Crisis migratoria, conflicto con pueblos originarios y un estallido social huérfano: la intimidad de las urgencias de Chile

El periodista argentino Juan Elman recorrió las zonas más conflictivas del país trasandino para contar cuáles son las dificultades más candentes en el país en el que votó sólo la mitad del padrón en las últimas elecciones presidenciales.

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Juan Elman
Juan Elman, periodista argentino dedicado a los asuntos internacionales.

En el espacio “Cómo lo escribí” de Infobae Leamos, autores y autoras cuentan el detrás de escena de los libros que acaban de publicar. Por qué eligieron los temas o historias que terminaron en sus páginas, cómo organizaron su trabajo, qué revelaciones aparecieron en el proceso de escritura, qué sensaciones hubo a medida que ese proceso ocurría o qué objetivo se propusieron.

Esta vez, quien cuenta en primera persona su experiencia de escritura es el periodista argentino Juan Elman, especializado en Asuntos Internacionales. Nada será como antes, editado por el sello Futurock, es su primer libro y también el resultado de un profundo reporteo en Chile tras el estallido social de 2019.

A lo largo de su trabajo entrevistó a referentes políticos, del movimiento estudiantil, de los pueblos originarios y de los pueblos que migran a Chile. El recorrido por distintas regiones sirvió para contar con detalles minuciosos el escenario actual de un país que acaba de someter una reforma constitucional a plebiscito -y obtuvo un rechazo a las modificaciones- y que está profundamente polarizado en su representación política.

Cómo escribí “Nada será como antes”

El libro comenzó, como ocurre tantas veces, con la lectura de otro. Era principios de 2021, yo acababa de renunciar a mi trabajo y estaba sumergido en Poeta chileno, la novela de Alejandro Zambra que habla, entre tantas otras cosas, sobre Chile y eso que llamamos pasión o vocación, que es otra forma de decir aquello por lo que se nos va la vida.

De todos los personajes que desfilan por la novela yo me había fijado particularmente en Pru, una cronista norteamericana que se encuentra perdida en el país y decide escribir un reportaje sobre la escena local de la poesía. Para eso pasa mucho tiempo hablando con poetas, entabla vínculo con ellos, viaja, lee: se sumerge en aquello que quiere contar.

Juan Elman
"Nada será como antes" fue editado por el sello Futurock.

Ya no recuerdo si esperé a terminar el libro, pero poco tiempo después saqué un pasaje a Chile para fin de año. A diferencia de Pru, no me interesaba tanto la escena local de su poesía como su atmósfera social y política. El país había vivido un brutal estallido en octubre de 2019 y se encontraba en medio de un proceso constituyente. Las fechas que había elegido para viajar, entre noviembre y enero, coincidían además con las elecciones presidenciales, por lo que habría mucho para contar. Eso era, en verdad, lo que más me interesaba: viajar a un país donde hubiera algo para contar, poder pasar un tiempo lo suficientemente largo para camuflarme, hablar con mucha gente, luego volver y escribir.

El viaje, en principio de un mes y medio, iba a ser para un reportaje largo. Fue gracias a Federico Vázquez, director de Ediciones Futurock y de la radio que le da el nombre, que el proyecto mutó en cuerpo de libro. Yo no estaba del todo convencido, sobre todo porque un libro me parecía una tarea imposible, pero me convencí fácil. El adelanto de dinero que recibiría por el contrato podía usarlo para prolongar la estadía y recorrer distintos puntos del país.

Realmente había mucho para contar en Chile cuando llegué, a mediados de noviembre. Dos años después del estallido, las marcas de las protestas seguían vigentes. Especialmente en Santiago, que me recibió con una movilización en la misma tarde que aterricé y que terminó, como todas, con intervención de Carabineros. Los transeúntes ya se habían acostumbrado a la rutina de protesta, era la nueva banda de sonido de la ciudad. La basura se acumulaba en los árboles por falta de contenedores, que eran utilizados para barricadas durante el estallido y todavía no habían sido repuestos. Grafitis y pintadas se extendían por todas las calles, como tatuajes sagrados. El tiempo parecía haberse trastocado y ahora estaba dividido en A.E. y D.E.: antes y después del estallido.

La resaca aparecía también en otras partes de Chile, cada ciudad tenía su propia gama de tatuajes. La protesta, que se sostuvo con distintas intensidades durante los meses que separaron el 18 de octubre con el inicio de la cuarentena, se vivió a lo largo del territorio. Pero la conversación no era la misma en todos lados.

Presidente Boric vuelve a caer en las encuestas
Gabriel Boric fue líder del movimiento estudiantil y se convirtió en el presidente más joven de la historia de Chile. El rechazo a la reforma constituyente fue un gran golpe contra su gestión.

En la Araucanía, corazón del conflicto chileno-mapuche, el clima era otro. Pasé dos semanas entrevistando a diferentes actores, desde personas que vivían en comunidades en proceso de recuperación de tierras a políticos de extrema derecha que pugnaban por un enfrentamiento más frontal. Decidí dedicarle un capítulo.

También viajé por el norte, primero a Iquique, una ciudad que linda con Bolivia y que se ha convertido en destino de tránsito para migrantes irregulares, la mayoría venezolanos. Ahí el estallido había salido de escena: todo era la crisis migratoria. Luego estuve en Antofagasta, la capital minera de Chile, donde los ciudadanos se quejan de que, a pesar de contribuir con buena parte del PBI nacional, sufren del abandono estatal.

Toda esta conversación parecía cristalizarse en la campaña electoral de noviembre. Los resultados fueron sintomáticos. Los dos candidatos que pasaron a la segunda vuelta eran Gabriel Boric, un ex dirigente universitario de 35 años, y José Antonio Kast, un político de ultraderecha y ex partidario de la dictadura de Pinochet.

En tercer lugar había quedado Franco Parisi, un candidato que hizo campaña desde Estados Unidos debido a una demanda judicial que no lo dejaba pisar el país y cuya propuesta se basó en criticar a todos los partidos políticos. En cuarto y quinto lugar quedaron los candidatos de las dos principales coaliciones que dominaron el país desde la transición: todo un mensaje. Había otro, quizás más importante. Menos de la mitad del electorado había acudido a votar. Esta era la verdadera polarización.

El libro sería fruto del reporteo, que consistió sobre todo en hablar con la mayor cantidad y diversidad de fuentes posibles. Fueron más de 50 entrevistas en tres meses y medio. Hablé con manifestantes de las periferias de la ciudad que estuvieron en la primera línea del conflicto, luchando contra los Carabineros. También a dirigentes sociales, universitarios, académicos, periodistas y políticos, incluido un ex presidente.

Un Carabinero frente a manifestantes en Chile. MARIO DAVILA/AGENCIAUNO / MARIO DAVILA/AGENCIAUNO
Un Carabinero frente a manifestantes en Chile. MARIO DAVILA/AGENCIAUNO / MARIO DAVILA/AGENCIAUNO

Hablé con vendedores ambulantes, mineros, empresarios y otros actores a los que se sumaban los vinculados a los conflictos mapuche y migratorio. Pensé en escenas, y para eso debía vivirlas: desde protestas y recorridas en barrios hasta fiestas con el mundo de la élite o de los jóvenes universitarios cercanos a Boric, también pertenecientes a la élite, aunque de una diferente a la tradicional. Ese era el destino del viaje.

Boric finalmente ganó las elecciones en diciembre, luego de una importante campaña de autoconvocados que llamaron a votar contra Kast. La participación apenas había superado el 50%. Esto quería decir que la llegada de la nueva izquierda al poder era apenas una parte del cuadro del país y, como tal, no podía tener un excesivo lugar en el libro. Este tenía que incluir otras realidades, incorporar el ascenso de la ultraderecha, por ejemplo, pero también contar lo que pasaba en el sur y en el norte, además de ofrecer un relato sobre el estallido y su variedad de interpretaciones. Lo mismo con los famosos treinta años de la transición.

Más de una noche me sorprendí pensando en que así quería pasar los años siguientes de mi vida: viajando a ciudades desconocidas para conversar con personas de todo tipo y luego escribir. La escritura del libro, lamentablemente, no fue tan placentera. Más de una vez pensé que no sería capaz de plasmar lo que quería. Solo al final comencé a disfrutar más, consciente de que muchas historias quedarían fuera, amigado con la idea de que todo libro implica un recorte y una renuncia, y que ya vendrán otros para tallar eso que llamamos voz, un estilo.

Cuando terminé de escribirlo, en septiembre de 2022, muchas cosas habían pasado. Para empezar, la propuesta de nueva Constitución había sido rechazada de manera rotunda en un plebiscito, con el 62% de los votos. El rechazo se impuso en todas las regiones del país. Arrasó con fuerza en comunas populares, aquellas que le habían dado el triunfo a Boric en segunda vuelta, incluso en bastiones tradicionales de la izquierda. También tuvo números superiores al promedio en comunas con alta población indígena y en territorios que habían sido epicentros de conflictos medioambientales, dos problemáticas que el nuevo texto abordaba de manera estructural.

El rápido descrédito que sufrió el gobierno se vincula con algunas tendencias que quedaron expuestas en el estallido: la severa crisis de representación política que vive el país, la gran cantidad de demandas que se acumularon y la variedad de conflictos que se reproducen por todo el país, al que se le suma el fenómeno del crimen organizado, que hoy domina la coyuntura. Para muchos de los que salieron a las calles en 2019, el mandato del estallido se encuentra traicionado. Algunos simplemente lo han olvidado. Otros esperan que regrese en cualquier momento.

“Nada será como antes” (fragmento)

A continuación, un fragmento del capítulo “Los que quieren entrar”, sobre la crisis migratoria en el norte de Chile, que se profundizó en este primer año de gobierno. Boric, por su parte, decidió militarizar la frontera a fines de febrero. Fue la última novedad de un conflicto que amenaza con seguir creciendo y adquirir mayor presencia regional.

Protesta anti-inmigratoria en Iquique, al norte de Chile. REUTERS/Alex Diaz
Protesta anti-inmigratoria en Iquique, al norte de Chile. REUTERS/Alex Diaz

Jesús todavía vestía bonito el día en que intentaron quemarlo vivo. Era su primera semana en Iquique. Dormía en una carpa cerca de la playa cuando un hombre se bajó de un auto, bañó la tela con nafta y la prendió fuego. Pero eso lo reconstruyó después. En el momento solo pudo revolcarse en el piso y correr hacia al mar para apagarse.

–Fue desesperante, hermano. Las llamas te sofocan. Cuando lo conocí, en mi primer día en Iquique, Carabineros ya había realizado su recorrida matutina, que consiste en desalojar las carpas de las principales playas. Todo vuelve a montarse a la noche, cuando turistas y locales ya están en sus casas. Es la nueva polea de la ciudad. Jesús estaba sentado en cuclillas en uno de los bancos de la costanera. Tenía la cara tostada por el sol.

Al lado, otros seis varones jóvenes, que promediaban los veinte años, descansaban a la sombra de una palmera.

–Yo tenía tres días acá y no había problemas con los inmigrantes. O no tantos. Fue justo antes de la marcha. Simplemente era un weón que me tenía envidia. Es que yo tenía mi ropa, mi teléfono. El man era un chileno que me tenía envidia, nomás.

«La marcha» fue el suceso que puso a Iquique en los noticieros del mundo. Era septiembre del 2021 cuando un grupo de ciudadanos locales se movilizó contra la llegada de migrantes venezolanos. La protesta escaló hasta que algunos manifestantes entraron por la fuerza a un campamento, ubicado en una plaza del centro, y prendieron fuego las carpas, muchas de ellas con gente y pertenencias adentro. Semanas más tarde, las familias de la plaza fueron relocalizadas en un campus en el perímetro de la ciudad, pero siguieron llegando migrantes, que pasaron a instalarse en la playa y sus alrededores.

El excandidato presidencial del Partido Republicano de Chile José Antonio Kast. EFE/Esteban Garay
El excandidato presidencial del Partido Republicano de Chile José Antonio Kast. EFE/Esteban Garay

Hace cuatro años que Jesús decidió abandonar Venezuela. Fue en uno de los apagones que duraron más de lo normal, veinte días que dejaron a la carnicería de su familia al borde de la quiebra.

«Perdimos todo el capital y la mercancía. Como no teníamos más plata para invertir, tuvimos que cerrar», dijo. Una amiga que vivía en Colombia y estaba de visita le ofreció irse a trabajar con ella y aceptó. Tenía dieciséis años. Cuando llegaron a Santa Marta, en el norte del país, se enteraron de que el trabajo había desaparecido. La habían despedido sin pagarle nada, ni siquiera lo que le debían por lo realizado antes de irse. Los dos contaban con ese dinero para pagar el arriendo.

–Tocó trabajar fuerte. Empecé en una distribuidora de pollo. Hacía dieciocho horas por día. En el extranjero se aprovechan de que uno tiene esa situación y lo ponen a trabajar demasiado, hermano.

A los meses renunció. Consiguió trabajo en una barbería, pero la situación no era muy diferente, así que se puso a vender cosas en la calle, de manera independiente. Ya estaba solo: su amiga se había casado con un colombiano y ahora vivía en Medellín. Así aguantó un tiempo más, hasta que decidió irse, lo que en lenguaje de la migración sudamericana de estos años significa seguir avanzando. Se acordó de un amigo al que le había prestado plata un año antes de migrar y que vivía en Santiago de Chile. El axioma es sencillo: si la moneda es más fuerte, las posibilidades son mayores.

A diferencia de varios de los amigos que hizo en Iquique, que llegaron a Chile después de probar suerte en los países que quedan en el camino, Jesús lo atravesó de manera directa. Fueron veinticinco días alternando caminatas y viajes en camión. Es una odisea que conlleva cierto riesgo, porque la mayoría de los camiones se abordan en movimiento, sin pedir permiso. Una vez, de hecho, se cayó; todavía tiene la cicatriz. Pasó entonces por Ecuador, Perú y Bolivia, desde donde cruzó a Chile. Ya nadie aclara que el cruce es irregular. Es algo que se da por sabido.

Araucania
Ataque a una empresa forestal en la Araucanía de Chile. (Redes sociales)

–Entonces busqué a mi amigo. Le había prestado 320 dólares, él me devolvió cincuenta en el camino y me dijo que me iba a recibir en Santiago y darme el resto en persona. Cuando llegué a Iquique dejó de responder el teléfono. Me tocó quedarme aquí.

Los meses fueron pasando, Jesús se integró a uno de los grupos que conoció en la playa, en su mayoría varones jóvenes que habían salido hacía varios años de Venezuela. Pero no veía el sentido de irse para Santiago sin recursos.

–Tengo que tener a donde llegar. Igual que un trabajo para poder pagar el arriendo. Aquí uno no tiene donde dormir, pero al menos no hace frío a la noche. Necesito estabilizarme. Yo llevo varios meses y todavía no pude. Uno se encuentra con una realidad distinta a la que había imaginado. Es que uno es ambicioso también. Dice: verga, me vengo para acá porque la moneda vale más, pero igual después queda atropellado.

–¿Y cómo te tratan?

Hay de todo. Conozco chilenos que a uno lo estiman y lo ayudan. Pero la mayoría te mira mal por ser venezolano. O te insultan. Por eso también he pensado en irme, pero no he tirado la toalla todavía.

Para seguir camino hacia el interior de Chile conviene tener algo de plata. Por eso Iquique es una suerte de primera barrera. Solo aquellos que logran algo más que lo suficiente para sobrevivir al día consiguen el medio –y, sobre todo, la motivación– que los habilita a seguir intentando más adentro. De lo contrario, pueden quedar atrapados.

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