El disfraz detrás del cristal: el juicio a Adolf Eichmann y el perverso plan del arquitecto del Holocausto para intentar sobrevivir

Tras ser capturado por un comando del Mossad en la Argentina, comenzó en Jerusalén el juicio que reveló el funcionamiento del Holocausto. La condena a muerte del jerarca de las SS que organizó la maquinaria que llevó a los campos de exterminio a millones de judíos y el único arrepentimiento que demostró

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Caso Adolf Eichmann
Adolf Eichmann se presentó ante el tribunal de Jerusalén en 1961, acusado como uno de los principales responsables del Holocausto

Apareció con el aspecto de un contador inquieto ante un balance con números caprichosos; alto, hombros rectos, traje, camisa, corbata; una calva pronunciada que le daba también aspecto de bibliotecario en busca de un incunable, el escaso pelo rubio arremolinado detrás de la coronilla; un rictus extraño en los labios, la comisura izquierda arrugada, como quien es víctima de un contratiempo inesperado, una revés impensable, un percance tonto y subsanable con una nadería; un semblante de funcionario pulcro y cuidadoso: un burócrata gris y sumiso, dispuesto a todo para salvar por fin ese malentendido que lo ponía frente a los jueces.

Así se presentó Adolf Eichmann el 11 de abril de 1961, hace ya sesenta y cinco años, ante el tribunal especial del Distrito de Jerusalén, en el Estado de Israel, para rendir cuentas de sus crímenes de guerra, por haber sido el diseñador, uno de varios, del Holocausto; un maestro de la logística ferroviaria que había enviado a la muerte a millones de judíos para satisfacer la ambición de Adolf Hitler y sus secuaces de acabar con los judíos de Europa; allí estaba Eichmann, encerrado en una jaula de cristal, custodiado de muy cerca por dos oficiales del ejército israelí, con su fachada de contador, de funcionario, de bibliotecario, de burócrata, para rendir cuentas de sus andanzas como jerarca de las SS, como ideólogo de la conferencia de Wannsee en la que los nazis decidieron en enero de 1942 asesinar a once millones de judíos europeos; allí estaba Eichmann, con su talante inocente, casi tierno de empleado fiel que cumple al pie de la letra las órdenes porque no puede cambiarlas y para rendir unas cuentas que no podían ser saldadas; el Eichmann que había proclamado que “saltaría con gusto a la fosa porque sobre mis espaldas llevo a cinco millones de muertos”, aquel arrogante SS que sólo se arrepentía “por no haber terminado mi trabajo”, estaba ante sus jueces, pulcro, atildado, con aire de hombre íntegro, casi cándido e ingenuo.

Era todo una fachada. El criminal había adoptado ese disfraz de hombre honrado al que había atropellado un destino aciago, para salvar su cuello de la horca. Engañó a muchos. Pero no engañó a todos. Por un lado, sus jueces, Moshe Landau, el presidente del tribunal, Benjamín Halevi, juez del Distrito de Jerusalén, y Yitzhak Raveh, del Distrito de Tel Aviv, le garantizaron lo que millones de sus víctimas no tuvieron ni tenían porqué tener: un juicio. Por otro lado, el fiscal, Gideon Hausner, que enfrentó a Eichmann con sus crímenes y no con la imagen engañosa que había fabricado para salvarse, estaba lejos de ser engañado, siquiera influenciado por el disfraz del asesino.

Caso Adolf Eichmann
Eichmann utilizó una imagen de funcionario gris y sumiso para intentar convencer a sus jueces de que solo obedecía órdenes

Al empezar su alegato acusatorio, dijo Hausner: “Al presentarme aquí ante ustedes, jueces de Israel, para dirigir la acusación contra Adolf Eichmann, no estoy solo. Conmigo están seis millones de acusadores. Pero ellos no tienen la posibilidad de comparecer en persona, de apuntar hacia la cabina de vidrio, de señalar con el dedo acusador a quien se sienta en el banquillo y gritar: ‘Yo acuso’, ya que sus cenizas están apiladas en las colinas de Auschwitz y en los campos de Treblinka, y están esparcidas en los bosques de Polonia. Sus tumbas están dispersas a lo largo y ancho de Europa. Su sangre clama, pero su voz no se oye. Por lo tanto, seré su portavoz y en su nombre desplegaré esta terrible acusación”.

Eichmann engañó a muchos, no engañó a todos y otros aceptaron ser engañados por Eichmann. Entre ellos, la filósofa alemana de origen judío Hannah Arendt, doctorada en la Universidad de Heidelberg, discípula del filósofo alemán Martin Heidegger, un seguidor del partido nazi. Arendt había emigrado a Estados Unidos luego de la ascensión al poder de Adolf Hitler. La revista New Yorker la había enviado a cubrir el juicio a Eichmann al que llegó con una idea a desarrollar que expuso en un libro simbólico Eichmann en Jerusalén – Un estudio sobre la banalidad del mal. En ese libro Arendt sostiene que en los regímenes totalitarios, cualquier persona puede convertirse en “engranaje de una máquina”, incapaz de pensar y juzgar por sí mismo bajo el pretexto de “seguir órdenes”, por lo que el mal, en resumen, se convierte en banal, “pierde intención maliciosa y se convierte en una tarea técnica y cotidiana realizada por individuos que han renunciado a su capacidad de pensar”. Arendt afirmó en su estudio: “Lo más grave del caso Eichmann era precisamente que hubo muchos hombres como él, y que estos hombres no eran pervertidos ni sádicos, sino que eran, y siguen siendo, terroríficamente normales”.

Caso Adolf Eichmann
Eichmann fue hallado culpable de quince cargos, incluidos crímenes contra la Humanidad y el pueblo judío, y condenado a muerte en la horca

Era precisamente lo que Eichmann quería expresar a través de su disfraz de contador inquieto, bibliotecario preocupado, funcionario puntilloso o burócrata sumiso y resignado. La teoría de Arendt es probable, es discutible y, en todo caso, un tanto excesiva: no todas las personas “terroríficamente normales” se convierten en asesinos de masas bajo un régimen totalitario. Pero colocar como ejemplo de esa tesis a Adolf Eichmann fue un yerro inexcusable y también inexplicable.

En los primeros años de la posguerra, durante los juicios que siguieron al de Núremberg que condenó a lo que quedaba de la jerarquía nazi, el nombre de Eichmann surgió como el de uno de los responsables del Holocausto, como un fanático nazi que había estudiado incluso hebreo e yiddish para penetrar en las comunidades judías a ser deportadas y ante las que había llegado a presentarse casi como un benefactor. Refugiado en la Argentina a la que llegó a través de la “Ruta de las ratas” que facilitó el ingreso al país de numerosos jerarcas del Tercer Reich, fue secuestrado por un comando de la inteligencia israelí el 11 de mayo de 1960 en San Fernando, provincia de Buenos Aires, a pocos metros de su casa, que ya no existe, en la calle Garibaldi. El comando israelí encargado de echarle mano a Eichmann después de interceptarlo con tres palabras en un castellano mal trazado, “un momentito, señor”, fue Peter Malkin, Zvi Milchman en la vida real, que usó guantes porque no quiso que sus manos tocaran la piel del hombre que había asesinado a su numerosa familia. Esos guantes se exhiben hoy en el Museo del Patrimonio Judío, en Battery Park, New York.

Eichmann no supo en el momento de ser secuestrado en manos de quiénes estaba. Nunca pensó que esas manos podían ser israelíes, pero lo descubrió enseguida, cuando uno de los agentes le dijo en alemán: “Un movimiento y estás muerto”. A partir de ese momento, Eichmann mudó su personalidad y se convirtió, un papel estudiado durante años, en un burócrata que sólo había cumplido órdenes. Su docilidad y su colaboración con sus secuestradores, su deseo de explicar que él había sido sólo un pequeño engranaje en una gigantesca maquinaria, hizo que Malkin, el hombre que lo había capturado, lo llamara “Un prisionero ideal” en su libro Eichmann in my hands (Eichmann en mis manos).

La filósofa y también historiadora alemana Bettina Stangneth es autora de Eichmann before Jerusalen (Eichmann antes de Jerusalén) que, sin proponérselo en forma abierta, es la contracara de la teoría de Arendt. Demuestra que Eichmann no era el ser “terroríficamente normal” que Arendt vio, o creyó ver, o quiso ver durante el juicio; que Eichmann no era aquella especie de funcionario gris y resignado, de contador inquieto o de funcionario sumiso, sino que había sido desde antes de su entrada a las SS un ideólogo fanático, un antisemita feroz, un estratega orgulloso de su activo papel en la deportación y asesinato de millones de judíos y un tipo lúcido y activo que, en la Argentina, dejó muy en claro cuál era su pensamiento y su utopía: lograr el retorno al poder del nacionalsocialismo en su Alemania.

adolf eichmann
Fotos y huellas de Adolf Eichmann tras el arresto- yad vashem org

Ese pensamiento casi desconocido del Eichmann anterior al juicio en Jerusalén, quedó plasmado en los “Papeles de Argentina”, una serie de escritos, apuntes o notas sumadas a las transcripciones de una serie de grabaciones hechas por Eichmann y un grupo de simpatizantes, o seguidores, entre 1957 y 1960 durante unos debates organizados por el periodista nazi holandés Willem Sassen, para discutir la historia del Tercer Reich. Sassen reunía casi una vez por semana y en su casa a los nostálgicos del Tercer Reich; en esos debates, Eichmann se jactó del papel que había jugado en el Holocausto; lamentó no haber completado su trabajo, el de asesinar a todos los judíos de Europa, exigió reconocimiento por haber llevado adelante la logística de la deportación y defendió su protagonismo cuando alguien intentó mermarlo, atenuarlo o restarle trascendencia.

Esos papeles le permiten a Stangneth plantarse ante la tesis de Arendt sobre la banalidad del mal: donde Arendt vio en Eichmann a un hombre incapaz de pensar por sí mismo, asolado por un gobierno totalitario, Stangneth exhibe a un Eichmann manipulador, extremadamente inteligente, capaz de construir un personaje de contador, o bibliotecario, o funcionario, o burócrata gris y sumiso para engañar a sus jueces y salvarse de la horca.

Engañó a muchos, no engañó a todos, y otros se dejaron engañar o quisieron creer a aquel asesino embustero, un lobo vestido con una piel de cordero. Cuenta Stangneth que el primero de los pedidos que Eichmann hizo a sus captores israelíes cuando supo que no lo iban a asesinar, fue muy singular y demuestra el nuevo juego de contador o bibliotecario o funcionario o burócrata gris y sumiso que iba a desempeñar: “Para el caso de que ya no pueda acordarme de todos los detalles o que incluso tome una cosa por otra o confunda las cosas –dijo a los agentes del Mossad– les pido que me ayuden poniendo a mi disposición documentos y declaraciones”.

adolf eichmann
Al secuestrarlo en la Argentian, fue Peter Malkin, usó guantes porque no quiso tocar la piel del hombre que había asesinado a su numerosa familia

El policía israelí que lo interrogó en Jerusalén no se dejó engañar. Era el capitán Avner Less que entendió enseguida a quién tenía delante: “Cuando terminó el primero de los interrogatorios quedé persuadido de que no era la primera vez que Eichmann contaba esta historia (…) Tuve la sensación de que el tipo se lo había estudiado”. Eichmann dirá ante sus jueces algo que jamás habría aceptado decirse a sí mismo: había sido “estrecho de miras”, “un burócrata obsesivo”, “un pedante”, alguien que “no cruzaba el límite de sus atribuciones”. La idea de definirse como un burócrata debe haberle divertido mucho: la burocracia y los burócratas eran concepciones enemigas de y para el nacionalsocialismo y opuestas a la imagen de un hombre de las SS como había sido Eichmann.

El hombre que en la conferencia de Wannsee había desempeñado un puesto de jerarquía bajo las órdenes de Reinhard Heydrich, el segundo del jefe de las SS, Heinrich Himmler, ahora se presentaba ante sus jueces israelíes como un mero “secretario de actas” de aquel encuentro, que sólo se había limitado a afinarle la punta a los lápices que trazaban el destino fatal de once millones de seres humanos. Él, Eichmann, no era un criminal, no había matado a nadie. Esto último tampoco era tan cierto. A Eichmann se le atribuye al menos un asesinato: le disparó en el pecho a su jardinero, un muchacho judío de diecisiete años que se había comido una frutilla sin permiso. Ese crimen es la esencia de Eichmann. Ahora, en su celda de Jerusalén, diría a sus jueces que sólo había sido a lo sumo un burócrata cauteloso, sin fanatismos nacionalsocialistas; un tipo normal que amaba la naturaleza, la ciencia y el cosmopolitismo y que en los últimos quince años de su vida, desde el fin de la guerra, había podido dejar atrás las órdenes terribles dadas por un régimen criminal, órdenes que se había visto obligado a cumplir, y que por fin, ahora, había retornado a sus raíces.

En el colmo de la simulación, de la ápice de la perversión, en la cumbre de la inmoralidad, Eichmann, que en la Argentina había revelado con todo detalle y con mucho orgullo por qué su nombre era el de los criminales de guerra más buscados en el mundo, decía a sus jueces israelíes que el juicio que enfrentaba: “No es más que un malentendido. Desde hace quince años soy acusado, difamado y perseguido por todo el mundo (…) Yo también soy una víctima”.

Adolf Eichmann
El acusado Adolf Eichmann (dentro de una cabina de cristal) es condenado a muerte por el tribunal al concluir el juicio de Eichmann. En la mesa de la izquierda, donde se sientan dos personas, la persona de la derecha (de cabello blanco y con auriculares) es el abogado defensor Robert Servatius. (The Grosby Group) (The Grosby Group)

La prensa también se engañó, o se dejó engañar, o prefirió creer lo que no era. Mientras que en mayo de 1960, cuando se supo de su captura, Eichmann era “la bestia que está encadenada” (Paris Presse) o “un criminal sanguinario”, o “el más abominable de todos (The Guardian, Liberation), sobre el inicio del juicio era ya “un pequeño burgués, buen esposo y padre de familia, un ‘técnico de la solución final’” (Le Monde) o “un ingeniero infatigable que obedecía y ejecutaba órdenes dentro de una visión jerárquica” (L’Express). Unos pocos ven entre la bruma: para el semanario francés Temoignage Chretien (Testimonio Cristiano) que había nacido en 1941 como una voz de los “cristianos libres”, Eichmann no es: “Ni un Nerón, ni un Nabucodonosor, ni un superhombre, sino un monigote colosal”; para James Morris, de The Guardian, la conducta del acusado revela una intención apologética: “Eichmann se comporta como un hombre que cree realmente que puede ser absuelto”.

La fiscalía encabezada por Hausner no se engañó. Uno de sus adjuntos, el fiscal Gavriel Bach, dijo en su momento: “Mostraremos al tribunal el proceso de rastrillaje de Oeste a Este de toda Europa, las redadas de judíos y su deportación a los campos de exterminio del Este. Los mostraremos país por país, etapa por etapa, y demostraremos que el acusado era el responsable directo de la ejecución de ese operativo, que él lo dirigía y comandaba, ya personalmente o a través de los subordinados de su agencia”. Fue lo que hicieron. Contaron, además, con el aporte extraordinario de decenas de testigos, sobrevivientes de los campos nazis, que desfilaron para contar su drama y el de sus familias que ya testificar, tal como había descrito el fiscal Hausner al inicio de su acusación.

Los testigos del juicio a Eichmann, otra historia a ser narrada, expusieron la historia completa, enmarañada y terrible del Holocausto, aun cuando sus testimonios no tuviesen contacto, en muchos casos, con los cargos que enfrentaba el acusado. Era difícil hallar una responsabilidad concreta en un hombre que sólo había asesinado de un balazo en el pecho a un chico judío de diecisiete años porque había comido una frutilla sin permiso. Pero esos testimonios, el crudo relato de los crímenes que Eichmann había organizado, autorizado y justificado en su calidad de oficial de las SS a cargo de la “cuestión judía” y como organizador y director de la deportación de los judíos europeos hacia los campos nazis de exterminio, esa tarea que ahora Eichmann pretendía disfrazar de burócrata o de funcionario gris y sumiso, cambió en la sociedad israelí, que tenía apenas trece años de vida independiente, su visión del Holocausto. Israel era entonces un país casi sin televisión; las audiencias eran también transmitidas por radio y escuchadas en las calles por quienes se arracimaban alrededor de una radio a transistores. El juicio a Eichmann se tradujo luego en disparador de otros procesos celebrados en los años 60 contra criminales de guerra nazis, como el de Frankfurt am Main de 1963.

La fiscalía de Hausner, con sus asistentes Gavriel Bach y Yakov Bar-Or, le imputó a Eichmann quince cargos que incluían los de crímenes contra el pueblo judío y crímenes contra la Humanidad. Eichmann fue defendido por el abogado alemán Robert Servatius, ningún abogado israelí quiso defenderlo, y su asistente, Dieter Wachttenbruch. Los jueces deberían dilucidar, al cabo de las audiencias, cuál era la responsabilidad del acusado ante unos crímenes inimaginables, quién era en definitiva el asesino, si quien empuña el arma, quien da las órdenes, quien las obedece y cuáles eran los límites de esa obediencia. La sentencia dejaría una frase que sintetizaba de alguna forma una nueva doctrina judicial ante una nueva calidad de delitos criminales: “El grado de responsabilidad –dijeron los jueces– aumenta a medida que nos alejamos del hombre que sostiene en sus manos el instrumento fatal”.

La defensa de Eichmann no impugnó los hechos incluidos en la acusación, no podía impugnar lo que era evidente; en cambio, optó por mermar su responsabilidad en los crímenes de guerra al describir a Eichmann como “un pequeño engranaje en el aparato estatal” del Reich: era el disfraz que Eichmann había elegido representar ni bien fue secuestrado en Buenos Aires. Según la defensa, el acusado no había tenido influencia en la planificación y operación de la maquinaria de muerte del nazismo; habían sido sus jefes, que estaban todos muertos, los verdaderos responsables.

El juicio en Israel a Eichmann incluyó testimonios de sobrevivientes del Holocausto y documentación clave sobre la deportación y exterminio de judíos europeos
El juicio en Israel a Eichmann incluyó testimonios de sobrevivientes del Holocausto y documentación clave sobre la deportación y exterminio de judíos europeos

Pero la fiscalía, a través de los testigos pero de manera muy especial gracias a la documentación nazi que se había salvado de la destrucción, había demostrado que a pesar de su rango de coronel de las SS, Eichmann había sido un personaje de notable influencia, “dotado de una motivación vigorosa y decisiva” dispuesta a deportar a los judíos del territorio del Reich hacia los guetos del Este donde la mayoría, o bien fueron asesinados, o deportados luego hacia los campos de exterminio. La documentación probaba también que Eichmann había continuado con la deportación de judíos a Auschwitz, húngaros en este caso, hacia fines de 1944, cuando el Tercer Reich estaba al borde de la derrota.

Cuando declaró ante los jueces, Eichmann expuso sin turbarse, el núcleo de su defensa y de su disfraz de funcionario gris y sumiso, de contador en problemas, de bibliotecario inquieto, de burócrata inofensivo: había obedecido órdenes. Eso era todo. Sus actos no podían ser juzgados por otro país, por ningún país, porque habían sido actos de Estado. Él sólo había llevado adelante, es verdad que con eficacia, lo que era ley en su país del que era un simple funcionario y donde la palabra de Hitler era ley.

La fiscalía había demostrado que, bajo las manos de Eichmann, habían pasado infinidad de trenes diarios, todos los días de cada semana de cada mes durante al menos cuatro años, cargados con tres mil deportados judíos hacinados en vagones de carga; allí estaban, en el juicio y a disposición de los jueces, las circulares y las órdenes firmadas por Eichmann y por su oficina de “asuntos judíos”, que obligaban a las autoridades locales de cada uno de los territorios europeos ocupados por los nazis, a que los judíos de esas tierras fueran “objeto de inmediato de las medidas necesarias”. Eichmann conocía el destino que esperaba a esos deportados: la muerte.

El lobo con la piel de cordero, que había engañado a muchos, aunque no a todos, y había embaucado a quienes quisieron creerle o que habían aceptado ser engañados, fue hallado culpable de todos los cargos presentados por la fiscalía. La comedia había terminado. Eichmann fue condenado a muerte en la horca, la pena de muerte no existía en Israel, porque los jueces consideraron: “Está probado fuera de toda duda que el reo actuó sobre la base de una identificación total con las órdenes y con una voluntad encarnizada de realizar los objetivos criminales”.

Eichmann subió al cadalso en la madrugada 1 de junio de 1962 en la prisión de Ramle. Entonces juzgó oportuno quitarse por completo el disfraz de contador, bibliotecario, funcionario o burócrata y dijo: “Larga vida a Alemania. Larga vida a Austria. Larga vida a Argentina. Nunca los voy a olvidar. Tuve que obedecer las reglas de la guerra y las de mi bandera. Estoy listo”.

Su cuerpo fue incinerado y sus restos dispersados en el Mediterráneo, fuera de las aguas territoriales de Israel, desde una nave de guerra y en presencia de algunos sobrevivientes del Holocausto.

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