
Eduardo Lamazón nació en Buenos Aires, Argentina, y desde niño desarrolló una profunda pasión por la lectura y el boxeo, y aunque desde hace muchos años dejó su país de origen, Don Lama nunca olvidó cómo llegó a convertirse en una leyenda del boxeo.
“Yo estaba en el boxeo desde casi niño, desde que tenía 10 años de edad empecé a ayudar a la gente que hacía boxeo en el pueblo donde yo vivía”, contó en una de las últimas entrevistas que dio sobre sus primeros pasos en el deporte que marcarían su vida.
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Su formación como lector voraz y su afán de registrar cada detalle del pugilismo lo llevaron a ser reconocido como un referente en la historia y estadística del boxeo mundial.
“Si en algo destaqué en el principio de las cosas es en que yo tenía un archivo donde yo llevaba resultados. Es difícil a los jóvenes de ahora imaginar qué locura era la que hacíamos”, recordó, al describir cómo enviaba cartas para conseguir resultados de peleas internacionales, mucho antes de la era digital.
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Lamazón se mudó a México, donde consolidó su carrera como comentarista, escritor y directivo, llegando a ser secretario ejecutivo del Consejo Mundial de Boxeo durante 24 años. Pero su vida y sus inquietudes fueron mucho más allá del cuadrilátero.
“Don Lama” un amante de la poesía, la literatura y el tango
“Don Eduardo Lamazón era un lector empedernido, amante de la poesía, de la buena música, del vino, de la historia y absolutamente todo lo que se llama cultura general”, lo describían sus colegas, tal como lo hizo Christian Martinoli en su mensaje de despedida.
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El propio Lamazón reconoció que la literatura y la poesía fueron parte esencial de su vida: admiraba a Borges, Neruda, Rulfo y Cervantes, y recordaba con orgullo su intercambio epistolar con Julio Cortázar:
“Cortázar me decía que el hecho de que yo le escribiera desde el Consejo Mundial de Boxeo era para él un aire fresco, porque lo recuperaba un deporte que él quería entrañablemente”.
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El tango fue otra de sus pasiones. En Argentina produjo un programa dedicado a este género: “Hice un programa de tango que se llamaba ‘Desde una esquina sin tiempo’. Había un poeta del tango muy importante que se llamaba Julián Centeya, y yo tomé el nombre en homenaje a él y a un título tan bueno”.
El emblema contendrá materiales, textiles y detalles que evocan a las culturas mexicanas. (IG WBC)
El vino, un universo paralelo de Eduardo Lamazón
Lamazón también fue un apasionado del vino, al punto de impartir cátedras sobre el tema. “Cuando tenía veinte años tenía veinte pasiones y ahora ya no tengo tantas, porque algunas se han gastado por el paso del tiempo o por ejercitarlas. Pero el vino es una pasión mía de toda la vida, porque es un universo, un millón de veces más grande que el del boxeo”, explicó.
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Y añadió, con conocimiento de causa: “Hay treinta y nueve mil etiquetas en Italia, veintiocho mil en España. Hay trescientos cincuenta mil etiquetas de vino diferentes en el mundo. Hay cuatro mil uvas con las que se puede hacer vino, aunque se usan doscientas, doscientas cincuenta nada más. Meterse a ese mundo me causa un hechizo permanente”.
Defensa de los animales y sensibilidad social
Su sensibilidad trascendió el deporte. Fue vicepresidente del Comité Pro Animal Mexicano y lo explicó con claridad: “Lucho contra la indiferencia de gente que ve a los animales sufrir y no se conduele. A mí todo me aleja de la gente que no tiene sensibilidad hacia el dolor animal”. Reconoció que esa conciencia llegó con los años: “No tenía esta debilidad por los animales cuando era un muchachito adolescente, muy joven. Después lo fui aprendiendo con el tiempo”.
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Una vida de anécdotas y curiosidad

Lamazón no fue solo boxeo. En su juventud fue corredor profesional de motos y en México participó en una fotonovela. No se consideraba seguidor obsesivo del futbol, aunque reconocía ver los partidos importantes. “Me gusta el tenis, pero me preguntaste comentarista. Yo no podría ser comentarista de tenis. No sé tanto, simplemente me gusta mucho verlo y lo busco, lo espero”, señaló.
Su vida, marcada por la disciplina y la curiosidad, lo llevó a trabajar también en causas sociales, como su labor en Naciones Unidas en la lucha contra el apartheid: “Me uní a esa causa y estuve siete años ahí. Hice una hermosa experiencia en un asunto que en aquel tiempo era fundamental para la condición humana”.
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Eduardo Lamazón fue, ante todo, un humanista que hizo del boxeo su especialidad, pero que vivió la cultura, la ética y la curiosidad como parte vital de su identidad. Como él mismo resumió: “Cuando tenía veinte años tenía veinte pasiones y ahora ya no tengo tantas... pero el vino es una pasión de toda la vida”.
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