
No es solo pasión. Cuando miles de personas comparten un mismo estadio —o una misma banqueta— viendo un partido de futbol, el cerebro humano activa mecanismos evolutivos diseñados originalmente para la supervivencia grupal. Así lo advierte Angélica Larios Delgado, académica de la Facultad de Psicología de la UNAM: el cerebro tiene zonas específicas para el contagio emocional, y en eventos masivos ese sistema se convierte en un amplificador de consecuencias impredecibles.
Las emociones compartidas, explicó la especialista, no se suman: se potencian. Cuanto mayor es el número de personas, mayor es el efecto acumulativo. Es un fenómeno que cruza lo individual y lo colectivo, y que en una Copa Mundial —con audiencias globales de miles de millones— alcanza su expresión más intensa.
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De la euforia a la agresión: un paso psicosocial
El problema no es el entusiasmo. Es la combinación de factores que lo rodean.
Larios Delgado identifica una cadena de riesgo que se activa en los eventos deportivos masivos:
- Identidad social exacerbada: el aficionado no solo apoya a un equipo; se funde con él.
- Desinhibición por sustancias: el consumo de alcohol reduce los frenos conductuales.
- Retroalimentación emocional constante: las reacciones del grupo amplifican las individuales.
- Percepción de agravio: un penal mal cobrado o una derrota inesperada se vive como una afrenta personal y colectiva.
Cuando estos elementos convergen, la euforia puede desbordarse. La violencia emerge como respuesta a una diferencia percibida y como mecanismo —primitivo, pero real— para resolver conflictos. El problema, subraya la académica, es perder de vista que se trata de un juego: cuando esa frontera desaparece, la frustración y el enojo encuentran un canal de salida físico.
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Un automovilista presuntamente en estado de ebriedad arrolló a una multitud que festejaba en una de las zonas más concurridas de Cabo San Lucas.
El futbol como espejo de las fracturas sociales
El deporte no ocurre en un vacío. Larios Delgado plantea que en sociedades marcadas por la desigualdad económica y la violencia institucional, el futbol funciona como una caja de resonancia que amplifica la reactividad de los sectores más vulnerados.
Los problemas acumulados —falta de gestión emocional, ausencia de cultura de aceptación, sesgos estructurales— encuentran en el estadio un escenario donde expresarse. Un ejemplo doloroso: los cantos homofóbicos que persisten en el balompié mexicano, que denigran a los jugadores asociándolos con una orientación sexual diferente como forma de insulto.
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Mundial 2026: júbilo en las avenidas, brusquedad en las periferias
La Copa Mundial de la FIFA 2026 expone con claridad esa doble cara. Mientras en los centros urbanos predominan la alegría, la hospitalidad y el colorido turístico, en las periferias el festejo tiene otro tono. Un caso que resume esa tensión: las hostilidades que algunos aficionados han dirigido contra madres buscadoras, cuya presencia en el espacio público durante el torneo ha generado roces con sectores que prefieren ignorar las grietas del país.
El Mundial no crea esas fracturas. Solo las ilumina.
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