Vivo preocupado por mi salud: ¿soy hipocondríaca?

Por Rossana Speranza de Ferrari

Guardar

Frecuentemente nos encontramos las salas de espera de las guardias abarrotadas de personas preocupadas por su estado de salud. Pero como distinguir si nuestro malestar responde a causas médicas o a factores psicológicos.

¿Qué es ser hipocondríaco? En primer lugar tenemos que decir que el uso de este término está en deshuso y en cambio se reemplazó por trastorno de síntomas somáticos o trastorno de ansiedad por enfermedad. Las personas que presentan estos trastornos sufren por la presencia de diferentes síntomas que implican dolor especifico en alguna zona del cuerpo o bien la presencia de dolor generalizado, acompañado usualmente de cansancio o fatiga.

Dichas dolencias no encuentran explicación médica que las justifique o la dimensión que toman las mismas supera la respuesta habitual para estos diagnósticos. Fundamentalmente estas personas presentan pensamientos desproporcionados y persistentes sobre la gravedad de sus síntomas,”Siento una fuerte presión en el pecho, estaré teniendo un infarto”… ”Se me parte la cabeza y no puedo dejar de pensar en tener un tumor cerebral”, “Tengo constipación crónica, hinchazón abdominal y dolor en el intestino, esto puede ser indicador de cáncer de colon”, “me siento mareado…me podría estar ocurriendo un ACV”. Estos son algunos ejemplos de que la tendencia a interpretar determinadas sensaciones o señales corporales como la confirmación de que se padece o se padecerá una enfermedad orgánica grave, es el eje de este trastorno.

Estas personas dedican tiempo y energía excesivos a la preocupación por su estado de salud. Incluso postergando o restándole tiempo a actividades de su vida cotidiana.

La ansiedad frente a cualquier cambio en el organismo o a la posible aparición de una enfermedad es persistente a lo largo del tiempo. Aparecen también una serie de comportamientos desmedidos relacionados con la salud, como las frecuentes consultas médicas, el recorrido de una especialidad a otra, el sometimiento a una variedad de estudios clínicos y evaluaciones de diferente complejidad y el chequeo reiterado de la zona de la dolencia para evaluar su evolución.

Esto último suele involucrar la manipulación de la zona afectada, por ejemplo si aparece inflamación en una zona del cuerpo la persona comienza a presionarla una y otra vez a fin de observar si la inflación aumenta o disminuye, provocando el empeoramiento de la misma. Otra característica es la presencia de conductas de búsqueda de seguridad para evitar el desastre temido, por ejemplo “si tengo la sensación de que se acelera mi corazón es preferible no hacer actividad física para evitar sufrir de un infarto”, con ellas el paciente intenta protegerse del supuesto peligro; pero para lo que realmente sirven es para sostener falsas creencias acerca de la enfermedad.

Existe en definitiva un aumento en la creencia de la probabilidad de padecer una enfermedad grave, que ésta traerá consecuencias catastróficas e invalidantes en nuestra salud y que no tendremos los recursos tanto internos (fortaleza, serenidad, paciencia, optimismo, etc.) como externos( asistencia de los servicios de salud, tratamientos, medicación, cuidados y acompañamiento familiar, ...) para afrontarla.

Afortunadamente estos trastornos tienen tratamiento y una vez elaborado un correcto diagnóstico por el profesional de salud mental sea el psicólogo o el psiquiatra, se puede proceder a la psicoeducación sobre el problema que padece el paciente y al desarrollo de las estrategias necesarias para recuperar el bienestar perdido.

Rossana Speranzza de Ferrari, MN 25907, Licenciada en psicología

Especialista en terapia cognitiva conductual