
El sábado 11 de abril de 1987, el escritor judío italiano Primo Levi encontró la muerte a los 67 años en la ciudad de Turín, Italia. El desenlace se produjo tras caer por el hueco de la escalera en el interior del edificio donde vivía. Se trataba del mismo domicilio turinés en el que habitó a lo largo de toda su vida, con la única excepción del período de un año en el que estuvo cautivo en el campo de concentración de Auschwitz.
La noticia del fallecimiento generó de inmediato dos posturas contrapuestas en torno a los motivos que lo llevaron a precipitarse al vacío desde varios pisos de altura: el accidente o el suicidio.
Los familiares y el círculo íntimo de amistades se aferraron a la hipótesis de un hecho accidental. Argumentaron que Levi pudo haber sufrido un desvanecimiento repentino mientras se encontraba cerca de la baranda, lo que habría provocado su desplome. Entre las razones esgrimidas por su entorno para descartar la voluntad de quitarse la vida, destacaron la ausencia de una nota de despedida dirigida a sus seres queridos que explicara semejante decisión.
Asimismo, plantearon una objeción basada en su formación académica. Sostuvieron que su condición de químico y su riguroso esquema de pensamiento científico contradecían la elección de un método tan poco fiable y de resultados impredecibles para terminar con su propia vida.

Sin embargo, múltiples factores en su entorno personal y de salud indicaban un cuadro compatible con el suicidio. Levi atravesaba una etapa marcada por la depresión, una afección que se había vuelto constante en sus días. Físicamente se encontraba disminuido a causa de los problemas derivados de una reciente operación de próstata. A ese cuadro se sumaba el desgaste diario que implicaba convivir y asistir a su madre, una mujer de casi 100 años con un estado de salud muy deteriorado. En el plano profesional, el propio Levi había manifestado que su tiempo como escritor había llegado a su fin. Afirmaba sentirse vacío y aseguraba que ya no le quedaban cosas por contar.
La muerte en su domicilio remite de manera directa al retorno a esa misma casa tras la liberación ocurrida en enero de 1945. Para comprender la carga que acarreaba la mañana de su muerte, resulta imperativo trazar la cronología de su cautiverio.
En su juventud, la inexperiencia le jugó en contra. Sin armas adecuadas ni entrenamiento previo, se dirigió a las colinas para conformar la resistencia antifascista. Trescientos soldados del régimen lo detuvieron. Durante los interrogatorios, declaró su condición de ciudadano de religión judía, por lo que fue despachado al campo de detención de Fossoli. Al llegar, había unos 150 prisioneros en el lugar, pero a las pocas semanas el número ascendió a 700. Los militares alemanes forzaron a los detenidos a subir a un tren de carga que concluyó su trayecto en Auschwitz. En el vagón donde Levi fue confinado viajaban 70 italianos hacinados; de ese total, solamente cuatro lograron mantenerse con vida al finalizar la Segunda Guerra Mundial.

Al regresar a su patria luego de un tortuoso viaje a través de Europa, Levi se había reencontrado con su familia y con su vivienda en pie. No obstante, la estadía en Turín no significó una desconexión total de su cautiverio. En el edificio donde halló la muerte 40 años más tarde, padecía pesadillas recurrentes. En sus sueños, se veía sentado a la mesa junto a su familia, en un entorno de aparente tranquilidad, hasta que la escena se desmoronaba y tomaba consciencia de que seguía en el campo de concentración nazi y que la libertad era un engaño. El sueño concluía con la orden de levantarse pronunciada en polaco durante el amanecer: “Wstawać”.
La convivencia permanente con la memoria del encierro conformó un padecimiento que él denominó el veneno de Auschwitz. En 1958, al ser consultado en una entrevista televisiva sobre la persistencia de ese veneno, respondió con firmeza que el tiempo había transcurrido y el veneno había sido exorcizado. No obstante, los detalles que rodearon su muerte la mañana del 11 de abril contradijeron aquella declaración pública.
Los indicios apuntan a que los replanteamientos y la depresión operaron como consecuencias de aquel componente tóxico inoculado durante la privación de la libertad. Elie Wiesel, quien compartió el encierro, lo resumió de forma tajante al afirmar que Primo Levi en realidad murió en Auschwitz pero cuarenta años más tarde.

Durante sus años en Turín, Levi dedicó su capacidad analítica a desmenuzar las implicancias del exterminio de judíos por parte de los nazis. Como químico de profesión, abordó la supervivencia examinando la composición de la maquinaria carcelaria. Sus textos exploraron la figura del musulmán, término utilizado por los detenidos para designar a los prisioneros exhaustos que perdían todo indicio de pensamiento antes de la muerte. Levi sostuvo que esos prisioneros constituían la norma en el encierro, mientras que los sobrevivientes como él representaban una excepción.
Esa condición de anomalía generó un peso psicológico que se transformó en una vergüenza persistente. Se interrogaba continuamente sobre las razones de su salvación frente a la muerte de sus compañeros. En sus indagaciones, planteó la sospecha de haber sobrevivido a costa de alguien más útil, sabio o generoso. Llegó a formular que no lograban salvarse los predestinados al bien, sino que preferentemente sobrevivían los peores: los egoístas, los violentos, los insensibles y los espías.
Esa reflexión cobró fuerza en su análisis de la zona gris, el espacio donde las víctimas se veían obligadas a colaborar con el opresor, como los miembros de los Consejos judíos, los Kapos o los Sonderkommandos encargados de los hornos crematorios. Levi insistió en que opresor y víctima no eran sujetos intercambiables, pero se esforzó por comprender esa reducción de la condición humana sin recurrir a simplificaciones. El dolor frente a esta degradación conformó un cuadro de angustia que lo persiguió hasta el momento del final.

El debate en torno a la caída en el hueco de la escalera resulta complejo al contrastar el posible suicidio con sus posturas públicas. A lo largo de los años posteriores a su regreso a Italia, discutió la idea de que la experiencia del exterminio dictara una condena a muerte ineludible. Afirmó que fijarse objetivos vitales operaba como la mejor defensa contra la muerte.
Esa visión lo llevó a polemizar de manera pública con el filósofo Jean Améry, quien también había sufrido la tortura por parte de la Gestapo. Améry sostenía que quien había padecido el tormento no podía encontrar ya su lugar en el mundo, dado que la confianza en la humanidad se demolía de forma irreversible. Améry terminó suicidándose a fines de la década de 1970. Levi criticó esa decisión y discutió los postulados, manteniendo una defensa argumentativa de la vida.
Reconoció en sus escritos que penetrar en las razones de un suicidio resultaba una tarea difícil, llegando a suspender los juicios morales al argumentar que quizá el propio suicida desconocía los motivos exactos del acto. La caída en Turín plantea la posibilidad de que, la mañana del 11 de abril, el propio autor hubiera agotado aquellos objetivos vitales que esgrimía como mecanismo de defensa.

A esto se le suma el periplo editorial que enfrentó para dar a conocer los hechos. Luego de su arribo a la ciudad de Turín el 19 de octubre de 1945, comenzó a poner por escrito las memorias del encierro. En 1946 experimentó severas dificultades para lograr la publicación de sus escritos. El sello Einaudi consideró que la obra no resultaba adecuada para su catálogo, argumentando que la sociedad se encontraba enfocada en la reconstrucción.
Finalmente, en 1947, una modesta editorial imprimió sus memorias con ventas iniciales que apenas superaron los 1500 ejemplares. El vacío generado en torno a su relato provocó una profunda decepción, llevándolo a recluirse en su profesión de químico hasta la reedición de 1958. Años más tarde, el editor Italo Calvino le envió una misiva elogiando su poder de sugestión intelectual y le propuso escribir un libro destinado a un público infantil, un proyecto que la caída en Turín dejó trunco.
La cotidianidad en los meses previos a la fecha fatal estuvo signada por la agudización de factores físicos y psicológicos. Tras su jubilación, su labor de escritura topó con un límite. La sensación de vacío narrativo acentuó el decaimiento anímico. Las complicaciones de su cirugía redujeron su movilidad y agravaron su estado general, sumiéndolo en una vulnerabilidad mayor.
A su vez, la ancianidad de su madre incrementó la demanda de cuidados dentro del departamento. La convivencia con la fragilidad materna actuaba como un reflejo de la declinación física. La atmósfera en la vivienda turinesa se encontraba tensada por la dependencia y por la intrusión de los recuerdos inalterables de las alambradas de los campos de concentración.
La muerte de Primo Levi interrumpió la práctica de dar testimonio que ejerció mediante sus publicaciones. Ese mismo cuerpo, portador del número 174517 tatuado por los nazis en el antebrazo izquierdo, cayó al vacío en 1987. Jamás pensó en borrarse esa marca indeleble del Holocausto ya que creía que eran escasos los portadores de dicha prueba del horror.

El 11 de abril de 1987, hace 39 años, moría el escritor, partisano antifascista y sobreviviente de los campos de exterminio nazis. El hombre que dejó un testimonio indispensable de las tinieblas y que escribió: “Auschwitz existe, de modo que Dios no puede existir”.
Sus restos mortales fueron sepultados en el cementerio local. La lápida dispuesta para cubrir la tumba se caracterizó por su extrema sencillez. En la piedra se grabaron sus datos básicos: el nombre completo, los años de nacimiento y muerte correspondientes a 1919 y 1987, y el número 174517, que le grabaron a fuego en la piel durante uno de los momentos más trágicos de la humanidad.
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