
“El libro no tiene barreras arancelarias en ningún país, con lo cual viaja de un lugar a cualquier otro sin ningún impedimento”. Con esa libertad operativa como punto de partida, Javier recorre las decisiones de producción, distribución regional y gestión de demanda que definen el negocio editorial desde una mirada de comercio internacional.
El libro es uno de los pocos productos que circula globalmente sin aranceles. ¿Cómo impacta eso en las decisiones de producción?
El libro no tiene barreras arancelarias en ningún país, con lo cual viaja de un lugar a cualquier otro sin ningún impedimento. Eso da libertad para buscar producción donde los costos sean más convenientes.
Pero no es solo una decisión de costo. A veces se necesita velocidad. Si sale un libro nuevo, se imprimen tres mil ejemplares, se vende espectacular y se requiere una reimpresión rápida, no se puede traer de China o de España.
Entonces se imprime localmente para tener producción en tiempo y forma. El soporte depende de la necesidad de cada momento, y esa decisión tiene un impacto directo en la cadena de abastecimiento.
¿Cómo cambió la apertura importadora en Argentina el mercado del libro?
Lo que facilita la apertura es la bibliodiversidad. El mercado nunca estuvo cerrado en términos de no poder traer libros. La restricción era otra: uno traía y no podía pagar, porque no se podía sacar dinero del país.
Ahora eso no existe. Y se nota: vas a las librerías y ves mayor oferta de títulos variados. El librero que conoce bien a sus lectores puede identificar nichos específicos y buscar exactamente esos títulos.
Cuanto más bibliodiversidad, más posibilidades de llegar a cada lector. Y eso aplica también a los nichos que fueron creciendo con los años: cocina vegana, autoayuda, ensayo político. Cada uno tiene su momento y su público.
¿Cómo se toman las decisiones operativas y editoriales cuando se coordinan equipos en distintos países de la región?
Coordinar equipos en América Latina es complejo porque esto es un negocio cultural, y las culturas son muy diferentes. Un chileno, un argentino, un colombiano, un mexicano tienen necesidades de lectura distintas, aunque hablen el mismo idioma.
Un libro sobre la felicidad que se vende muy bien en Argentina puede no ser relevante en Colombia o México, que tienen otras preocupaciones. Por eso el modelo no puede ser de arriba hacia abajo: tiene que ser al revés.
Cada país tiene que tener mucha independencia para detectar qué necesita su lector. Cada director tiene que sentir la operación como propia, con espíritu emprendedor. No se hacen libros iguales en todos lados, y los planes editoriales se construyen desde cada mercado.

¿Las ferias internacionales cumplen algún rol en la detección de tendencias de mercado?
Un rol muy importante. Como editores, normalmente estamos mediados por la librería: el lector va, compra, y el feedback lo recibe el librero. En las ferias hay contacto directo con el lector, algo que habitualmente no se tiene.
Uno camina por el stand y escucha comentarios espontáneos: qué título llamó la atención, qué tapa generó interés, qué novedad sorprendió. Y se puede preguntar directamente por qué eligieron un libro. Esa información es muy valiosa para entender tendencias.
Estando presente en la mayoría de las ferias posibles, se va viendo en cada país qué elige el público dentro de las grandes categorías: ficción, no ficción, infantil, juvenil. Y dentro de cada una, qué subcategorías están creciendo.
El libro existe hoy en múltiples formatos: físico, digital, audiolibro. ¿Cómo afecta eso a la operación?
El valor es el contenido. El soporte es cambiante. Si viajás seguido, cargar libros físicos pesa; con un e-book apretás un botón y tenés el siguiente libro en cualquier lugar del mundo, sin costo logístico adicional.
Si tenés las manos ocupadas, el audiolibro es la solución. El formato lo elige el lector según su necesidad y contexto. Eso cambia la operación: ya no se piensa solo en el libro físico sino en producir el mismo contenido en distintos soportes.
Y la distribución de cada uno tiene su propia lógica. El libro físico tiene cadena de abastecimiento, stock, reimpresión. El digital y el audiolibro tienen otra velocidad y otro modelo de entrega.
¿Cómo se gestiona la incertidumbre de la demanda cuando nunca se sabe cuánto va a vender un título nuevo?
Es una incógnita permanente. Por eso el editor también tiene que ser un buen curador: por un lado, ver todo lo que hay escrito; por el otro, entender qué quiere leer la gente en este momento y qué está fuera de época.
Hay obras muy buenas que no encuentran su momento. Hace unos años el ensayo político era muy demandado. Hoy ese interés bajó. Un autor que fue muy importante entonces, hoy quizás no vende nada, y en cinco años puede volver a vender un montón.
Reconocer esos ciclos y saber cuándo publicar es una parte central del trabajo editorial. Y a veces es frustrante para los autores, porque tienen una idea valiosa pero están descalzados con la época.
Venís de cinco generaciones en el mundo editorial. ¿Qué tiene esta actividad que genera esa continuidad?
Es una actividad en la que uno entra y le cuesta mucho salir. Hay algo que excede lo material, algo que tiene un elemento espiritual importante. Ves las filas de lectores confesándole a un autor cómo su libro los ayudó en un momento difícil, cómo cambió algo en ellos. Eso no pasa con otros productos.
Puede cambiar el formato, puede cambiar la manera en que la gente compra o lee. Pero al final hay un contenido valioso que es lo que la gente quiere recibir, y eso es difícil que cambie. La esencia del negocio editorial sigue siendo la misma generación tras generación.
Y los desafíos que se vienen, con la inteligencia artificial y los nuevos formatos, no hacen más que confirmar eso. La tecnología puede escribir páginas, pero ponerle alma y corazón a un libro, por ahora, lo siguen haciendo las personas.
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