente Amplio, que no termina de entender que si la prédica del hoy presidente electo era muy peligrosa, peor hubiera sido el triunfo de quienes representan el ejercicio abusivo del Estado y la construcción de una estructura de corrupción sistémica nunca antes vista.

En Europa estamos viendo una problemática muy compleja. En Francia ganó un joven Emmanuel Macron, que llegó en una doble vuelta donde, por vez primera, no participaban el Partido Socialista y el gaullismo, las fuerzas democráticas históricas. Hoy Macron se cae a pedazos y sufre la dispersión de apoyos, propia de la carencia de una estructura partidaria.

En Italia, los viejos partidos también cayeron desprestigiados por la corrupción, pero en su lugar no aparecieron fuerzas serias sino aglomeraciones extremas, de ultranacionalismo xenófobo o de rechazos antisistema. En España, la situación es en extremo frágil, porque se han dividido los partidos, han aparecido nuevos y ahora la gobernabilidad es bajísima, basada en pactos entre agrupaciones francamente contradictorias. Tanto en Alemania como en Francia, Polonia o Hungría, han aparecido corrientes populistas, nacionalistas, que, basadas en el rechazo a la inmigración, desafían la estabilidad democrática con posturas demagógicas radicales.

Lo que nos lleva a reflexionar sobre nuestra situación, que felizmente preserva fuerzas políticas organizadas. Han aparecido sin embargo figuras nuevas que no se pueden asimilar, al barrer, como ocurre frecuentemente con el caso de Ernesto Talvi, Edgardo Novick y Juan Sartori. Desde ya que es bueno que gente que viene de afuera del trabajo político habitual aporte su tiempo y esfuerzo a la dura vida del ajetrear democrático, pero cada caso es bien distinto. Ernesto Talvi es un economista de trayectoria académica, que a lo largo de 20 años dirigió un instituto privado de análisis económico-social de gran influencia en la opinión nacional, vinculado además a institutos universitarios norteamericanos. Luego de esa larga trayectoria, aparece en la vida política y lo hace adentro del Partido Colorado, al que siempre ha votado. Su aporte es institucional y constructivo. Su presencia intenta enriquecer un viejo partido identificado con la construcción del Estado de bienestar tradicional de nuestra república y cuyos principios comparte.

El señor Sartori es un empresario exitoso, que viene desde el exterior y anuncia su candidatura adentro del Partido Nacional. No tiene antecedentes de opinión política pero, aunque aportara un solo voto, bueno sería para la histórica colectividad saravista. Su éxito o fracaso dependerá de la credibilidad que genere, pero siempre ocurrirá dentro de una estructura partidaria y ello es saludable. El caso del señor Novick es diferente: ha seguido el camino de fragmentar los partidos tradicionales, atrayendo algunos legisladores y dirigentes de sus filas, basándose en una fuerte campaña publicitaria. Su esfuerzo personal merece el respeto de quien se sacrifica por actuar dentro de la vida democrática, pero su proyecto político va en la línea de dividir como en España y eso, desde nuestra perspectiva, no contribuye a la necesaria estabilidad de un sistema nacional que tiene partidos consolidados.

Más allá de cada caso, lo que importa es entender que no hay sustituto para la política y los políticos. Que estos normalmente no son ni mucho mejores ni mucho peores que la sociedad de la que emergen. Y que en todo caso, practican el difícil oficio de la conducción del Estado. Desgraciadamente, es muy recurrente la contradicción popular de que, así como queremos al médico más experiente y sólido para operarnos, o el escribano más confiable para escriturar nuestra casa, en la política privilegiamos a quien no tiene experiencia, no se sabe bien lo que piensa y no responde a estructuras institucionales. Da para pensar.

El autor es abogado, historiador y escritor. Fue dos veces presidente de Uruguay.