
Se usan toneladas de papel y billones de gigabytes en explicar el fenómeno global de los movimientos populares, las marchas, los resultados contradictorios e irracionales de las elecciones, las encuestas, los plebiscitos. Con resultados imposibles de caracterizar o encuadrar como tendencias claras de las sociedades. El Brexit, los resultados de las elecciones en Alemania, Italia, Estados Unidos, los separatismos que rayan en el ridículo, los voluntarismos, la consagración de candidatos plenos de contradicciones, casi siempre irreflexivos, como los votantes que los eligen, son un rico material para quienes sienten la necesidad de elaborar teorías sociales.
¿Se está ante la presencia de un fenómeno sociológico irrefrenable, un cambio en los paradigmas decididos por la sociedad global, un avance formidable hacia la democracia abierta, participativa, de consulta permanente y universal, una encuesta minuto a minuto en una metodología de computación tipo blockchain que analice la mente de cada persona continuamente para averiguar sus necesidades y tratar de satisfacerlas al instante? Muchos sociólogos, filósofos y politólogos aman creer algo así. Pero es solo una ilusión literaria, borgeana.
El ser humano gregario se ha venido encuadrando desde la noche de la historia dentro de un pequeñísimo grupo de parámetros. El mandato de supervivencia, el miedo, la necesidad de reproducirse, la urgencia de satisfacer necesidades precarias e instantáneas, la ley del menor esfuerzo, la ira, la envidia y demás emociones primarias.
La democracia es el sistema que más se acercó a poner orden social en esos reclamos primarios del individuo, a contraponer cada derecho al derecho de los demás, a explicar que cada demanda tiene un costo, a predicar valores superiores como el esfuerzo previo, la diferencia entre derechos y garantías, la necesidad de civilizar la ansiedad y de dar un ordenamiento de prioridades común a toda la comunidad.
En su evolución, consagró para ello dos principios liminares. Uno jurídico: que el pueblo solamente delibera y gobierna por medio de sus representantes. Otro, un mandato indisoluble a los dirigentes: el de educar al pueblo que luego votará. Educar en el profundo sentido de formar personas responsables, capaces de discernir, sin miedos y con herramental para ganarse su bienestar en todos los aspectos.
Los políticos modernos, adjetivo temporal, han incumplido esos mandatos. Comenzaron por concebir la política como un vale todo para obtener el poder. Han evolucionado-empeorado y, cuando tienen ese poder, no saben usarlo y lo conservan solo con populismo, fraude o prepotencia. Los partidos políticos, que no tienen ninguna cabida en la sabia Constitución americana, como no la tenían en la sabia Constitución argentina de 1853, no son hoy usinas de ideas, ideologías, filosofías, ni de ninguna otra cosa que implique transformar los requerimientos voluntaristas de la sociedad en ideales serios y cumplibles.
Aun en aquellos casos en que no fueran corruptos, únicamente se afanan en tranquilizar al elector con dádivas para paliar sus pobres necesidades, lo que termina agravando las carencias. Las encuestas, las marchas, los clamores en las redes, se toman como mandatos, no como reclamos. Se trata a la sociedad como a un niño al que se le compra un juguete o un dulce para que no llore. Mientras hay recursos. Los gobiernos se ocupan de buscar viagras que solucionen instantáneamente los problemas de cualquier tipo. Inventan causas o se pliegan a ellas para complacer reclamos o aspiraciones inviables, contradictorias y a veces estúpidas. Como no logran ningún resultado, acaban por crear una masa de desilusionados sin rumbo.
Preocupados por el marketing, los políticos no hacen prédica, tampoco educan, ni académicamente ni en ningún otro aspecto, no hacen propuestas que impliquen esfuerzos y compromiso de todos, incluyéndolos. En esa línea, los dirigentes, los partidos dejan de pensar. Si fueran médicos, sus pacientes morirían en una semana: ninguno tendría tratamiento, para evitar quejas, dolores, costos, constancia, esfuerzo. Tampoco tienen una ideología, ni propia ni ajena. Solamente reaccionan a los reclamos de la infantosociedad para que ella los quiera. No deliberan ni gobiernan en nombre del pueblo. No enseñan, no hacen nada que pueda ser desagradable o les haga perder rating. "Con la democracia se come, se cura, se aprende" es una mentira que las sociedades han comprado. Porque conviene a su atavismo. La mayoría de la sociedad quiere que le mientan. Los partidos le mienten. Prefiere esa mentira a la verdad. Prefiere la ignorancia.
Los partidos, beneficiarios del monopolio de la democracia, son entonces solo usinas de lobby, arreglos, corrupción, acomodo, fraude e incapacidad; no ofrecen ninguna guía ni canalización a los reclamos infinitos de los individuos, que han sido mendificados por estas prácticas. ¡Cómo pensar que de esas filas saldrá un estadista! Apenas son útiles para repartir los cargos de quienes supuestamente serán luego los representantes del pueblo.
Los pueblos, convencidos de que son estadistas por la magia de las redes y por los políticos que validan sus consignas de soluciones baratas e instantáneas y sus disparates, se enfilan detrás de quien represente un desquite a sus resentimientos, una defensa a sus miedos, un subsidio a sus fracasos, el cumplimiento de sus sueños incumplidos. Acostumbradas a que todo les sea garantizado y concedido, aunque sea de palabra, las masas se resienten y enojan más y más cuando nada de eso se cumple. Entonces van a buscar a otro charlatán, otro pai que los salve. Se autodenominan mayorías, pero no lo son. No representan una idea, un proyecto común, una lucha que las una. Son varias minorías incoherentes que han votado por el mismo milagrero, sea un partido o un candidato. Ese es el problema de decirle a cada uno lo que quiere oír: la incoherencia.

Así se explica el Brexit, fruto de la incompetencia de un primer ministro, de minorías con ideas contrapuestas que entran en la trampa de la polarización, o que ponen su resentimiento, su miedo, su odio, sus prejuicios y su ignorancia en las urnas. No su voto. El Reino Unido no se fue de la Unión Europea en pos de un nuevo proyecto ni de un nuevo sueño. Ni como fruto de ninguna propuesta elaborada y superadora. Se fue porque la masa decidió irse insensatamente, movida por su paquete de emociones. El reino eligió creer que eso era democracia y lo acató. Y ahora camina hacia la nada.
¿No ocurre igual con Donald Trump, a quien los que se llaman libertarios consideran un paladín mundial del liberalismo, el capitalismo o algo así, y olvidan que siempre fue un irresponsable y ahora también? Representa el paquete de sueños delirantes y antidemocráticos de una parte importante del Partido Republicano, que aprovecha de su prepotente candidato no querido para proceder igual que las masas descritas antes. (Esto merece otra nota, por supuesto).
Italia, con su surtido de personajes de ópera bufa disputándose el poder, es una muestra en el mismo sentido. Como lo son los delirantes proyectos separatistas dentro de varios países europeos, más los de salida de la Unión Europea, que oscilan desde el intento de salirse del euro, preanuncio de inmediato default y hambre, hasta el dislate de reimplantar los principios que cimentaron el fascismo y el nazismo, con otros nombres. Todos con plebiscitos latentes y con prognosis de gravedad socioeconómica incalculable. No es difícil adivinar que Alemania correrá la misma suerte. Y todo bajo el manto sagrado de la democracia.
No recurrirá esta columna al ejemplo fácil de Argentina. Pero igual contundencia tiene el caso del sacrosanto sistema democrático brasileño, con Lula da Silva bajo severo riesgo de tener que gobernar desde la cárcel, luego de una discusión electoral vacía, que no tendrá propuestas sino reclames publicitarios.
La situación por la que atraviesa la democracia de la segunda década del siglo XXI podría resumirse así: partidos políticos con los rótulos y las ideas más absurdas, apelando a los instintos más básicos de los pueblos, con consignas suicidas y diluyentes, sin estrategias ni proyectos integrales, pero con atractivo de marketing, que deseducan e idiotizan a las masas para ganar a cualquier costa y luego les piden opinión sobre lo que tienen que hacer haciéndoles creer que sí se puede hacer. Cuando los eligen, no saben cómo hacerlo. La película empieza luego de nuevo, en una eterna remake.
A casi doscientos años de su tremenda predicción en La democracia en América, Alexis de Tocqueville se sonreiría como diciendo: "Je vous l'avais dit" ('Os lo dije').
Los pueblos no quieren que les digan la verdad, porque los han entrenado para no poder lidiar con ella. Los partidos les mienten porque, si les dijeran la verdad, no los votarían. Pero intuitivamente están enviando un mensaje más simple y potente que cualquier concepción sociológica o elaboración intelectual. Lo que están diciendo es que esta democracia de hoy no sirve. Y sus representantes tampoco. Quien quiera oír que oiga.
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