
El mundo universitario ha experimentado una transformación profunda, desde las exigencias de formación académica continúa acelerada, los reportes e informes continuos que son solicitados en decenas de formatos diferentes, la necesidad institucionalizada de escribir por kilos, los cientos de alumnos que atender en los grupos y otros tantos fuera de clases, entre diversas actividades más, que generan una presión constante por producir, estrés, ansiedad y agotamiento.
Dicen que la academia era un espacio privilegiado para la reflexión lenta, el debate prolongado y la maduración de ideas, tiempos que poco conocemos los jóvenes académicos y académicas, sin embargo, si reconocemos los tiempos marcados por la premura y la rapidez, por métricas, rankings y pretensiones de excelencia, en donde no existen o son muy escasas las vacaciones o fines de semana, simplemente para descansar.
En estos tiempos se prioriza la productividad inmediata, es importante publicar más, terminar antes, competir mejor, no solo por encima de una posible profundidad reflexiva, sino incluso a pesar de la salud mental, los proyectos de vida personales y la estabilidad emocional de los académicos y académicas, quienes en gran medida han sido olvidados por las universidades.

La presión por acumular artículos en revistas indexadas, capítulos de libros, organización de eventos, programas de radio o televisión, participación en proyectos financiados y el impacto en citas, condiciona la carrera de las personas investigadoras y docentes, mientras que, por otra parte, el salario lamentablemente se requiere complementar con estímulos y primas de desempeño, clases foráneas o acreditaciones de sistemas nacionales de evaluación de investigadores e investigadoras.
El problema en realidad no radica en evaluar la calidad de la investigación, sino en reducirla a indicadores cuantitativos, por que, cuando el número de publicaciones pesa más que la originalidad o el impacto social del conocimiento, se corre el riesgo de fomentar investigaciones fragmentadas, apresuradas o estratégicamente diseñadas para cumplir con criterios formales más que para aportar avances a las disciplinas.

La universidad debe ser un lugar en donde lo académico pueda sobrevivir a lo administrativo, en donde la burocracia no ahogue el tiempo de creatividad, ni a la exploración intelectual desinteresada, y donde exista un entorno para detenerse a pensar, sin que esto sea un lujo.
Recordemos que el conocimiento profundo y la creatividad requiere espacio y tiempo. Investigar implica leer con detenimiento, equivocarse, reformular hipótesis, sostener conversaciones y discusiones largas y, en ocasiones, aceptar el silencio productivo. Sin embargo, la lógica de la rapidez empuja hacia resultados inmediatos.
La cultura de la rapidez académica se ha instalado desde la necesidad de hiper-productividad que nos arrastra: por una parte, para los estudiantes, aprender se convierte en cumplir tareas para aprobar, más que en comprender; los docentes, buscan cumplir objetivos medibles para sus informes; la institución, mejorar posiciones en rankings internacionales. Así, se instala una lógica de productividad que empobrece la experiencia formativa y profesional.

La rapidez académica también intensifica desigualdades, ya que solo quienes cuentan con redes consolidadas, recursos institucionales o personales, y menor carga de cuidados familiares, suelen adaptarse mejor a esta dinámica. Mientras que, por otra parte, académicos y académicas en contextos periféricos, o con mayores responsabilidades familiares y de cuidados, enfrentan desventajas estructurales.
Se ha venido intensificando en las últimas décadas una propuesta que entiende que La ciencia necesita tiempo (slow science), sin renunciar a la productividad, para recuperar el valor del tiempo reflexivo y la colaboración genuina sin una competencia desbordada.
Repensar la evaluación académica, diversificar los criterios de mérito, valorar la docencia, y la transferencia social del conocimiento, son pasos posibles hacia un modelo más equilibrado. Quizás sea momento de preguntarnos qué tipo de conocimiento queremos producir y con qué finalidad.

* Dra. Abril Uscanga-Barradas, Profesora en la Facultad de Derecho Universidad Nacional Autónoma de México Sistema Nacional de Investigadores, Nivel II
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