Por qué un Estado grande e ineficiente destruyó nuestra economía

Manuel Adorni

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Es increíble que en el siglo XXI, con la teoría económica en franco desarrollo y con el peso del empirismo a cuestas, aún se siga sin comprender que un Estado grande e ineficiente destruye riqueza y promueve la pobreza.

La falta de inversiones que ha tenido lugar en los últimos años la Argentina estuvo explicada en buena parte por los modismos y las prácticas económicas esgrimidas por el kirchnerismo, especialmente en la última etapa donde el desgaste sin freno de la economía llevó al equipo económico K a tomar medidas estúpidamente peligrosas como lo fueron el cepo cambiario, el control de importaciones y el impreciso discurso público que generó más problemas que soluciones.

Estas irrespetuosidades económicas conllevaron a que el nivel de empleo se viera castigado, no en sus aspectos cuantitativos sino más bien en los cualitativos: los empleos privados que se destruían se compensaban en buena parte con empleo público.  Empleos de baja calidad, inútiles y, por sobre todo, económicamente inviables.

Esta máquina de creación de empleo estatal trajo consigo dos cuestiones que dieron el tiro de gracia a las inversiones y al crecimiento: por un lado, el incremento de la presión fiscal que aumentó en más de 15 puntos del PBI y, por el otro, la brutal emisión monetaria devenida en inflación y falta de previsibilidad. Déficit, vaciamiento del Banco Central y degradación en las arcas de los organismos públicos como lo fue la del Administración Nacional de la Seguridad Social (Anses) fueron sólo algunas de las consecuencias adicionales.

Este incremento de la presión fiscal sin ninguna contraprestación digna (no por ello hemos recibido mejor educación, mayor seguridad o mejores niveles de salud pública) tuvo una consecuencia directa: los privados se hicieron cargo de estos niveles de gasto público insostenible, soportaron mayores impuestos y, por supuesto, cedieron nivel de rentabilidad, lo que afectó no solamente los niveles de inversión interna sino también de la inversión del mundo hacia la Argentina. Mal que les pese a los idealistas, el lucro es condición necesaria para que exista la inversión, se genere empleo y con él, crecimiento y desarrollo. Si a los que poseen la capacidad de invertir se los priva o se degradan sus niveles de rentabilidad, con ello se frenará la creación de empleo y se verán afectados el crecimiento y el futuro.

Las estupideces económicas en buena parte se han ido resolviendo: se pulverizó el cepo cambiario, se eliminaron las restricciones financieras, se ha regularizado la deuda pública y se ha terminado con la cesación de pagos; se insiste con resolver los detalles que auguran la normalización económica. Pero aún falta un largo camino por recorrer, donde Argentina se convierta en un país viable para quienes buscan hacer negocios con su capital, donde dejemos de ahuyentar violentamente a través de impuestos a quienes desean invertir en Argentina con la única finalidad diabólica de sostener un gasto público sideral y destructivo, y demos permiso de una vez a que se generen empleos de calidad que serán nuestras verdaderas armas en pos de lograr como sociedad lo que hoy necesitamos: terminar con la pobreza estructural que nos acompaña hace prácticamente tres décadas.

@madorni

El autor es analista económico. Docente universitario.