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Los psicólogos coinciden: si aparentas tranquilidad en una situación de crisis, no siempre es fortaleza, puede ser defensa emocional

Aparentar tranquilidad en medio de una crisis puede ser una estrategia de supervivencia aprendida en el pasado

Un hombre de espaldas mira por la ventana en una oficina. Cuatro compañeros interactúan en el fondo, con escritorios y plantas visibles.
Una persona en una oficina observa por una ventana, mientras un grupo de compañeros interactúa en segundo plano, mostrando un ambiente de desconexión. (Imagen Ilustrativa Infobae)
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La calma que una persona muestra en una crisis no siempre refleja fortaleza. Psicólogos y estudios sobre el apego coinciden en que también puede ser una defensa emocional aprendida, una respuesta que ayuda a contener el malestar hacia afuera pero que puede dejar aislamiento, desconexión y dificultad para expresar lo que se siente.

En este sentido, la serenidad admirada en momentos de presión no necesariamente nace de una habilidad entrenada de forma consciente sino que puede surgir de experiencias previas de dolor o inseguridad.

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Uno de los efectos que describen las investigaciones citadas es una menor satisfacción social, además de una reducción de la cercanía afectiva y una sensación de desconexión con uno mismo, consecuencias pueden acumularse con el tiempo cuando la supresión emocional se vuelve habitual.

La idea central es directa: aparentar tranquilidad en medio de una crisis puede ser una estrategia de supervivencia aprendida en el pasado. Esa adaptación puede condicionar la manera en que una persona se relaciona en la vida adulta.

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Persona adulta sentada en escritorio de oficina con ordenador portátil, teléfono, documentos, taza y archivador. Ventana con edificios de fondo.
Una persona adulta se sienta en una oficina moderna con un escritorio desordenado y un teléfono que indica actividad. (Imagen Ilustrativa Infobae)

La serenidad exterior puede nacer de experiencias de dolor o inseguridad

Un ejemplo de lo anterior fue expuesto en la revista AS, la cual cita el caso de Orla, una profesional de comunicaciones de crisis en Dublín, a quien sus superiores describían como “inquebrantable” durante una semana especialmente difícil en el trabajo. Mientras proyectaba serenidad hacia los demás, ella experimentaba una sensación de vacío.

Ese contraste entre la imagen pública y la experiencia interna es uno de los puntos que subraya el texto. La cultura popular suele premiar esa compostura y la asocia con madurez emocional, liderazgo o capacidad para manejar la presión; sin embargo, muchas veces el costo emocional es interno.

El diario también recoge el testimonio de un participante de un taller de resiliencia en Dublín que describió su infancia como un entorno en el que cualquier reacción emocional podía provocar una respuesta negativa. Con el tiempo, ese comportamiento se volvió automático.

Su entorno interpretó esa reacción como sensatez o solidez. Un terapeuta, en cambio, la definió como inhibición emocional crónica.

Mujer adulta de espaldas observa a una niña con manos juntas frente a un marco agrietado en una habitación gris y vacía.
Una mujer adulta mira a una versión infantil de sí misma, simbolizando el impacto duradero de la falta de reconocimiento emocional en la infancia en su autoestima y relaciones futuras. (Imagen Ilustrativa Infobae)

El apego evitativo puede convertir la contención emocional en un hábito

Según los estudios sobre el apego evitativo desarrollados por Jeffry Simpson y W. Steven Rholes, algunos niños aprenden a desactivar sus emociones incluso antes de que aparezcan. Ese patrón puede mantenerse más adelante y moldear la manera en que responden al conflicto, la presión o la cercanía afectiva.

Esta forma de adaptación puede convertir a esas personas en aquellas a las que todos recurren en momentos difíciles. Esa función refuerza lo que algunos especialistas describen como una “trampa de la utilidad emocional”.

La expresión alude a un patrón en el que alguien termina siendo valioso para los demás por su capacidad de sostener, contener o resolver, pero no necesariamente por mostrar sus propias necesidades. Esa dinámica puede volver más difícil que la persona se sienta acompañada.

AS añade que quienes ocupan de forma constante el papel de la persona fuerte pueden llegar a sentirse emocionalmente inaccesibles. También pueden vivir la soledad de ser el apoyo de todos sin sentirse sostenidos.

Las consecuencias descritas por la psicología no siempre son visibles de inmediato. Aun así, la supresión frecuente de las emociones puede traducirse en menos cercanía afectiva, menor satisfacción en los vínculos sociales y una sensación persistente de desconexión.

(Imagen Ilustrativa Infobae)
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La conclusión que plantea la publicación es que la calma socialmente admirada no siempre debe leerse como señal de equilibrio o control. En ciertos casos, responde a una defensa aprendida mucho antes, cuando expresar emociones no era seguro.

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