La del 2 de abril fue una operación militarmente admirable (aunque estas cosas no conviene decirlas en voz alta). Se aprovechó en forma brillante el factor sorpresa en tiempos de descarado espionaje satelital y del otro, el tradicional. Los argentinos en pocas horas reconquistaron el bastión sin el costo sangriento presumible. La operación que comandó el almirante Busser se estudia en muchas academias navales. La canallada vengativa hizo morir a Busser en "prisión domiciliaria", sin condena alguna.
La reacción de entusiasmo nacional fue triunfalista y casi unánime. La acción liberadora de los militares fue aplaudida por nueve de cada diez dirigentes políticos, sindicales y una prensa eufórica. Sería bueno que el lector recorriese los diarios de esos días "altos y vibrantes". Se reconocía que era una guerra justa realizada con una acción fulmínea e indolora.
Recuerde, lector: Pierina Dealessi, los donativos y las colectas de oficina, el postre Malvinas, las señoras de Barrio Norte tejiendo los pulóveres marciales, aquellos gritos en las redacciones y en los cafés cuando se hundía al Sheffield o a algún otro exponente de la perfidia inglesa. Malvinas fue el único grito que superó a algún gol de Diego Maradona en el Mundial. Se aclamó a Leopoldo Galtieri en la Plaza de Mayo y fuera de ella. El acto de fuerza justiciera y nacional se sobrepuso a la conducción de una dictadura cuya "guerra antisubversiva" también era aprobada tácitamente por una mayoría significativa de políticos, sindicalistas y gente de prensa. En todo caso, en aquellos días esto no frenó el entusiasmo y la cohesión nacional. Hoy, dada nuestra doblez, resulta difícil recordar en esta crisis cojonal de nuestra dirigencia que nuestra explosión fue de país sano y fuerte. Una reacción honestamente patriótica que dejaba en el plano secundario la ilegitimidad esencial del poder.
En el plano latinoamericano, nuestra guerra cobró una dimensión fundacional, en el sentido de asentar una conciencia de cultura y de sentimiento solidario que nos parecía ya parte del sueño de los libertadores (Pronto desilusionaríamos a toda nuestra América enviando a los kelperitos ositos de peluche y postales de Navidad). Y hasta facilitando el acceso aéreo a la gran base estratégica internacional con la que los ingleses pagarán su Brexit y los kelpers perderán su paz de paraíso bucólico-oceánico. (Es muy probable que los malvinenses sean una clave importante cuando retornemos a la diplomacia nacional).
Nuestros pilotos navales y de la aeronáutica conmovieron al mundo con sus proezas. Pero el aparato de conducción militar siguió estúpidamente dividido. El comandante en las islas que había jurado vencer o morir terminó rindiéndose birome en mano. Los ingleses habían conseguido de los norteamericanos el arma clave para acabar en horas con nuestra aeronáutica, los misiles, sidewinders. El hundimiento del Belgrano por un submarino nuclear puso en evidencia nuestra endeblez e indecisión en el arma naval. Este hecho concluyó con las esperanzas de soluciones diplomáticas. (Los ingleses demostraban que siguen a Winston Churchill: "En la guerra , determinación").
Después, la enfermedad argentina: dicen avergonzarse de semejante hecho, lloran oblicuamente y fuera de fecha a sus muertos, descubren que los gobernantes eran de facto y dictadores. Olvidan que en Stalingrado, la batalla decisiva, fue comandada por Stalin versus Hitler… Es la Argentina pequeña, incapaz de reconocer sus pasiones y su euforia, incapaz de concederles la palabra gloria a sus muertos por la patria. Tan eufóricos en aquellas victorias como ambiguos después de la derrota.
Lo más grave del episodio Malvinas no es haber perdido lo que con el tiempo sólo será una gran batalla, sino esto, la enfermedad de no saber defender lo que hicimos con la frente alta y con júbilo de triunfadores y ahora casi andar susurrando disculpas a los usurpadores, y abriendo paraguas que sólo cubren al interlocutor más poderoso.
El autor es diplomático y escritor.
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