
La frase llegó desde Jerusalén apenas terminó la ceremonia en Roma. La canonización de Edith Stein convirtió a una monja carmelita de origen judío en santa de la Iglesia católica, pero también desató un repudio inmediato entre dirigentes de las comunidades judías de Europa y Estados Unidos.
El 11 de octubre de 1998, el papa Juan Pablo II declaró santa en la plaza de San Pedro a Edith Stein, nacida judía en Breslavia y asesinada en el el campo de concentración nazi de Auschwitz el 9 de agosto de 1942, a los 51 años. Fue la primera mujer de origen judío en alcanzar la santidad dentro de la Iglesia católica, un hecho que el Vaticano presentó como un puente entre credos y que varios líderes judíos interpretaron como una apropiación de una víctima del nazismo.
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“Es escandaloso. Es una bofetada pública a la comunidad judía”, dijo Efraim Zuroff, director de la oficina en Jerusalén del Centro Simon Wiesenthal, a la agencia Reuters por entonces.
Zuroff fue más allá y afirmó que el mensaje que el Vaticano transmitía a los judíos era que, a los ojos de la Iglesia, “los mejores judíos son los que se convierten al catolicismo”.

El rabino Daniel Farhi, al frente del movimiento Reformista de Francia, llamó a la canonización “la ofensa máxima a los sobrevivientes del Holocausto y a los descendientes de las víctimas”.
Farhi se preguntó cómo entender que se mostrara como ejemplo para el pueblo cristiano a una judía convertida al catolicismo. El rabino, que había trabajado para acercar a católicos y judíos en Francia, advirtió que el episodio sería “un nuevo obstáculo en el diálogo judeocristiano”.
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La escritora Eleanor Michael, que dedicó cinco años a investigar la vida de Stein, fue tajante: la religiosa “fue asesinada por los nazis por ser judía”, y se preguntó qué había hecho ella “para provocar a quienes la mataron, más que haber nacido judía”.
Michael agregó que honrar el martirio cristiano de Stein “niega su espíritu judío”, porque la ascensión a la santidad podía terminar simbolizando justo aquello contra lo que ella habría protestado en vida.

El propio proceso tuvo un antecedente que fue cuestionado. Once años antes de la canonización, el 1 de mayo de 1987, Juan Pablo II ya la había beatificado en un estadio de fútbol de Colonia. Esa ceremonia, igual que la de 1998, había recibido críticas similares desde organizaciones judías.
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Edith Stein nació el 12 de octubre de 1891, coincidiendo con Yom Kipur, en Breslavia, una ciudad entonces alemana y hoy polaca que se conoce como Wrocław. Creció en una familia judía ortodoxa.
En su autobiografía inconclusa, Vida en una familia judía, escribió que de niña estaba convencida de que estaba “destinada a algo grande” y que no pertenecía a “las estrechas circunstancias burguesas” en las que había nacido.
Esa ambición se tradujo en una carrera académica fuera de lo común. Según detalló la biógrafa Irene Chikiar Bauer, autora de Edith Stein. Judía. Filósofa. Santa, Stein se convirtió en la primera mujer en doctorarse en Filosofía en Alemania y perteneció al círculo íntimo de Edmund Husserl, padre de la fenomenología.
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Fue también una feminista temprana. Militó en los inicios de la República de Weimar, que había incorporado el sufragio femenino, y llegó a presentar un trabajo de oposición a cátedra confiada en que las nuevas leyes republicanas le abrirían paso. No fue así: la mayoría de los hombres con poder académico y político no habilitó de buena gana el acceso de las mujeres a puestos jerárquicos.

El desencanto con la política quedó registrado en sus propias palabras: “Estoy tan harta de la política que estoy asqueada. Me falta por completo el instrumental habitual para ello: una conciencia robusta y una piel espesa”, escribió Stein.
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En 1920 redactó Una investigación sobre el Estado, meses después de un intento de golpe desde la ultraderecha nacionalista. Allí sostuvo que varios pueblos pueden convivir dentro de un mismo Estado y rechazó las posturas nacionalistas que, como el nazismo, asociaban la idea de Estado a un único pueblo.
En ese ensayo vaticinó, 13 años antes de que los nazis llegaran al poder, una idea que resultaría premonitoria: “el individuo que vive en el Estado puede ser santo o no serlo, pero eso no sucede con el Estado mismo, porque este carece de alma propia”.
Ya como profesora, intentó alertar a sus alumnos sobre el ascenso del nazismo. En 1932 dictó la conferencia “Tiempos difíciles y formación” (Notzeit und Bildung), sobre los efectos de la crisis económica en la educación y el recorte de puestos para las mujeres. Según un testimonio citado por Chikiar Bauer, durante un almuerzo una alumna elogió el Mein Kampf de Hitler como la mayor revelación de la historia universal, y Stein le respondió que, por ser fumadora, ella misma no encajaba en el ideal de mujer alemana que promovía el régimen.
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Stein nunca explicó con detalle por qué se convirtió. “Es mi secreto”, escribió en su autobiografía. Sí describió el episodio que la marcó: una visita a la viuda de un amigo muerto en la Primera Guerra Mundial.
La mujer atribuyó su serenidad, pese a la pérdida sufrida, a su reciente acercamiento al cristianismo. Ese encuentro resultó el más influyente en la vida de Stein, que a partir de entonces comenzó a devorar literatura católica.
El 1 de enero de 1922, a los 31 años, fue bautizada como católica. Su madre quedó desconcertada: “Jesús fue un buen hombre, no digo nada en contra de él. Pero ¿por qué tuvo que hacerse Dios?”, le habría preguntado a su hija.
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El 15 de octubre de 1933, fiesta de Santa Teresa de Ávila, Edith Stein ingresó en la orden de las carmelitas descalzas en Colonia y adoptó el nombre de Teresa Benedicta de la Cruz. Antes de entrar al convento había llegado a traducir y estudiar a Tomás de Aquino y a John Henry Newman.
Apenas se instaló en el convento, escribió sobre las medidas nazis contra los judíos con una frase que resultó profética: “el destino de este pueblo también será el mío”. Ese mismo año apeló al papa Pío XI para que hablara en contra del nazismo. El pontífice rechazó el pedido.
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Cinco años después, en 1938, huyó de Alemania hacia un convento en los Países Bajos. El refugio no la salvó: el 2 de agosto de 1942 fue arrestada junto con unos 200 católicos de origen judío, como represalia nazi contra los obispos holandeses que habían denunciado públicamente las persecuciones.
Murió en el centro de exterminio nazi de Auschwitz siete días después de ese arresto, el 9 de agosto de 1942, asesinada en la cámara de gas. Su hermana Rosa, que también se había convertido al catolicismo, fue detenida y asesinada junto a ella.
Pocos días antes de la deportación, cuando le ofrecieron ayuda para salvarse, Edith Stein respondió algo que Juan Pablo II recordaría más tarde en su homilía de canonización: “¡No hagáis nada! ¿Por qué debería ser excluida? No es justo que me beneficie de mi bautismo. Si no puedo compartir el destino de mis hermanos y hermanas, mi vida, en cierto sentido, queda destruida”.
La ceremonia de canonización reunió en la plaza de San Pedro a delegaciones oficiales de Alemania y Polonia. Encabezó la comitiva alemana el canciller federal saliente Helmut Kohl, y la polaca el primer ministro Jerzy Buzek.
También asistieron miembros de la familia de Stein, entre ellos Susanne Batzdorff, vecina de Santa Rosa, California, además de representantes de la comunidad carmelita, que Juan Pablo II describió como la “segunda familia” de la religiosa.

En su homilía, el papa pidió recordar cada año, junto con la fiesta de la nueva santa, la shoá: el plan de exterminio que, dijo, costó la vida a millones de hermanos y hermanas judíos. Pidió que Dios iluminara su rostro sobre ellos y les concediera la paz.
Desde ese mismo altar lanzó una solicitud que no estaba dirigida solo a los católicos: “Por amor a Dios y al hombre, una vez más elevo mi apremiante llamamiento: ¡Que nunca más se repita una análoga iniciativa criminal para ningún grupo étnico, ningún pueblo, ninguna raza, en ningún rincón de la tierra!”.
Juan Pablo II remarcó que Stein era, a la vez, “una eminente hija de Israel” y “una hija fiel de la Iglesia”, y pidió que su testimonio sirviera para fortalecer la comprensión recíproca entre judíos y cristianos.
Once años antes de aquella misa, en la misma homilía de beatificación de Colonia, Juan Pablo II ya la había presentado con una fórmula: “Hoy saludamos con profundo honor y alegría santa a una hija del pueblo judío, rica en sabiduría y coraje, que entregó su vida por la paz verdadera”.
El pontífice había insistido entonces en que el bautismo de Stein “no fue de ningún modo una ruptura con su herencia judía”, sino una vida de seguidora de Cristo iluminada por la cruz.
Taylor Marshall, escritor católico, consignó en su sitio web un dato puntual sobre el expediente de canonización: el milagro final que habilitó la declaración de santidad provino de la devoción de fieles católicos melquitas, de rito oriental, hacia Stein.

Un año después de la canonización, en 1999, fue nombrada copatrona de Europa. Por haber sido incinerada en el campo de exterminio, no existe una tumba donde honrar sus restos.
El expediente de Edith Stein sigue abierto. Cuando una delegación de carmelitas descalzas visitó al papa Francisco, el superior general de la orden le presentó un pedido puntual: que Stein sea nombrada Doctora de la Iglesia bajo el título de doctor veritatis (doctora de la verdad).
De avanzar ese reconocimiento a sus contribuciones teológicas, Edith Stein se convertiría en la quinta mujer en recibir el título de Doctora de la Iglesia. La petición formal del superior general era el paso indispensable para que el Dicasterio para las Causas de los Santos iniciara formalmente ese proceso.
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