
Si se mide el deporte bajo el termómetro del mercado y tomamos el caso de la FIFA como ejemplo, veremos lo abrumadoras que son las cifras: sus proyecciones de ingresos son de 13,000 millones de dólares para el ciclo actual, con un presupuesto récord de 14,000 millones de dólares para el periodo 2027-2030. Solo en 2025, sus ingresos totales ascendieron a 2,661 millones de dólares , impulsados por el Mundial de Clubes, que generó 2,126 millones. Al cierre de 2025, los activos totales de la institución alcanzaron los 9,479 millones de dólares.
Al transformar la actividad física en un producto puramente comercial, corremos el riesgo de mercantilizarla y banalizarla, asfixiando los valores y virtudes colectivas que históricamente le dieron sentido. Hoy en día, el juego parece haber cambiado sus reglas, pasando de ser una vía para elevar la moral y el carácter humanos a convertirse en una maquinaria obsesionada con la rentabilidad financiera a corto plazo. Amplios sectores de la población consumen el deporte de forma pasiva y superficial, priorizando las grandes hazañas mediáticas sin asimilar la disciplina que las sustenta.
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Como explicaba el filósofo Gilles Lipovetsky, durante el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, los deportes se concibieron bajo una óptica muy distinta: eran vistos como un deber del ser humano hacia sí mismo, una herramienta indispensable para alejarse de la molicie y perfeccionar las facultades corporales mediante el esfuerzo consciente. El deporte apoyaba la formación del carácter, templaba la voluntad y agudizaba la sensibilidad hacia los logros ajenos.
Desde el punto de vista sociológico, el deporte cumple una función compensatoria fundamental en la vida moderna. En una sociedad técnica en la que la tecnología ha sustituido el esfuerzo físico por simples “gestos de control” (como apretar un botón), el cuerpo humano queda relegado. El deporte y las actividades físicas de ocio ofrecen una posibilidad real de expresión y una vía liberadora para que el cuerpo recupere sus funciones y compense la inactividad.
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Frente a esta crisis de valores, surge la necesidad de redescubrir una dimensión más humana, comunitaria e incluso trascendente del juego. Con motivo del Jubileo del Deporte en 2025, el Papa León XIV planteó una sugerente conexión entre la espiritualidad y la actividad física, recordando que toda buena acción humana es, en sí misma, un reflejo de la belleza de Dios. Lejos de ser una estructura estática o un absoluto cerrado en sí mismo, la teología define el dynamism divino mediante el concepto de perícoresis, traducido poéticamente como una “danza” de amor recíproco de la cual brota la vida.
Bajo esta concepción, la práctica del deporte se consolida como un remedio estructural frente a tres grandes problemáticas de nuestra era contemporánea:
- El rescate del “nosotros” frente al aislamiento: En una sociedad marcada por la soledad y un individualismo exagerado que ignora al prójimo, el deporte en equipo enseña el valor de la colaboración y de caminar juntos. Se convierte así en un puente de recomposición social para las comunidades, las familias y los entornos escolares.
- La reconexión física frente al desierto digital: En un entorno saturado de pantallas, donde las tecnologías paradójicamente alejan a quienes están cerca, el deporte devuelve la relevancia a la concreción de estar juntos en tiempo real. Valorar el sentido del cuerpo, del espacio, del esfuerzo y del contacto con la naturaleza ayuda a mantener un vínculo saludable con la vida concreta frente a la tentación de huir hacia mundos virtuales.
- El arte de la derrota frente al mito de la perfección: En una sociedad competitiva donde parece que solo los fuertes merecen triunfar, el deporte enseña una lección indispensable: el arte de perder. Al confrontar al ser humano con su fragilidad, sus límites y su imperfección, se abre una puerta genuina hacia la esperanza. Los grandes campeones no son máquinas infalibles, sino personas que encuentran el valor para levantarse tras cada caída.
Un ejemplo cotidiano se encuentra en el imperativo italiano “¡Dai!“; (”¡Dale!”), un grito común en los estadios que, en el fondo, nos recuerda el valor ético de darse uno mismo y jugársela por los demás, independientemente del resultado en el marcador. Como afirmaba San Juan Pablo II, el deporte debe ser valorado como alegría de vivir, juego e instancia de fiesta, recuperando su gratuidad y su capacidad de estrechar lazos de amistad por encima de las frías leyes de la producción y el consumo utilitario.
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