Perdió todas sus riquezas y terminó muerto de hambre en una esquina del Centro Histórico

Una antigua leyenda narra cómo un cacique indígena cae en desgracia tras fallar en su labor como informante del virreinato

Placa en 1° calle del Carmen
Foto: INAH
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Un cacique indígena pasó de administrar riquezas en plumas, metales preciosos y pieles exóticas a vivir sentado en una esquina del Centro Histórico hasta morir de hambre, una leyenda que la Ciudad de México conserva en la placa de la calle Correo Mayor y que vuelve a circular cada temporada de Día de Muertos.

La historia se ubica a mediados del siglo XVI, cuando la corona española mantenía a ciertos nobles indígenas como regidores encargados de controlar a su propia gente. El cronista Luis González Obregón documentó el relato en su libro Las calles de México.

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El cacique vivía entre lujos mientras espiaba para el virrey en turno

El hombre, dueño de una casa en la entonces primera calle del Carmen, hoy Correo Mayor, gozaba del favor directo del virrey. Su función consistía en vigilar a los indígenas bajo su cargo y reportar cualquier intento de rebelión.

Portaestandarte antropomorfo conocido como "el indio triste"
Foto: INAH

Su fortuna incluía adornos de plumas, pieles de animales exóticos y objetos de metales preciosos. González Obregón describió que el cacique practicaba cultos cristianos en público, aunque mantenía en privado un altar dedicado a sus dioses originarios.

El exceso de alcohol lo alejó de su labor como espía del virreinato

El consumo creciente de alcohol nubló su atención sobre los movimientos de la comunidad que debía vigilar. Mientras tanto, los indígenas bajo su supervisión planeaban una rebelión contra los españoles sin que él lo advirtiera.

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El levantamiento terminó por fracasar, pero no gracias a su labor. Otro espía delató el plan antes de que avanzara, lo que dejó al descubierto la negligencia del cacique ante el virrey.

El virrey le confiscó casas, joyas y tierras por su descuido como informante

El castigo no incluyó prisión ni condena física. El virrey ordenó únicamente el secuestro de sus bienes: casas, sementeras, joyas, trajes y muebles quedaron fuera de su alcance de forma inmediata.

La decisión consideró su estado físico deteriorado por los vicios, según el relato de González Obregón. El cacique quedó desamparado, sin propiedades ni recursos para sostener la vida que antes llevaba.

Placa en 1° calle del Carmen
Foto: INAH

Pasó sus últimos días sentado en la esquina de su antigua propiedad

Con la ropa hecha jirones, el hombre se sentaba en la esquina de lo que había sido su terreno. Ahí permanecía con los brazos cruzados sobre las rodillas, la mirada perdida, mudo en ocasiones y llorando en otras.

La tristeza que mostraba cada día dio origen al nombre con el que se conoció el lugar: la calle del Indio Triste. El hombre terminó por dejarse morir de hambre en ese mismo sitio, sin intervención de nadie que lo rescatara.

Una estatua recordó por años el castigo impuesto a los espías negligentes

Frailes franciscanos recogieron el cuerpo y lo sepultaron en el camposanto de la iglesia de Santiago Tlatelolco. El espacio donde murió, sin embargo, no quedó vacío.

El virrey ordenó tallar una estatua del noble en el mismo lugar, pensada como advertencia pública para otros informantes. La figura permaneció ahí durante años, visible para quienes transitaban la zona.

El origen real de la estatua sigue sin confirmarse hasta hoy

Ningún registro confirma la existencia histórica del cacique ni los detalles exactos de su castigo. Algunas versiones sostienen que la estatua provenía de un Teocalli construido para Moctezuma II y representaba a un portaestandarte prehispánico.

La práctica de incorporar esculturas prehispánicas en construcciones coloniales no era inusual en esa época. Un caso similar ocurre con la cabeza de Quetzalcóatl, ubicada al pie de un edificio en la esquina de las calles José María Pino Suárez y República del Salvador.

La placa que recuerda esta historia permanece colocada en la esquina de Correo Mayor y Moneda, en el Centro Histórico, con la inscripción “1ra. C. del Indio triste 1869-1928” como único testimonio físico de la leyenda.

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