Ansiedad por el futuro, el fin de una relación o una desgracia familiar; la vida nos pone a prueba continuamente. Sin embargo, de todas las vicisitudes no hay ninguna más dura que la muerte de un ser querido. Sobre todo cuando ese ser es tu propio hijo.

La historia de la familia Vetter es dura como pocas, pero breve. Tan breve como fue la vida de su hijo David, quien nació con una rara enfermedad autoinmune.

Sin la defensa natural del organismo, cualquier leve enfermedad como un catarro o una pequeña infección de encías, podía causarle la muerte. Para salvarlo, los médicos decidieron aislarlo dentro de una burbuja de plástico impidiéndole todo contacto humano.

Seguramente te sonará esta triste historia pues la vida de David Vetter inspiró la película de 1976 "El niño de la burbuja de plástico". Sin embargo, es real.

David nació el 21 de Septiembre de 1971 aquejado de una rara enfermedad, el Síndrome de Inmunodeficiencia Combinada Severa, en adelante SCID (sus siglas en inglés).

Los niños que sufren SCID nacen aparentemente bien. Sin embargo y tras pocos meses, los anticuerpos transferidos por la madre durante el embarazo comienzan a desaparecer.

Incapaces de producir anticuerpos propios debido a un problema genético en la médula ósea, los niños acababan muriendo en meses debido a infecciones masivas.

Los Vetter habían tenido dos hijos antes que David, una niña completamente sana y su primogénito D. Joseph III quien murió de esta misma enfermedad a los 7 meses.

Temerosos de que la enfermedad se repitiera con David, tres doctores del Baylor Medical Center de Texas – John Montgomery, Mary Ann South y Raphael – propusieron criar a su hijo en una burbuja estéril hasta que se encontrara una cura para su enfermedad. El proyecto y la investigación sería financiada por el estado.

Desesperados y deseosos por salvar la vida de su hijo, los Vetter aceptaron la ayuda de los médicos cuando una serie de pruebas realizadas confirmaron el diagnostico de SCID.

El día que nació David, en menos de 10 segundos, fue trasladado al interior de una gran burbuja de plástico libre de gérmenes que se convertiría en su hogar para toda la vida.

Cualquier objeto, ya fuera un juguete o un biberón, debían pasar un minucioso proceso de esterilización antes de entrar al interior del habitáculo.

Sus padres y el resto de personas, solo podían tocarlo a través de unos guantes de plástico instalados en la pared de la habitación burbuja.

Aunque el bebé no pudo ni siquiera pasar por los brazos de su madre, su familia se las arregló para que fuera bautizado por un sacerdote con agua bendita esterilizada.

La burbuja se mantenía hinchada gracias al trabajo de unos potentes pero ruidosos compresores, que hacían casi imposible escuchar con claridad las palabras del niño y mantener una conversación con él.

Tal y como los médicos pronosticaron, David sobrevivió y comenzó a crecer con "relativa" normalidad.

No hubo contacto piel con piel, ni el calor del cuerpo de su madre. Tampoco podía jugar con otros niños, salir a la calle o ir al parque. Era prisionero de su propia enfermedad.

Sus padres quisieron darle una vida relativamente normal, por lo que dentro de la burbuja no faltaron los juguetes, la televisión, y una zona para recibir educación.