El sábado 28 de febrero, un ataque coordinado de Israel y Estados Unidos contra Irán marcó una nueva escalada en el conflicto regional, según el análisis ofrecido por Mauricio Meschoulam, doctor en Políticas Públicas y Administración especializado en terrorismo, mediación y paz. La ofensiva, iniciada poco después de las nueve de la mañana, hora de la Ciudad de México, se produce tras meses de tensión entre las potencias y la República Islámica, en un contexto de protestas internas en Irán y un incremento en la presión internacional sobre su programa nuclear y sus capacidades militares.
Los antecedentes inmediatos de este episodio se remontan a mediados de 2025, cuando fuerzas israelíes y estadounidenses ejecutaron una serie de ataques contra instalaciones militares y nucleares iraníes. Esa acción, conocida como la guerra de los doce días, infligió un daño considerable a la infraestructura de defensa y al liderazgo político iraní. Desde entonces, la situación pareció estabilizarse, aunque sin avances en las negociaciones diplomáticas.
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A finales de 2025 y comienzos de 2026, manifestaciones masivas sacudieron Irán, convirtiéndose en las protestas más extensas desde la revolución de 1979. La represión ordenada por el régimen resultó en numerosas víctimas, lo que generó una respuesta internacional de condena y un endurecimiento de la retórica de Estados Unidos hacia el gobierno iraní. Donald Trump, quien retomó la presidencia estadounidense, advirtió que cualquier represión violenta contra manifestantes sería respondida con acciones militares directas, una postura que reforzó el clima de incertidumbre en Medio Oriente.
Durante enero de 2026, la posibilidad de un ataque estadounidense contra Irán fluctuó, mientras Trump balanceaba su promesa de proteger a los manifestantes iraníes con la necesidad de evitar una guerra prolongada en la región. Según el análisis de Meschoulam, la decisión de posponer la ofensiva inicial se debió a consideraciones logísticas y estratégicas, ya que Irán representa un desafío militar más complejo que otros escenarios recientes, como Venezuela.
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En las semanas previas al ataque del 28 de febrero, se registró un aumento sustancial de la presencia militar estadounidense en la región. El despliegue incluyó la llegada de dos portaaviones y la movilización de recursos para respaldar una operación de mayor alcance. Paralelamente, se reactivaron negociaciones en torno al programa nuclear iraní, aunque centradas principalmente en el control de la capacidad nuclear y no en otros aspectos críticos, como el desarrollo de misiles balísticos o el apoyo iraní a grupos armados en la región.
Israel desempeñó un papel central en la planificación y ejecución de la ofensiva. Para el gobierno israelí, la reconstrucción del arsenal de misiles balísticos por parte de Irán representaba una amenaza inmediata, mientras que el debilitamiento del programa nuclear tras los ataques de 2025 había reducido el riesgo nuclear a corto plazo. El objetivo israelí era neutralizar las capacidades militares iraníes antes de que el régimen pudiera recuperarse de las crisis internas y las pérdidas recientes.
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La operación lanzada el sábado incluyó bombardeos dirigidos contra la residencia del líder supremo Ali Jamenei, así como ataques a altos mandos del ejército y de las Guardias Revolucionarias Islámicas. Hasta el momento de la transmisión, el destino de Jamenei permanecía sin confirmación oficial, aunque las autoridades iraníes aseguraban que se encontraba en un lugar seguro. Las primeras informaciones confirmaron la muerte del ministro de Defensa y del jefe de las Guardias Revolucionarias, dos figuras clave en la estructura de poder iraní.

El sistema político de Irán prevé mecanismos de sucesión automáticos para evitar el colapso en caso de la pérdida de sus principales líderes. Esta estructura, diseñada tras experiencias previas de inestabilidad, contempla la sustitución inmediata tanto del líder supremo como de los mandos militares. A pesar de la conmoción inicial, el régimen iraní mantiene la capacidad de organizar una respuesta militar y política.
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La reacción iraní hasta ahora se ha caracterizado por el uso de tácticas asimétricas. Las autoridades optaron por ataques selectivos contra intereses estadounidenses e israelíes en la región, incluyendo bombardeos a bases militares y ciudades, así como acciones contra aliados de Washington, como Arabia Saudita, Catar y Emiratos Árabes Unidos. Esta estrategia busca prolongar el conflicto y desgastar a sus adversarios, aprovechando los recursos disponibles y la red de alianzas que Teherán ha tejido en Medio Oriente.

El análisis de Meschoulam subraya que, aunque Estados Unidos y Israel han mostrado determinación y capacidad de acción militar, existe un margen para la reanudación de las negociaciones. Trump, según su historial, prefiere operaciones limitadas y busca acuerdos transaccionales que favorezcan los intereses de Washington, incluso si el objetivo declarado de cambio de régimen en Irán no se alcanza completamente.
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Para la administración estadounidense, la prioridad consiste en asegurar un gobierno iraní cooperativo, eliminar las amenazas nucleares y de misiles, y reducir la influencia regional de Teherán, todo ello en un contexto en el que la opinión pública estadounidense se muestra reacia a involucrarse en nuevos conflictos prolongados fuera de sus fronteras.
La situación permanece en desarrollo, con múltiples escenarios abiertos. Queda por ver si la conmoción sufrida por el régimen iraní derivará en una mayor inestabilidad interna, una intensificación del conflicto militar o una nueva fase de negociaciones bajo presión internacional.
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Puntos clave:
- El ataque coordinado de Estados Unidos e Israel contra Irán buscó neutralizar el liderazgo militar y político del régimen.
- La respuesta iraní se centra en tácticas asimétricas y ataques selectivos en toda la región.
- La posibilidad de un acuerdo diplomático sigue vigente, aunque su alcance y viabilidad dependen de la evolución de la crisis.
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