
La cena privada que la FIFA celebró el 10 de junio en el Castillo de Chapultepec —la noche previa al partido inaugural del Mundial 2026— abrió un debate que va más allá del torneo: ¿Quién puede usar los recintos históricos del país y bajo qué condiciones?
Durante la mañanera del 18 de junio, la presidenta Claudia Sheinbaum confirmó que la FIFA pagó “más de un millón de pesos” por el arrendamiento del recinto y defendió la práctica señalando que el Castillo “se renta para muchos eventos” y que esto ocurre “desde hace mucho tiempo”. Hasta ahí, la postura oficial sonaba consistente. El problema surgió cuando fue cuestionada sobre si esos espacios están al alcance de la ciudadanía en general.
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La declaración que choca con la normativa vigente
Al ser preguntada sobre si existen tarifas accesibles para el público, Sheinbaum respondió que sí, y fue más allá:
“¿Quinceañeras, bodas o algo así? Tiene un monto, sí... Sí, tiene un monto para rentar el castillo”, declaró la mandataria.
Sin embargo, la política institucional publicada en el sitio oficial del Museo Nacional de Historia —administrado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) y dependiente de la Secretaría de Cultura— establece lo contrario. De acuerdo con la información disponible en mnh.inah.gob.mx, en el recinto “únicamente se pueden realizar eventos de carácter cultural, académico o científico” y se precisa de forma explícita: “No se permiten eventos sociales o empresariales de ningún tipo”.
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Esta política institucional se complementa con un acuerdo publicado en el Diario Oficial de la Federación en 1977, aún vigente, que establece que los museos, monumentos y zonas arqueológicas, históricas y paleontológicas bajo responsabilidad del INAH “no serán utilizados por ninguna persona física o moral, entidad federal, estatal o municipal, con fines ajenos a su objeto o naturaleza”. La única excepción prevista es la realización de actos culturales o cívicos “relevantes”, pero esa relevancia queda determinada a juicio exclusivo del Secretario de Educación Pública —autoridad de la que dependía el INAH al momento de la publicación del acuerdo—, sin que el instrumento establezca criterios objetivos para definirla.

Un patrón documentado, no un caso aislado
El uso de recintos patrimoniales para eventos privados o de élite no es nuevo. En octubre de 2001, durante el gobierno de Vicente Fox, su entonces esposa Martha Sahagún organizó una cena-concierto privada en el propio Castillo de Chapultepec con el cantante Elton John, con el objetivo de presentar su fundación “Vamos México” ante empresarios. La entrada por mesa se reportó entre 50 mil y 100 mil dólares. El evento generó una protesta de cerca de 200 personas sobre Reforma y Gandhi, y un diputado señaló en la Gaceta Parlamentaria que era “impensable” convertir el sitio en “salón de eventos sociales”.
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Años más tarde, casos similares se registraron en otros recintos patrimoniales. En octubre de 2024, una boda de un funcionario de la Semarnat se celebró en el Museo Nacional de Arte (Munal) presentada como recepción diplomática; en 2019, un jubileo de La Luz del Mundo fue autorizado en el Palacio de Bellas Artes bajo la figura de un evento de ópera. En ambos casos, el mecanismo fue el mismo: adaptar la descripción del evento a las categorías que la normativa sí permite —cultural, académico o cívico— sin que existieran criterios públicos claros para evaluar si esa clasificación era procedente, lo que en la práctica dejó los eventos sin consecuencias institucionales.

La cena de la FIFA y los datos pendientes
Al evento del 10 de junio asistieron representantes de países, gobernadores, empresarios, celebridades y el presidente de la FIFA, Gianni Infantino. La velada incluyó un espectáculo de drones sobre el Castillo y fue descrita por medios de comunicación como una recepción privada de alto perfil.
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Ante las críticas por la presencia de funcionarios, Sheinbaum señaló que limitó la asistencia del gabinete a las secretarías de Cultura y Turismo, que estuvieron “esencialmente ayudando a organizar”. La mandataria también aclaró que su propia participación fue acotada: rechazó la invitación a la cena formal y acudió únicamente para leer un mensaje institucional de bienvenida.
“Llegué, leí una cuartilla, me salí. No me quedé. Es más, ni saludos hice”, explicó.
Queda pendiente la respuesta institucional del INAH o de la Secretaría de Cultura sobre la aparente discrepancia entre las declaraciones presidenciales y la normativa publicada en el sitio oficial del museo, así como la confirmación del monto exacto que pagó la FIFA por el uso del recinto.
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