
El pasado domingo 22 de febrero, tras un operativo de seguridad en el municipio de Tapalpa, Jalisco, que terminó con la muerte del líder de uno de los cárteles mexicanos, ese estado y al menos otros 20 del país vivieron una fuerte reacción violenta con bloqueos, quema de vehículos y ataques en carreteras que interrumpieron transporte y movilidad, provocando alertas y afectaciones generalizadas.
Lo ocurrido recientemente, es un recordatorio contundente de que la disrupción no es una hipótesis teórica en los planes estratégicos: es una realidad que puede presentarse sin previo aviso y poner a prueba la resiliencia de cualquier organización.
Después de más de 25 años liderando operaciones logísticas en entornos nacionales e internacionales, puedo afirmar que la verdadera diferencia entre una crisis contenida y una que escala radica en la preparación previa y en la calidad del liderazgo en el momento crítico.
La logística ante bloqueos y crisis de movilidad
La logística es, por definición, la columna vertebral de los negocios. Cuando una región estratégica enfrenta bloqueos carreteros, incidentes de seguridad o afectaciones a la movilidad, el impacto se propaga de inmediato: centros de distribución detenidos, rutas interrumpidas, inventarios inmovilizados y compromisos comerciales en riesgo. Sin embargo, el objetivo en estos escenarios no es “operar como siempre”, sino operar con inteligencia, priorización y sentido humano.
Aquí es donde el Business Continuity Plan (BCP) deja de ser un documento archivado y se convierte en una herramienta viva. Un BCP robusto no solo identifica riesgos; establece protocolos claros de reacción, líneas de mando definidas, matrices de decisión y alternativas operativas previamente evaluadas. Incluye rutas alternas, centros de respaldo, acuerdos con transportistas secundarios, inventarios estratégicos y, sobre todo, mecanismos claros de comunicación interna y externa transparentes.
El primer principio ante cualquier evento disruptivo debe ser innegociable: la seguridad de las personas. Ninguna entrega, ningún KPI y ningún objetivo financiero justifican poner en riesgo a operadores, choferes, personal de almacén o equipos administrativos. Activar protocolos de resguardo, suspender operaciones en zonas críticas y mantener contacto constante con el personal no es una señal de debilidad operativa; es liderazgo responsable.
El segundo eje es la protección de la infraestructura y los activos. Un centro de distribución, una flota o una instalación dañada no solo representan pérdidas materiales, sino interrupciones prolongadas que pueden erosionar la capacidad competitiva de la empresa. Parte del BCP debe contemplar seguros adecuados, respaldos tecnológicos, redundancia en sistemas y capacidad de redistribuir operaciones hacia otras ubicaciones en cuestión de horas, no de semanas.
El tercer frente es la reputación de la marca. En la era de la información inmediata, los clientes —sean consumidores finales o socios comerciales— esperan claridad. Las empresas que comunican de manera proactiva, explican las afectaciones y comparten planes de mitigación fortalecen su credibilidad incluso en la adversidad. Por el contrario, el silencio o la improvisación generan desconfianza que puede tardar años en repararse.

Liderazgo, tecnología y colaboración sectorial
Desde la perspectiva operativa, la continuidad no significa mantener el 100% del negocio, sino preservar el máximo posible de manera segura y sostenible. Esto implica segmentar prioridades: ¿qué clientes son críticos? ¿Qué productos son estratégicos? ¿Qué compromisos contractuales requieren atención inmediata? La logística moderna debe operar con criterios de priorización dinámica, apoyada en datos en tiempo real y en equipos capaces de tomar decisiones ágiles.
La tecnología juega un papel clave: sistemas de visibilidad end-to-end, monitoreo de flotilla, analítica predictiva y plataformas colaborativas permiten reaccionar con mayor precisión. Pero ningún sistema sustituye el criterio humano. La experiencia acumulada, la capacidad de evaluar riesgos y la empatía con el entorno social son competencias que se construyen a lo largo de los años y que marcan la diferencia en momentos de tensión.
Hay otro elemento que rara vez se discute con suficiente énfasis: la corresponsabilidad del mercado. En eventos como los vividos en México, la reacción no debería ser individualista. Competidores, proveedores y clientes forman parte de un mismo ecosistema logístico. Compartir información relevante, flexibilizar plazos, habilitar infraestructura de respaldo o coordinar rutas alternativas puede evitar que la disrupción escale a una crisis sistémica.
La colaboración sectorial no solo es deseable, es estratégica. Cuando una región clave se ve afectada, el impacto no distingue tamaños de empresa ni industrias. La coordinación entre actores —cámaras empresariales, autoridades, operadores logísticos y compañías privadas— permite proteger empleos, garantizar el abasto y mantener la estabilidad económica local.
Para los líderes logísticos, estos momentos son exámenes de coherencia. Si el BCP fue diseñado solo para cumplir con auditorías, quedará expuesto. Si fue construido con rigor, probado mediante simulacros y actualizado periódicamente, se convertirá en el mapa que guíe decisiones bajo presión. La resiliencia organizacional no se improvisa el día del evento; se construye años antes.
Aprendizaje organizacional y compromiso estratégico
Finalmente, la disrupción también deja aprendizajes. Cada evento debe cerrar con un análisis post-mortem honesto: ¿qué funcionó? ¿Dónde hubo brechas? ¿Qué dependencias eran mayores de lo previsto? Este ejercicio fortalece la cultura organizacional y prepara a la empresa para el siguiente desafío, que inevitablemente llegará.
En logística, la continuidad no es solo una cuestión operativa; es un compromiso con las personas, con los clientes y con la sociedad. Operar la mayor parte posible del negocio, sin sacrificar la seguridad ni la ética, es la responsabilidad que asumimos quienes lideramos cadenas de suministro. En tiempos de incertidumbre, la resiliencia se convierte en ventaja competitiva, pero también en una declaración de principios.
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