Está sucediendo en nuestros días y parece un caleidoscopio. ¿Estamos ante la resurrección de una sensibilidad que resiste toda autoridad como intrínsecamente perversa? Si así fuera, se trataría de un fenómeno explicable por diversos motivos, en primer lugar, por la búsqueda de una mayor igualdad en la vida social, a menudo rayana en el igualitarismo, pero sobre todo por la crisis global del concepto mismo del poder.

Siempre ha habido un derecho que es connatural a la humana naturaleza de quejarse en todos los tonos posibles de los poderosos. Se pueden analizar distintas instancias, por ejemplo, la educativa. Ningún alumno reconoce haber sido el responsable de un fracaso en el examen y es una regla invariable de que la culpa siempre ha sido del profesor que "me bochó". Pero lo que resulta significativo es que ahora los padres se solidarizan con sus hijos ante el maestro, lo cual raramente ocurría en el pasado.

Es un hecho que, al calor de la corrupción, en los más diversos escenarios sociales se evidencia una fuerte resistencia a todo lo que viene de arriba, por el solo hecho de entender que en toda estructura jerárquica hay una trampa articulada en su propio beneficio por los que mandan y, por consiguiente, hay una obligación moral de resistir el mal que viene de lo alto, nunca de abajo, porque el pueblo siempre es santo.

La posmodernidad, de otra parte, ha alumbrado un clima marcadamente anti-institucional. Este dato se refleja, por ejemplo, en la declinación de las religiones tradicionales mientras crece una nueva espiritualidad de carácter subjetivista que se expande por fuera de sus estructuras. La mentada crisis de la civilización occidental pone en cuestión de un modo cada vez más agudo a la totalidad del sistema social. Se va consolidando así una mentalidad refractaria a toda potestad, por la cual cualquier autoridad es automáticamente sospechada de esconder un muerto en el placar. En este humus crecen esas semillas. Dicho de otro modo, aquellos polvos trajeron estos lodos.

Un rayo de sol

Esta semana se estrenó Soledad, la película dirigida y protagonizada por las hijas de Mauricio Macri y Luis Alberto Spinetta sobre la vida de María Soledad Rosas. ¿Quién es ella? No es alguien que hoy sea una figura conocida. Pero su nombre, aún poco identificado por el gran público, probablemente ascienda en el futuro al parnaso posmoderno, del mismo modo que se configuró el mito del Che (aunque en este caso en una categoría más modesta). La película anuncia la canonización de una nueva heroína del anarquismo contemporáneo, esta vez modernizado con los nuevos aires ecologistas.

Los elementos están servidos para suscitar esa admiración que siempre despiertan las actitudes radicales, sobre todo cuando se configura el cuadro clásico en el que la víctima inocente aparece inmolada en una muerte trágica acontecida por una causa sublime en la flor de la edad.

Se trata en este caso de la biografía de una adolescente perteneciente a la tradicional clase media argentina por cuyas venas y arterias fluye sangre indígena, también descendiente de Juan Manuel de Rosas. Como su novio (alias Baleno: rayo), la Sole (sol en italiano) se suicidó en el trasiego de su lucha como miembro del movimiento Squatter (Okupas).

El filme se inspira en un libro de Martín Caparrós que lleva por título Amor y anarquía. Al integrar pasión amorosa y redención social en un marco de tragedia, la película reúne todas las condiciones para causar un explicable impacto en el mundo adolescente.

Un itinerario ideológico

Acaba de ser tomada una vez más la catedral de Bariloche en un nuevo episodio de la actual cuestión indigenista. Durante distintos momentos del conflicto que tiene como protagonistas a grupos del estilo de Resistencia Ancestral Mapuche (RAM) en el sur argentino, una vez más la visibilización de la A enmarcada en un círculo evidenciaría, en efecto, la irrupción de un inédito fenómeno político y cultural: la presencia de un nuevo anarquismo. El brote anarquista encuentra expresiones en los contornos porteños también en la ideología del género cuando escribe en la catedral: "La iglesia que ilumina es la iglesia que arde".

Para tener noticia de esta curiosa y original ideología que siempre aparece como marginal, pero que ha mostrado al mismo tiempo cierta capacidad de supervivencia en la historia política y social, debemos remitirnos, al menos entre nosotros, precisamente a las mismas geografías sureñas.

Es preciso remontarse así a los borrascosos días de la Patagonia rebelde, cuando un movimiento insurreccional de regulares dimensiones puso en jaque al gobierno de Yrigoyen. De modo similar a lo acontecido durante la Semana Trágica, y a la mayoría de los episodios protagonizados por el anarquismo, la revuelta patagónica terminó ahogada en un baño de sangre. Como en un espiral perverso, subversión y represión se alimentan recíprocamente.

En ese momento histórico previo al advenimiento del peronismo, la ideología predominante en el movimiento sindical local era el anarquismo, personificado en la Federación Obrera Regional Argentina (FORA). Este movimiento reconoce varias vertientes internas con diversa actitud frente a la acción directa de carácter violento, cuyo representante más conocido en el país fue, junto al italiano Errico Malatesta, su paisano Severino Di Giovanni, que vivió en Morón y murió fusilado tras diversos atentados criminales. El radicalismo anarquista desembarcó entre nosotros de la mano de inmigrantes italianos y españoles ya durante la segunda mitad del siglo XIX y posteriormente en los primeros años del siglo XX.

De otra parte, en Estados Unidos se han puesto de moda en los últimos años turbulencias fuertemente individualistas de raigambre liberal que sustentan el creciente fenómeno del anarcocapitalismo. Los liberales libertarios también están ya entre nosotros, como certifican algunas golondrinas que revolotean en el panorama político local. Aunque todavía sin una viable convocatoria electoral, los libertarios han comenzado a tener cierta influencia en minúsculos grupos juveniles, en los que se difunde lenta y pausadamente el atractivo pensamiento hiperindividualista de Ayn Rand.

El actual revivir del anarquismo se cocinó en el guiso sesentayochista, cuando las calles de París se vieron inundadas por una juventud crítica de la sociedad capitalista inspirada en teorías como el situacionismo, pero también opuesta al socialismo real. La caída del comunismo soviético y el descrédito en el que este episodio sumergió al socialismo tradicional dieron pie también a la actual expansión de los vientos neoanarquistas. El movimiento juvenil acusa marcados rasgos de esta corriente en la subcultura punk y en una variedad de bandas musicales. En Facundo Cabral se perciben aires anarquistas, como antes en Leopoldo Lugones, Evaristo Carriego y Florencio Sánchez. El caleidoscopio es variopinto.

La fuerza del creer

Pero hay que insistir en que en este revival hay un sustento que no es puramente ideológico. La credibilidad de la autoridad está llegando a su punto mínimo, ya nadie cree nada y nadie le cree a nadie. El descrédito de la clase política tampoco puede ser más alto, y hasta la autoridad religiosa también está siendo puesta en cuestión de un modo que rara vez se había visto antes.

Parece razonable reconocer que a esta actitud de desengaño le sobra razón de ser. Hay una desconfianza instintiva en todo lo que se pueda decir y todo lo que se pueda hacer.

¿No será todo ello suficiente para un llamado a la reflexión no ya a la dirigencia sino a la entera sociedad? A veces no lo es, como lo muestra la historia. Como un cristal roto, la confianza no es algo que se puede construir o reconstruir sin que queden huellas más o menos visibles, y aun así las cosas nunca habrán de ser como antes. La memoria social es lábil, pero todavía no se ha encontrado la forma para que el cristal roto, aun una vez reparado, deje de acusar recibo de lo sucedido. Es verdad que hay costos que hay que asumir, pero también cualquiera de nosotros siempre puede percibir un rayo de sol que vuelve a asomar, con una llamativa persistencia, cada nuevo día, desde el comienzo de la humanidad.

El autor es director el Instituto de Cultura del Centro Universitario de Estudios (Cudes).