El sufrimiento de chicos que no son adoptados por ser grandes

Juan Martín Morales

Guardar

Pablo tiene 12 años. Vive en un hogar de niños cuyas familias por diferentes motivos no pueden cuidarlos. Habla poco y sonríe por los ojos casi con miedo cuando llegan los voluntarios al hogar. Quiere ser bombero o policía. Aún no se decide. Tiene una temprana vocación de servicio, tiene buenas calificaciones en la escuela, tiene amigos, tiene sueños. Uno de ellos es que una familia lo adopte. Pero Pablo tiene 12 años. Y esa edad para muchas personas y parejas que quieren adoptar es un límite. Un muro.

Aproximadamente el 90% de los inscritos en el Registro Único de Aspirantes a Guardas con Fines de Adopción se perfila por niños menores a un año. Es muy bajo el porcentaje que, al momento de definir el perfil adoptivo, lo hace por niños más grandes (aquellos de 4 a 12 años). En algunos casos es por miedo a que sea más difícil la vinculación, porque se piensa que es más el tiempo de vida del niño sin sus padres adoptivos que con ellos. Otros por inseguridad o desconocimiento. La cuestión es que los chicos grandes que están en situación de empezar una vinculación para ser adoptados son los más postergados y muchas veces ven cómo los más chiquitos que viven en el hogar con ellos se van antes con una familia. Pierden la esperanza y aparecen sentimientos negativos en un momento donde los procesos emocionales se deberían dar en el seno de un continente afectivo sólido. Más aún, los casos de los adolescentes con 15 o 16 años que divisan las consecuencias de un horizonte más cercano en la mayoría de edad: que el sistema de protección de derechos los expulse del hogar donde viven y tengan que valerse por ellos mismos. Crecer no debería ser una amenaza. Por lo tanto, por un lado, el sistema debería adelantarse a ese momento en que egresan en razón de mayoría de edad. Ayudar a tramitar con los chicos la familia que no fue y prepararlos para que puedan adquirir a tiempo la autonomía frente a la vida.

Por otro lado, y sin llegar al punto en que los niños se convierten en adolescentes en los hogares, el desafío es trabajar con los matrimonios y las personas solteras que quieran adoptar sobre las expectativas y la idealización de la maternidad, la paternidad adoptivas y la formación de una familia. Brindar información de calidad para hacer caer miedos (muchas veces lógicos), derribar prejuicios y saber que no existen hijos biológicos ni adoptivos que cubran todas las expectativas de sus padres. Animarlos al desafío de criar hijos adoptivos más grandes que los que tuvieron en miras al inscribirse. Entender que 12 años de edad es contar con mucha vida que compartir con una nueva familia.

Asimismo redefinir términos confusos. Que no es una "adopción tardía", como comúnmente se llama a la de un menor mayor de 12 años, porque no se llegó tarde a ningún lado. Por el contrario, a tiempo de cristalizar un derecho fundamental de los niños: que crezca en una familia que pueda brindarle los cuidados tendientes a satisfacer sus necesidades afectivas y materiales. La adopción es una herramienta que busca ese fin. Y el sujeto a proteger es el menor.

El muro que separa a pretensos adoptantes y a niños y adolescentes de formar una familia no sólo está conformado por las edades. El 80% de los postulantes no acepta menores con complicaciones de salud.

Redefinir los perfiles adoptivos a la hora de inscribirse permitirá que los niños encuentren una familia en menos tiempo, y que adoptar no demore tanto.

Al igual que Pablo, hay muchos chicos más esperando padres o madres que deseen ahijarlos, dispuestos a poner todo su esfuerzo y amor para formar una familia.

El autor es abogado especialista en adopciones.