
Durante los siglos XVII, XVIII y XIX, en la Ciudad de México, hubo un grupo de hombres que se dedicaban a seducir a las mujeres de la clase alta, con la finalidad de estafarlas, ya fuera buscando recibir algún obsequio de ellas, o bien, directamente con efectivo.
Estos hombres, regularmente, vestían con los mejores atuendos de la época, según su presupuesto se lo permitiera. Por lo regular, eran vistos con jaquet, saco cruzado, moño, camisa, sombrero de bolo, zapatos de charol con polainas, guantes, bastón y bigote espeso bien recortado.
Los jóvenes que se dedicaban a seducir a mujeres de manera profesional, es decir, de eso vivían, eran conocidos como Los Lagartijos. Como ya se comentó, su estrategia consistía en tratar de conquistar a mujeres de la clase alta de la época, a fin de que, una vez envueltas en el idilio amatorio, les dieran su dinero.
Había dos tipos de Lagartijos. Los primeros, eran de la clase aristócrata, que procuraban ser cultos, y saber lo último en tendencias de moda y noticias de Europa.

Los segundos eran de clase media, bohemios, o también conocidos como “de barrio”, a quienes se les veía comprando ropa de segunda, usando un mismo juego de ropa por muchos días, y que cuando el pantalón, jaquet o camisa se les desgastaba, iban corriendo a repararla al mercado El Volador, que en ese entonces se ubicaba donde ahora está la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN).
Una vez que tenían toda su vestimenta lista, cazaban a las mujeres que tenían una buena posición social en la calle de Plateros, que actualmente es Madero, también en el Teatro Nacional o la Cantina La Fama Italiana, lugares a los que asistía gente de buena posición social.
Algunos comenzaban su cortejo lanzando miradas a las mujeres, esperando que alguna de ellas respondiera con guiños o una sonrisa. Había otros que se acercaban directamente a hacerles la plática mientras las jóvenes caminaban por la calle, tras lo cual, muchas de ellas, ofendidas, optaban por quitárselos de encima a bofetadas o sombrillazos.
Tras esto, muchos de los seductores profesionales optaban por ir desesperados tras la mujer que los había rechazado. De ahí que, por este movimiento de correr a toda prisa tras su presa, se les pusiera el nombre de Lagartijos.
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