
En el universo de las civilizaciones prehispánicas, los sismos ocuparon un lugar central tanto en la cosmovisión como en la vida cotidiana de los antiguos habitantes del actual territorio mexicano. Especialmente para los mexicas, los temblores representaban mucho más que simples fenómenos naturales: eran presagios, símbolos de destrucción y advertencias de un posible final del mundo.
Dentro de la compleja mitología mexica, la tierra no era un ente inmutable, sino protagonista de ciclos de creación y destrucción. Según relata Ciencia UNAM, los mexicas estaban convencidos de vivir en el periodo conocido como “quinto sol”, un ciclo cósmico destinado a terminar precisamente por un gran sismo.
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Esta certeza influía en la manera de los mexicas de entender el entorno y de organizar actividades cotidianas y rituales. El temor al colapso inminente a causa de un terremoto formaba parte del horizonte de creencias que tejía la vida diaria, desde los eventos más comunes hasta las grandes ceremonias religiosas.

El pensamiento mexica, sin embargo, no se limitaba a augurar el fin del mundo únicamente a partir de los sismos, sino que interrelacionaba estos episodios con otros acontecimientos astronómicos. Por ejemplo, la aparición de eclipses era interpretada como señales de peligro, y los rituales ante esos eventos involucraban acciones dramáticas como la destrucción de utensilios domésticos.
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En el lenguaje náhuatl puede verse también la manera particular de conceptualizar los temblores. Para referirse a estos fenómenos los mexicas empleaban la palabra “tlalollin”, que literalmente significa movimiento de la tierra. Las explicaciones sobre el origen de los sismos variaban: a veces se atribuían a los movimientos de Venus o del Sol, quienes inadvertidamente tropezaban durante su andar por el inframundo o el cielo, originando los sismos que sacudían la superficie.
Aunque el temor a los sismos era una constante en la cosmovisión, cuando se trata de registros históricos sobre temblores durante el México prehispánico, la información proviene principalmente de fuentes indirectas. Antes de la llegada de la tecnología sismográfica, la memoria de estos eventos se preservaba a través de crónicas, códices y anotaciones en anales.
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El terremoto de 1455 dejó una huella profunda, ese evento provocó el agrietamiento de la tierra y el desplome de las chinampas, infraestructura agrícola que caracterizaba el Valle de México. Otros documentos, como los códices Telleriano Remensis, Mexicanus y Aubin, consignan el impacto emocional y material de los sismos. No solo describen el derrumbe de viviendas y estructuras; también reflejan el miedo de la población ante la posibilidad de que el mundo terminara debido a uno de estos eventos.
En uno de los registros más notables, se relata que en 1487 tuvo lugar un sismo de gran magnitud, tras el cual murió el tlatoani Chimalpopoca. Estas fuentes históricas explican cómo las antiguas culturas prehispánicas, especialmente los mexicas, vivieron los temblores no solo desde la experiencia sensorial, sino también como acontecimientos determinantes para su cosmovisión.
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