
En el salón principal de la cervecería Bürgerbräukeller, en el número 15 de Rosenheimer Straße, Múnich, no cabía un alfiler la noche del 8 de noviembre de 1923. Unas 3000 personas estaban reunidas para escuchar el discurso del comisionado estatal de Baviera, Gustav Ritter von Kahr, cuando unos 600 hombres de las Sturmabteilung (SA), las tropas de asalto del Partido Nacional Socialista Obrero Alemán (NSDAP), rodearon el edificio. Un grupo irrumpió en el local e instaló una ametralladora en el auditorio, casi al mismo tiempo que Adolf Hitler, escoltado por sus principales colaboradores, comenzó a avanzar hacia el lugar donde Kahr seguía de pie frente al micrófono, mudo por la sorpresa. Cuando el líder nazi quiso empezar a hablar, el bullicio de la multitud ahogó sus palabras; entonces desenfundó su pistola y disparó al techo para que se hiciera silencio. “¡Ha estallado la revolución nacional! La sala está rodeada por 600 hombres. Nadie puede salir”, gritó y a continuación dijo que el gobierno bávaro había sido depuesto y proclamó la formación de un nuevo gobierno.
El anuncio de Hitler no sonó descabellado, porque en el salón, reducidos por las armas de los hombres de las SA, estaban los tres miembros del triunvirato gobernante de Baviera: Kahr, el jefe de la policía estatal bávara, el coronel Hans Ritter von Seisser, y el general de las Fuerzas de Defensa del Reich Otto von Lossow. Habían sido designados poco más de un mes antes, el 26 de septiembre, por el primer ministro bávaro Eugen von Knilling con la misión de fin a un período de terror y violencia política. Una de las primeras medidas del triunvirato fue la de prohibir los mítines que Hitler planeaba hacer en la ciudad y la respuesta nazi llegó esa noche de manera contundente, con un golpe de Estado.
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De la movida participó casi toda la plana mayor del NSDAP, entre los que se contaban Hermann Göring, Alfred Rosenberg, Rudolf Hess, Ernst Hanfstaengl, Ulrich Graf, Johann Aigner, Adolf Lenk, Max Amann, Max Erwin von Scheubner-Richter, Wilhelm Adam y Robert Wagner. El plan era ambicioso: tomar el poder en la región de Baviera, de la que Múnich era la capital y obligar a su comisionado, Gustav von Kahr, y al general Ludendorff, héroe de la Primera Guerra Mundial, a sumarse y convertirse en cabezas visibles del golpe. Si lo lograban, con Baviera bajo su control, Hitler marcharía hacia Berlín de la misma forma que Benito Mussolini había protagonizado la Marcha sobre Roma en octubre del año anterior para llevar al fascismo al poder.
De tener éxito instalarían en Alemania una dictadura liderada por Hitler e implementarían el programa de 25 puntos que el NSDAP había anunciado dos años antes y que proponía, entre otras cosas, la expansión territorial de Alemania (el “espacio vital”), la exclusión de los judíos como ciudadanos con plenos derechos y el cierre de las fronteras para los inmigrantes.
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De la cervecería a la calle
Después del anuncio, Hitler, acompañado por Hess, Lenk y Graf, obligó a punta de pistola al triunvirato formado por Kahr, Seisser y Lossow a entrar en una habitación contigua donde les exigió que apoyaran el golpe de Estado y aceptaran los cargos gubernamentales que les asignaba. Sin otra alternativa que aceptar, los volvieron a llevar al salón para que hicieran pública su adhesión.
Hitler volvió entonces a tomar la palabra para pronunciar un discurso incendiario que cerró con un llamado a la lucha: “Lo que nos motiva no es ni la vanidad ni el interés propio, sino un ardiente deseo de unirnos a la batalla en esta fatídica undécima hora por nuestra Patria alemana. Una última cosa que puedo decirles: ¡O la revolución alemana comienza esta noche, o todos estaremos muertos al amanecer!”. Los asistentes lo aclamaron. “No recuerdo en toda mi vida un cambio tan drástico en la actitud de una multitud en cuestión de minutos, casi segundos. Hitler los había puesto patas arriba, como quien da la vuelta a un guante, con unas pocas frases. Tenía algo de mágico, casi de hechicería”, contó después Karl Alexander von Mueller, profesor de historia moderna y ciencias políticas en la Universidad Ludwig-Maximilians de Múnich y partidario de Kahr.
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Mientras tanto, desde la cocina de la cervecería, Hermann Kriebel llamó por teléfono al jefe máximo de las SA, Ernst Röhm, que esperaba con su estado mayor en el Löwenbräukeller, otra cervecería, y le ordenó que tomara edificios clave en toda la ciudad. Hitler también salió a la calle con sus hombres para tomar otras oficinas estatales y ampliar el golpe en otras partes de la ciudad. Se suponía que al menos 2.000 nazis tomarían el control de las reparticiones públicas y marcharían al día siguiente para demostrar que Múnich estaba en su poder.
El líder nazi había organizado la marcha junto con Ludendorff, considerado un héroe de guerra, con la expectativa de que ningún miembro de la policía bávara se atreviese a dispararles. Fue un error de cálculo, porque después de haberle jurado lealtad bajo amenaza en la cervecería von Lossow se dio vuelta y dio la orden a sus policías subordinados de abrir fuego para contener la marcha.
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El enfrentamiento duró dos horas y dejó a 16 nazis y cuatro policías muertos en la calle. Herido de bala, aunque no de gravedad, Hitler logró escapar a la casa de su amigo Ernst Hanfstaengl, donde se ocultó dos días hasta que la policía logró finalmente localizarlo y detenerlo. El Putsch de la Cervecería, como se lo llamó después, había fracasado y a su cabecilla, en lugar de la ansiada toma del poder, lo esperaba un proceso judicial donde podía ser condenado a muerte.

Una derrota que fue victoria
El juicio se desarrolló entre el 26 de febrero al 1° de abril de 1924, ante un tribunal de cinco magistrados presidido por Georg Neithardt. Como la mayoría de los jueces del período de Weimar, Neithardt tendía, en los casos de alta traición, a demostrar indulgencia hacia los acusados de derecha que afirmaban haber actuado por sinceros motivos patrióticos.
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Usando su Cruz de Hierro, otorgada por su valentía durante la Primera Guerra Mundial, Hitler aprovechó la indulgencia de los jueces para pontificar en contra de la República de Weimar. Afirmó que el gobierno federal en Berlín había traicionado a Alemania al firmar el Tratado de Versalles y justificó sus actos al sugerir que existía una clara e inminente amenaza comunista para Alemania. “No he acudido ante el tribunal para negar nada ni evitar mis responsabilidades. Este golpe lo he llevado a cabo solo. En última instancia, soy el único que lo deseaba. Los demás acusados únicamente han colaborado conmigo al final. Estoy convencido de no haber deseado nada malo. Cargo con la responsabilidad de todas las consecuencias. Pero debo decir que no soy un criminal y que no me creo tal, todo lo contrario”, terminó diciendo en una encendida declaración frente a los jueces.
La benevolencia de los magistrados fue secundada por la de los encargados de la acusación. En su alegato, el fiscal principal llegó a sostener: “Hitler es un hombre dotadísimo que, con poco, ha alcanzado merced a su seriedad y a su trabajo incansable una posición respetada en la vida pública. Se ha sacrificado totalmente a las ideas que lo imbuyen y ha cumplido plenamente su deber de soldado. No podemos reprocharle haber aprovechado en beneficio propio la situación que se ha labrado”.
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Todas las penas dictadas fueron llamativamente benignas. Hitler fue condenado a cinco años de cárcel en una fortaleza, de los que se restaron los seis meses que habían pasado en prisión preventiva. Los demás acusados, entre ellos Ernst Röhm, recibieron condenas tan cortas que quedaron compensadas por el período que habían pasado encerrados preventivamente y obtuvieron la libertad condicional tras el juicio, a pesar de ser uno de los cabecillas más conspicuos, fue absuelto.
El tribunal justificó la clemencia argumentando que a los golpistas “los había guiado un espíritu puro de patriotismo y la voluntad más noble”. El líder nazi evitó, además, ser deportado a su país natal, Austria, porque según los jueces esa pena no podía aplicarse a un hombre “que piensa y siente como alemán”.
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Si la pena fue exigua, los beneficios que el juicio le brindó a Hitler fueron altísimos. Pese a que el proceso se realizó a puertas cerradas, el tribunal habilitó la presencia de periodistas alemanes y corresponsales extranjeros, que en sus crónicas amplificaron el alcance de los discursos del líder nazi al punto de convertir el banquillo de los acusados en una tribuna política. Le sirvió también para reafirmar su liderazgo en el NSDAP y mostrarse como figura casi excluyente de la ultraderecha alemana.
“La víspera del juicio, Adolf Hitler era una figura política menor, si bien bastante ambiciosa, a la que un grupo relativamente pequeño de incondicionales idolatraba. En la prensa internacional, su nombre seguía apareciendo mal escrito, y los perfiles biográficos que le dedicaban contenían numerosas imprecisiones (…) En cuanto comenzara el juicio, sin embargo, esos días estarían contados”, escribe David King en su El juicio de Adolf Hitler. El putsch de la cervecería y el nacimiento de la Alemania nazi.
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Hitler sólo cumplió ocho meses de cárcel porque el 20 de diciembre de 1924 la justicia alemana le conmutó la sentencia y recuperó la libertad. Cuando salió de la prisión de Landsberg, entre sus pertenencias llevaba un texto escrito en su celda. Era apenas un libelo al que había titulado Mein Kampf (Mi Lucha), pero se convirtió en la biblia de quienes, siguiendo a su autor, perpetrarían la tragedia humana más sangrienta del Siglo XX.
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