
A las tres y media de la tarde del 7 de julio de 1946, los vecinos de Beverly Hills levantaron la vista al escuchar el rugido de un avión que parecía volar demasiado bajo. Segundos después, el aparato comenzó a perder altura de manera alarmante. Algunos pensaron que el piloto intentaba realizar un aterrizaje de emergencia. Otros comprendieron enseguida que estaba luchando desesperadamente por evitar una catástrofe. El estruendo que siguió hizo temblar las ventanas de varias mansiones y una enorme columna de humo negro cubrió el cielo de Los Ángeles.
Al mando de aquella aeronave estaba Howard Hughes, probablemente el hombre más famoso de la aviación estadounidense después de la Segunda Guerra Mundial. Millonario, inventor, productor cinematográfico y piloto de récords, había dedicado buena parte de su fortuna a construir aviones cada vez más rápidos, sofisticados y audaces. Ese día probaba una máquina diseñada para revolucionar el reconocimiento militar. En cuestión de segundos, una falla hidráulica convirtió el vuelo en una carrera desesperada por sobrevivir.
PUBLICIDAD
El accidente fue tan violento que parecía imposible salir con vida. El ala derecha atravesó el dormitorio de una vivienda, uno de los motores salió despedido y terminó a varios metros de otra casa, mientras el fuselaje se desintegraba entre explosiones e incendios. Contra toda lógica, nadie murió. Hughes sobrevivió de milagro, aunque con heridas tan graves que pasarían a definir el resto de su existencia.
Lo que ocurrió aquella tarde no fue únicamente un accidente aéreo. Fue el punto de inflexión en la vida de un hombre que ya era una leyenda y que, desde entonces, comenzó a transformarse en uno de los personajes más enigmáticos del siglo XX.
PUBLICIDAD

El niño millonario
Howard Robard Hughes Jr. era hijo de Howard R. Hughes Sr., un brillante inventor que había desarrollado una revolucionaria mecha para perforaciones petroleras. Ese invento convirtió a la empresa familiar, Hughes Tool Company, en una de las más rentables de la industria energética estadounidense y aseguró una fortuna inmensa para las generaciones futuras.
Nació el 24 de diciembre de 1905 en Houston, Texas, y creció allí rodeado de privilegios, pero también de estímulos intelectuales. Desde muy pequeño mostró una curiosidad por la mecánica. Desarmaba bicicletas para volver a armarlas, modificaba motores y pasaba horas imaginando artefactos capaces de mejorar el rendimiento de cualquier máquina.
PUBLICIDAD
Su fascinación por la tecnología se extendió rápidamente hacia la aviación. Apenas unos años después del histórico vuelo de los hermanos Wright –Wilbur y Orville, pioneros de la aviación estadounidense-, el país vivía una verdadera fiebre por los aeroplanos, y el joven Hughes quedó cautivado por aquellas máquinas que parecían desafiar las leyes de la naturaleza.
Pero la tragedia llegó demasiado pronto. Su madre murió cuando él era adolescente y, poco tiempo después, también falleció su padre. Con apenas diecinueve años quedó prácticamente solo y heredó una fortuna gigantesca. Muchos imaginaron que viviría dedicado al lujo y la comodidad. Se equivocaron. Hughes decidió convertir el dinero en combustible para sus obsesiones.
PUBLICIDAD

Hollywood, otra de sus pasiones
Antes de conquistar el mundo de la aviación, Howard Hughes hizo una apuesta arriesgada: ingresar a Hollywood. Se instaló en California y comenzó a producir películas con presupuestos nunca vistos para la época. Su proyecto más ambicioso fue Hell’s Angels, una superproducción sobre la Primera Guerra Mundial que demandó años de trabajo y millones de dólares. Hughes insistió en filmar escenas aéreas reales, utilizando pilotos expertos y aviones auténticos, una decisión que elevó enormemente los costos, pero también convirtió a la película en un espectáculo sin precedentes.
Al mismo tiempo comenzó a pilotar sus propios aviones. No quería limitarse a financiarlos ni a dirigirlos desde tierra. Quería sentir la velocidad, experimentar el riesgo y demostrar que también podía ser uno de los mejores pilotos del mundo. Durante la década de 1930 acumuló una impresionante cantidad de logros aeronáuticos. Batió marcas de velocidad, estableció nuevos registros de distancia y realizó vuelos que ocuparon las portadas de los diarios estadounidenses.
PUBLICIDAD
En 1935 alcanzó un récord mundial de velocidad que confirmó su extraordinaria habilidad como piloto. Tres años más tarde protagonizó una hazaña todavía mayor: dio la vuelta al mundo en poco más de noventa horas, reduciendo de manera drástica el tiempo establecido hasta entonces. La proeza lo convirtió en un héroe nacional. Ya no era solamente un empresario millonario, sino un símbolo del progreso tecnológico estadounidense.
El nacimiento del XF-11
Terminada la Segunda Guerra Mundial, Hughes concentró buena parte de sus esfuerzos en un ambicioso avión de reconocimiento militar: el XF-11. La aeronave era enorme para su categoría, estaba equipada con motores de altísima potencia y reunía soluciones técnicas consideradas revolucionarias para la época. Hughes estaba convencido de que sería uno de los mejores aviones jamás construidos.
PUBLICIDAD
Aunque algunos colaboradores le recomendaron prudencia, insistió en realizar personalmente los vuelos de prueba. Tenía experiencia suficiente y confiaba plenamente en sus capacidades. El 7 de julio de 1946 despegó desde el aeródromo de Culver City para una nueva evaluación del aparato. No imaginaba que pocos minutos después estaría librando la batalla más difícil de toda su vida. Un vuelo que se transformó en una pesadilla.

Aquel domingo ocupó el asiento del piloto con la tranquilidad de quien acumulaba miles de horas de vuelo y una reputación construida a fuerza de récords. Sin embargo, pocos minutos después del despegue comenzaron los problemas. Mientras sobrevolaba la ciudad, uno de los sistemas de control de las hélices sufrió una falla que provocó que una de ellas girara a una velocidad anormal. Al mismo tiempo, el sistema hidráulico dejó de responder correctamente, haciendo que el enorme aparato se volviera extremadamente difícil de controlar. Hughes comprendió enseguida la gravedad de la situación. El avión perdía estabilidad y cada maniobra requería un esfuerzo descomunal.
PUBLICIDAD
Los testigos observaron cómo el aparato descendía peligrosamente. El piloto hizo todo lo posible por alejarlo de las zonas más pobladas y buscó desesperadamente un lugar donde pudiera aterrizar sin provocar una tragedia de mayores dimensiones pero no lo consiguió.
El estruendo que sacudió Beverly Hills
El XF-11 impactó primero contra las copas de varios árboles antes de chocar violentamente contra una mansión del exclusivo barrio de Beverly Hills. El ala derecha atravesó el dormitorio de una vivienda vecina, destrozando paredes y muebles como si fueran de papel. Uno de los motores salió despedido por la fuerza del impacto y terminó a más de dieciocho metros de otra casa.
PUBLICIDAD
La aeronave se convirtió en una enorme bola de fuego. Las explosiones hicieron pensar a muchos vecinos que se trataba de un ataque o de la caída de un avión militar cargado de combustible. En pocos minutos comenzaron a llegar bomberos, policías y ambulancias. Lo que encontraron parecía imposible. Entre los restos retorcidos del fuselaje, envuelto en llamas y gravemente herido, Howard Hughes seguía con vida.
Los primeros en asistirlo tuvieron enormes dificultades para sacarlo del avión debido al incendio que avanzaba rápidamente. Finalmente lograron rescatarlo pocos segundos antes de que las llamas consumieran por completo la cabina. El milagro no terminaba allí. A pesar de la violencia del impacto, ninguna de las personas que se encontraban dentro de las viviendas alcanzadas perdió la vida. Hubo heridos y daños materiales de enorme magnitud, pero el desastre pudo haber terminado con decenas de víctimas.

Un cuerpo devastado
El estado del piloto era desesperante. Presentaba fracturas múltiples, un pulmón perforado, varias costillas rotas, lesiones internas y quemaduras de tercer grado en gran parte del cuerpo. Los médicos dudaban de que pudiera sobrevivir las primeras horas. Fue sometido a intervenciones quirúrgicas de urgencia y permaneció largo tiempo hospitalizado. Para reconstruir las zonas afectadas por el fuego fueron necesarios numerosos injertos de piel, mientras que las fracturas demandaron meses de inmovilización y rehabilitación.
Contra todos los pronósticos volvió a sobrevivir. No era la primera vez que escapaba de la muerte en un avión. Años antes ya había sufrido otro grave accidente durante una prueba aérea, pero el episodio de 1946 fue incomparablemente más severo. Las secuelas físicas nunca desaparecieron y el dolor se convirtió en un compañero permanente.
Para soportarlo comenzó a recibir fuertes analgésicos, un tratamiento que con el tiempo derivaría en una creciente dependencia de medicamentos. Aquellas lesiones, sumadas a problemas físicos acumulados por otros accidentes, terminaron condicionando todos los aspectos de su vida cotidiana. Aunque siguió vinculado a sus empresas y a la aviación, quienes lo conocían advirtieron un cambio profundo en su personalidad.
Howard Hughes siempre había sido un hombre exigente, perfeccionista y obsesionado con los detalles. Después del accidente esos rasgos se intensificaron. El dolor permanente limitaba sus movimientos, dormía poco y pasaba largas temporadas recluido trabajando o revisando proyectos. Poco a poco comenzó a desconfiar de quienes lo rodeaban.
Con el correr de los años desarrolló un comportamiento cada vez más errático. Su temor a los gérmenes y las enfermedades se volvió extremo. Exigía protocolos de limpieza casi imposibles de cumplir, evitaba el contacto con otras personas y permanecía encerrado durante semanas enteras. Muchos especialistas consideran hoy que Hughes padecía un severo trastorno obsesivo-compulsivo que probablemente existía desde su juventud, pero que se agravó notablemente tras el accidente, el dolor crónico y las largas convalecencias.

El hombre que nunca dejó de soñar con volar y amar
Paradójicamente, ni siquiera aquel accidente consiguió destruir su fascinación por la aviación. Siguió impulsando desarrollos tecnológicos y financió proyectos gigantescos, entre ellos el Hughes H-4 Hercules, conocido popularmente como “Spruce Goose”, el hidroavión de madera más grande construido hasta entonces.
Cuando finalmente realizó su único vuelo en 1947, recorrió apenas poco más de un kilómetro a escasa altura sobre el agua. Para algunos fue una extravagancia millonaria; para otros, una demostración de que seguía dispuesto a desafiar lo imposible.
Mientras tanto, su vida sentimental se apagaba. Había mantenido romances con algunas de las mujeres más famosas de Hollywood, como Katharine Hepburn y Ava Gardner, y en 1957 se casó con la actriz Jean Peters. Sin embargo, su creciente aislamiento deterioró también esa relación, que terminó años más tarde.
Durante la última etapa de su vida, Howard Hughes prácticamente desapareció del mundo. Su aspecto físico impresionaba a quienes lograban verlo. Había adelgazado de manera extrema, llevaba el cabello y la barba muy largos y evitaba cualquier exposición pública. El hombre que alguna vez había protagonizado estrenos cinematográficos y recibido homenajes como héroe nacional se había convertido en un personaje casi fantasmal.
Murió el 5 de abril de 1976 mientras era trasladado en avión desde Acapulco hacia Houston para recibir atención médica. Tenía apenas 70 años y un estado físico tan deteriorado que, según trascendió, en un primer momento las autoridades necesitaron verificar su identidad mediante las huellas dactilares.
La historia suele recordar el accidente del 7 de julio de 1946 como el episodio que cambió para siempre la vida de Howard Hughes. Aquel avión que cayó sobre Beverly Hills no solo destrozó un prototipo experimental: también marcó el comienzo del largo encierro de un hombre que había dedicado su existencia a desafiar los límites de la velocidad, la tecnología y la imaginación.
Aquella tarde logró sobrevivir a un accidente del que muy pocos habrían salido con vida. Pero las heridas invisibles resultaron mucho más difíciles de curar que las quemaduras y las fracturas. El hombre que una vez creyó que el cielo no tenía límites terminó refugiándose del mundo detrás de las puertas cerradas de habitaciones de hotel, mientras su figura crecía hasta convertirse en una de las leyendas más fascinantes y enigmáticas de la historia de la aviación y del siglo XX.
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Últimas Noticias
Ahorcada por conspirar para asesinar a Abraham Lincoln: la primera mujer ejecutada por orden del Gobierno de Estados Unidos
Mary Surratt, una viuda de 42 años, fue llevada al cadalso el 7 de julio de 1865 luego de que un tribunal militar la declarara culpable de participar de un plan para descabezar al Gobierno. Más de 170 años después sigue sin saberse con certeza si realmente formó parte de la conspiración o fue víctima de una serie de desafortunadas circunstancias

Enrique VI, una enfermedad mortal y un cambio de paradigma: así se borró el beso de la vida social inglesa
Una tradición extendida por toda Gran Bretaña durante más de cien años y practicada por igual entre hombres y mujeres se extinguió en el lapso de una generación, aunque dejó ecos aislados que los historiadores aún debaten

Cómo un maletín, una pata de madera y el azar frustraron el plan más audaz para asesinar a Hitler
El 20 de julio de 1944, el coronel alemán Claus von Stauffenberg colocó un explosivo bajo la mesa del cuartel general del führer en Prusia Oriental, pero un elemento imprevisto impidió que la operación llegara a su fin, aunque su autor murió convencido de haber cumplido con su cometido

El asesino invisible de Tokio: 4 homicidios en una casa, una escena cargada de evidencia y ningún sospechoso identificado
Un expediente que lleva más de dos décadas abierto continúa desafiando a las autoridades japonesas. Las pericias permitieron reunir una gran cantidad de rastros y objetos en la vivienda de las víctimas, pero la investigación aún no logró determinar quién fue el responsable

La poeta uruguaya que desafió los mandatos de su tiempo y fue asesinada por su exmarido de dos balazos en la cabeza
Delmira Agustini tenía apenas 27 años cuando su exmarido, Enrique Job Reyes, la citó en una habitación del centro de Montevideo, le disparó y luego se suicidó. Fue una revolucionaria de la poesía hispanoamericana y escribió sobre el amor y el deseo femenino como nadie

