
“Ser competitivo es adaptarse rápido a los cambios y diferenciarse”, sostiene Agustina al describir su visión del sector. Desde el interior del país, reflexiona sobre abastecimiento, costos logísticos, exportaciones y el rol de la información clara para enfrentar un comercio internacional complejo y dinámico.
¿Cómo es abastecer una planta productiva en el interior del país en cuanto a logística y costos?
Depende mucho del profesional y del rubro. En mi caso, no escatimo en logística por el tipo de mercadería que importo: productos frágiles. Prefiero formar un buen equipo antes que reducir costos que después pueden dañar la carga.
Un buen despachante, un transporte confiable y alguien con contactos en origen que me facilite trámites, eso es lo que me da tranquilidad. Puede resultar un poco más caro, pero me aseguro de que la mercadería llegue como corresponde.
Donde sí pongo el foco es en evitar demoras en documentos, almacenajes o multas. Esas son variables que puedo controlar. No me permito un error que derive en un costo extra por descuido. En transporte, en cambio, apuesto a lo seguro: un buen equipo, aunque sea más costoso.
¿Qué variables valorás en un proveedor logístico para considerar que ofrece un buen servicio?
Principalmente la rapidez y claridad de la información. La trazabilidad de la mercadería es clave: no solo saber si salió del puerto, sino tener respuesta inmediata ante cualquier imprevisto.
Puede haber un retraso, un paro, y el cliente igual espera. Ahí necesitás un proveedor que te dé información al instante y que te permita anticipar decisiones. En el comercio internacional intervienen muchos actores —despachantes, transportistas, agentes comerciales— y la información debe fluir de manera clara y rápida para evitar problemas.
La cercanía y la disponibilidad inmediata de unidades son factores clave. La fidelidad del proveedor, que atienda siempre el teléfono y resuelva rápido, es lo que más valoro. De nuevo, todo se resume en formar un buen equipo. Si el equipo funciona, todo fluye.
¿Qué tipo de productos o insumos solés gestionar en las importaciones?
La elección depende siempre de las políticas del país y de los cambios normativos que marcan qué es viable en cada momento. Se pueden traer insumos desarmados y productos semielaborados, que luego se ensamblan localmente, o bien importar directamente productos terminados desde origen.
También tuve experiencias en exportación, sobre todo en el rubro frigorífico. Exporté menudencias y descubrí que cada industria es un mundo distinto. La exportación me resultó más sencilla, con requisitos claros como habilitaciones y certificaciones sanitarias.
La importación, en cambio, siempre fue más difícil y cambiante: lo que ayer se podía hacer, hoy no. Te obliga a estar todo el tiempo encontrándole la vuelta, buscando certificados, hablando con distintos organismos. Es estresante, pero también tiene ese tinte de adrenalina: cuando la operación sale bien, se siente como un logro enorme.
¿Qué ventajas o desventajas encontrás en operar desde el interior del país?
Lo más cómodo sería poder usar puertos cercanos como Rosario o Santa Fe, o incluso Montevideo. Pero la realidad es que todo está centralizado en Buenos Aires. Al final, la operación se termina manejando desde donde uno se siente más respaldado. Claro que eso trae costos adicionales: demoras, paros, grúas que se rompen en terminales grandes donde compiten empresas enormes.
En un puerto más chico podría ser más ágil y barato, pero priorizo la seguridad de trabajar con mi equipo de confianza. Igualmente, hemos traído mercadería por Uruguay y funcionó bien; creo que falta animarse más a diversificar.

¿Qué cuentas pendientes ves en la conectividad logística de tu región con el mundo?
Creo que una deuda importante está en la conectividad aérea. Con mercadería frágil, a veces se necesita transporte aéreo y todo llega a Ezeiza. Rosario recibe muy poco y Ezeiza suele ser muy burocrático. Si tu carga queda retenida ahí, el trámite es desgastante. Mejorar esa red de aeropuertos sería clave para federalizar la logística y facilitar operaciones desde el interior.
Hoy se habla mucho de competitividad. ¿Qué significa para vos ser competitivo en este contexto?
Para mí no se trata solo de bajar costos. Ser competitivo es adaptarse rápido a los cambios y diferenciarse. A veces la diferencia está en el diseño, otras en el servicio, otras en la seriedad de tu marca. En el rubro de griferías no se compite por precio, sino por ampliar la cartera, ofrecer productos distintos o dar un servicio que valga el costo final.
Creo que la apertura del comercio internacional no significa perder, sino encontrar otros caminos para crecer: si todos van hacia un lado, vos buscás otro. La competitividad está en diferenciarse con coherencia y visión.
¿Cómo describirías el aporte de tu rol dentro de la cadena logística?
Yo me encargo de la logística completa, desde la compra hasta que el producto llega. Eso implica trabajar con muchos actores y la clave es formar un equipo sólido.
Si cada parte funciona bien y la información fluye, el resultado se ve en el producto que recibe el consumidor final. Al fin y al cabo, todos somos consumidores, y lo importante es que el producto llegue en las condiciones esperadas. Para eso, trabajar en equipo es fundamental.
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