Doscientos mil ejemplares de la novela El amante de Lady Chatterley se vendieron en un solo día en el Reino Unido, apenas la Justicia británica autorizó su circulación sin censura. Muchos compradores, sin embargo, no se animaban a pedir la novela por su nombre: solo murmuraban “Lady C” o alcanzaban los tres chelines y seis peniques de su precio a los vendedores.
El 2 de noviembre de 1960, un jurado del tribunal londinense de Old Bailey declaró no culpable a la editorial Penguin Books, acusada de violar la Ley de Publicaciones Obscenas por imprimir la versión íntegra de la novela de D. H. Lawrence. El fallo cerró más de tres décadas de prohibición en el país y desató una fiebre de ventas que agotó la tirada inicial de inmediato.
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El juicio por la novela duró seis días. El jurado deliberó solo tres horas antes de llegar a una decisión unánime a favor de Penguin Books.
El fiscal Mervyn Griffith-Jones encabezó la acusación y buscó convencer al jurado de que el libro era pornografía disfrazada de literatura. “¿Lo dejarían tirado en su casa? ¿Es un libro que desearían que leyeran sus esposas y criados?”, preguntó.

El juez que presidió el proceso, John Byrne, observó que el bajo precio del libro significaba que “estaría disponible para que todo el mundo lo leyera”, un comentario representativo de las actitudes del establishment de la época.
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La defensa de Penguin estuvo a cargo del abogado Krishna Menon, cuyo alegato todavía se estudia en la Universidad de Oxford. La editorial convocó a 35 testigos, entre escritores y políticos, para sostener el valor literario de la obra.
Apenas se conoció el veredicto, la hijastra de Lawrence, Barbara Barr, resumió el clima social: “Siento como si se hubiera abierto una ventana y el aire fresco soplara a través de Inglaterra”, declaró.
Allen Lane, el fundador de la editorial, ni siquiera estaba en el país cuando se desarrollaron los acontecimientos: se encontraba en España y desde la firma le aconsejaron volver de inmediato.
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El amante de Lady Chatterley se había publicado de forma reducida en Italia y Francia a finales de la década de 1920, pero después fue prohibido en varios países del mundo, incluidos Estados Unidos, India, Australia y Japón.
La aduana británica empezó a confiscar los ejemplares impresos en Italia desde 1929, el mismo año en que las autoridades se aseguraron de que Lawrence no consiguiera editor en su país. No era la primera obra censurada del autor: su novela de 1915 titulada El arco iris ya había sido vetada por los magistrados de Bow Street por sus referencias sexuales.
Entre 1950 y 1953, más de 4.000 títulos –1.500 de ellos novelas– circulaban en listas secretas de prohibición que mantenían el Ministerio del Interior y las aduanas. Entre esos textos figuraban clásicos como Madame Bovary, de Gustave Flaubert, y El Decamerón, de Giovanni Boccaccio.
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La persecución tuvo consecuencias concretas: en 1955 un librero del Soho fue encarcelado dos meses por vender un ejemplar de la novela de Lawrence. Un año antes se habían registrado 132 condenas bajo la ley de 1867 contra publicaciones obscenas, que terminó con 167.000 libros destruidos en los hornos de Scotland Yard.

Esa persecución llevó a la Sociedad de Autores y al entonces legislador laborista Roy Jenkins a reclamar una reforma. El resultado fue la Ley de Publicaciones Obscenas de 1959, que introdujo una defensa inédita: una obra podía publicarse si tenía mérito literario, aun cuando resultara chocante para el público promedio.
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El abogado y académico Geoffrey Robertson explicó, en una columna publicada por The Guardian en 2010, por qué el Estado decidió llevar a Penguin a los tribunales. Según su lectura, el factor clave fue que la editorial vendía el libro a un precio accesible para mujeres y para la clase trabajadora. Eso era, escribió Robertson, lo que “los abogados y políticos varones de clase media alta de la época se negaban a tolerar”.
Penguin decidió poner a prueba la nueva norma y le avisó por carta al fiscal general que editaría la versión completa del libro. En agosto de 1960, el asesor legal de la Corona, Reginald Manningham-Buller, leyó los primeros cuatro capítulos en un viaje en tren y escribió una respuesta contundente: “Espero que consigas una condena”.
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En 1959, la editorial estadounidense Grove Press publicó una versión sin censura de la novela y el correo interceptó los envíos rumbo a las librerías. La editorial demandó al Estado y el caso llegó a un tribunal de apelaciones.

El juez Frederick van Pelt Bryan falló que la novela tenía mérito literario. Excluirla del correo por obscenidad, sostuvo el magistrado, equivalía a “fijar una norma que podría aplicarse a buena parte de los clásicos de nuestra literatura” y agregó que esa regla “sería hostil a una sociedad libre”.
Ese fallo estadounidense no solo habilitó El amante de Lady Chatterley: también destrabó la publicación de Trópico de Cáncer, de Henry Miller, y Fanny Hill, de John Cleland, dos obras con prohibiciones similares.
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El periodista Fred Kaplan definió después ese cambio de época en una columna para The New York Times: “Durante muchas décadas los tribunales sostuvieron la segregación racial; después, de pronto, dejaron de hacerlo. Durante muchas décadas los tribunales dejaron que el correo decidiera qué libros podía leer la gente; después, de pronto, dejaron de hacerlo”.
La novela narra la historia de Constance Chatterley, casada en 1917 con el baronet Clifford Chatterley, quien regresa de la Primera Guerra Mundial con el cuerpo paralizado de la cintura para abajo y sin posibilidad de tener hijos. Ante esa situación el marido le propone a su mujer que buscara un amante para no quedarse sin descendencia.
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Antes de conocer a Oliver Mellors, Constance atraviesa una inquietud física que el propio Lawrence describe en la novela: “Crispaba sus miembros aunque ella no quisiera moverlos (...) hasta que se veía obligada a saltar al agua y nadar para librarse de ello”.
Constance mantiene primero un vínculo pasajero con un artista que visita la mansión y después se enamora de Oliver Mellors, el guardabosque de la propiedad. El romance entre ambos, de clases sociales opuestas, incluye descripciones sexuales explícitas y pone en el centro el deseo femenino, algo inusual para la literatura de 1928.

La acusación contabilizó casi 100 palabras consideradas soeces en el texto durante el juicio. Lawrence explicó alguna vez qué buscaba con esas escenas: “hacer que las relaciones sexuales en la novela fueran válidas y preciosas, en lugar de vergonzosas”.
En una línea de la novela Lawrence sintetizó su visión del vínculo entre cuerpo y mente: “La obscenidad solo aparece cuando la mente desprecia y teme al cuerpo, y el cuerpo odia y resiste a la mente”. La novela también mostraba que lo más escandaloso del texto no era el adulterio de Constance, sino la naturaleza del vínculo que establecía con Mellors: una sociedad entre iguales, y no la relación de sumisión que mantenía con su marido. Esa unión de pares es la que triunfa al final y eso -según analistas literarios- resultaba insoportable para quienes preferían sus matrimonios tradicionales y a sus mujeres sumisas.
La trama también incluye una crítica directa a la industrialización británica. En un pasaje Lawrence describe cómo “la Inglaterra industrial acaba con la Inglaterra agrícola” y narra la transformación del paisaje inglés a través de la mirada de Constance, aferrada a los restos de un mundo que empezaba a desaparecer.
Esa mezcla de crítica social y contenido sexual explícito generó rechazo entre buena parte de la crítica de la época. “Un elogio del libertinaje y de la pornografía”, sentenciaban algunos lectores y críticos escandalizados.
David Herbert Lawrence, conocido como D. H. Lawrence, era un escritor británico que ya arrastraba polémicas por títulos anteriores como Hijos y amantes, de 1913, y Mujeres enamoradas, de 1920, ambos retirados del mercado en distintos países por su contenido sexual.

Había publicado El amante de Lady Chatterley de forma privada en Florencia en 1928, donde vivía en ese momento, y un año después en Francia, porque no conseguía editores dispuestos a imprimir la versión íntegra en Inglaterra o Estados Unidos. Murió en 1930 a causa de una tuberculosis, sin ver nunca la edición completa circular en su país natal.
Penguin se había preparado para distribuir el libro apenas se conociera la sentencia, aunque tuvo que recurrir a una nueva imprenta porque la habitual se negó a aceptar el encargo. En los tres meses siguientes al fallo, la novela sumó tres millones de copias vendidas y se convirtió en el segundo título más vendido de la editorial, detrás de La Odisea.
El poeta británico Philip Larkin escribió, años después, unos versos que ligaban el fin de la prohibición con otro símbolo de la época: “Las relaciones sexuales comenzaron en 1963, entre el fin de la prohibición de Chatterley y el primer LP de los Beatles”.
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