Se trata de un tema que no es nuevo, sin embargo, parece renovarse la preocupación y las discusiones en torno a los beneficios y los perjuicios que la globalización y los avances tecnológicos acarrean en las sociedades. Por un lado, esa interconexión genera posibilidades innumerables para nuevos y beneficiosos proyectos, y también mayor compromiso entre las naciones, pero, a la vez, una gran concentración de riqueza en pocos países sin mitigar la pobreza de otros; y en algunos casos, la agranda. Es decir, prevalece un sistema injusto de desarrollo que privilegia a algunos y posterga a otros con pobreza y exclusión.
Estas cuestiones que incluso golpearon a los países desarrollados, trajeron como consecuencia el auge de nacionalismos extremos y populismos, de izquierda y derecha. Las democracias corren riesgo ante el avance de estas tendencias que captan el hartazgo del electorado ante la caída de puestos de trabajo, la extranjerización del empleo como efecto de las migraciones y la esclerosis que parece afectar a organismos internacionales y comunitarios. Mientras tanto, una minoría se queda con más del 80% de la riqueza mundial; hasta parece que eso es parte natural y aceptable de la vida sin que afecte a millones de personas.
En tales condiciones, crece la desigualdad, el comercio internacional se ve afectado por las nuevas tendencias proteccionistas, se agrava la especulación financiera y también las deudas externas de varios países. Pero actualmente la exclusión que han sentido pobladores, incluso de países industrializados, sumada a la miseria de otras naciones, se ha convertido en un mal que afecta la estabilidad política del mundo. Lo que se debe comprender, en consecuencia, es que no se trata de actos de solidaridad nada más, sino de un cambio de paradigma mundial para transitar un nuevo camino de auténtico desarrollo integral, pues, en la medida en que se siga generando más endeudamiento de las naciones más pobres, paralelamente se pondrán en vigencia planes de ajustes, y así en un círculo vicioso que funciona como germen de populismos y terrorismos.
Algunos considerarán que estas observaciones son populistas o contra el mercado, y no es así. El mercado es necesario como herramienta de una dinámica actividad económica, sin descuidar por cierto el equilibrio fiscal y una adecuada política tributaria. Pero ello no es obstáculo para la justa distribución de la riqueza y la participación en los procesos de producción. Porque la competencia salvaje solo beneficia a unos pocos. Es decir, así como se deben respetar el mercado y la propiedad, también el mercado debe tener regulación para una economía más eficiente y que contemple a todos, cuyo único interés sea el bien común. El mercado no es el fin, sino el medio, pero para una sociedad más humana.
Los avances tecnológicos crean oportunidades y, a su vez, facilitan una mayor producción, pero también aumentan la desocupación y la marginación; entonces se producirá más pero para cada vez menos consumidores. En consecuencia, el mayor reto de la gobernabilidad actual y futura tiene implícito un imperativo moral con respecto a los derechos económicos y sociales, que a su vez es la necesaria base de sustentabilidad de las democracias. El trabajo humano tiene un doble componente, en cuanto a lo que se es capaz de producir y quién es el que lo produce, lo que, al depender únicamente de lo que dicte el mercado, el ser humano pasa a ser nada más que una herramienta prescindible.
A pesar de la obviedad de estas cuestiones, se persiste en la idea de una apertura indiscriminada de la economía cuando los países desarrollados poseen sobradas justificaciones para proteger sus propias economías. Además, quienes cuentan con una estructura propia de ingeniería financiera eluden tener sus fortunas al alcance de las obligaciones tributarias con argucias legales, creando una verdadera amenaza a la economía real cuyos desbarajustes son soportados por las clases medias y bajas, lo que provoca la rueda constante de déficit fiscal, inflación, ajustes, endeudamiento, etcétera, para volver siempre sobre lo mismo.
Quienes se ríen o se burlan de la justicia social solo creen que es un producto lógico y menor de la demagogia, cuando en realidad es un componente lógico e indispensable para el sustento de las democracias. Urge entonces exhortarnos a reconsiderar la búsqueda de bienestar y ganancia aumentando la desigualdad y la exclusión.
Para ello, algunas propuestas: 1) Reconsiderar y revalorar el trabajo humano buscando formas claras de fomentar diversos empleos realizados por personas. 2) Instrumentar medios de participación y distribución de la riqueza. 3) Afrontar el problema de la deuda externa y la proliferación de paraísos fiscales, para generar mejores condiciones sobre necesidades básicas (salud, educación, seguridad, etcétera). 4) Reconsiderar el papel del Estado como actor de políticas públicas que no pueden quedar solo en manos del mercado, porque eso es privatizar la política. Por supuesto, con una acción compatible con la ética. 5) Preservar la idea de un desarrollo integral a la vez sustentable con el cuidado del medio ambiente.
San Juan Pablo II ha dicho: "La experiencia ha demostrado que una economía de mercado abandonada a una libertad incondicional no puede ofrecer los más esenciales beneficios posibles a las personas y las sociedades" (Discurso ante la Asamblea Plenaria de la Academia Pontificia de Ciencias Sociales, abril de 1997).
No es la libertad de pocos la que está amenazada, sino la de todos; en un contexto en el que pocos acumulan la mayor riqueza y también deciden sobre todos.
El autor es abogado y referente del pensamiento social cristiano.
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