
Estuvo en la lista de los millonarios del mundo que hacía por entonces la revista Forbes. Era parte de ese selecto grupo poderoso que suele verse en las películas. Pero un día también ingresó en otro listado, uno tétrico y nada glamoroso: el de los asesinos. Pasó de su mansión con custodio para seguridad personal a una celda también con guarda de seguridad.
Su nombre era John du Pont y fue condenado a prisión por lo que hizo el martes 25 de febrero de 1997. De esto se cumplen ahora 29 años.
Su crimen lo había cometido un año antes, el viernes 26 de enero de 1996, a las dos de la tarde. A plena luz del día y ante los ojos de dos personas más en Newtown Square, Pensilvania, Estados Unidos.
Matar por matar
Ese mediodía hacía frío y faltaban pocos meses para los Juegos Olímpicos de Atlanta de 1996. El atleta especializado en lucha libre Dave Schultz (36, ganador de una medalla olímpica de oro en 1984) entrenó duro antes de bajar del ring y salir del gimnasio.
Era la hora de almorzar. Iría hacia su casa en la que vivía desde hacía seis años con su mujer y sus dos hijos. Llegó, se sentaron a la mesa y, cuando estaban por comer, oyeron llegar un coche. Dave se asomó a la ventana y vio el Lincoln del dueño de esa granja donde vivían llamada Foxcatcher Farm, John du Pont (58).

Le dijo a su mujer “Es John” y salió a recibirlo. Fue hacia el auto que estaba estacionando con la mano en alto y una sonrisa en la cara, “¡Hola jefe!”. El famoso millonario, mecenas de deportistas, no abrió la boca, solo lo apuntó con el caño de un arma que Dave vio asomar por la ventanilla del coche. Alcanzó a decir, “¿Tenés algún problema conmigo...?”. La respuesta fueron tres tiros. Una de las balas lo derribó y murió.
Du Pont no estaba solo en el auto. Lo acompañaba su asesor de seguridad, Patrick Goodale. Un rato antes de apretar el gatillo de su Magnum calibre 44, du Pont había sacado el arma de su placard y le había ordenado a Goodale que lo acompañara hasta la casa del deportista Schultz donde para sorpresa de su custodio le disparó a matar.
Goodale, quien había sido oficial de la marina norteamericana, sacó una pistola pequeña que llevaba escondida al lado de su pierna y apuntó a du Pont mientras bajaba del auto. El millonario aceleró su auto y salió pitando hacia su casa ubicada a unos 500 metros, donde se atrincheró.
Nancy, la mujer de Dave Schultz, corrió hacia su marido, lo besó y mientras esperaban a emergencias le dijo que lo quería. Cuando llegaron los paramédicos y la policía, le preguntaron qué había pasado, por qué du Pont le había disparado a Dave. Ella, envuelta en lágrimas, les respondió a todos: “Porque está loco”.
Mientras el drama se desarrollaba en la familia del deportista, la mansión de la propiedad de John du Pont fue rodeada por 70 policías y un comando SWAT.
El error que hizo caer al asesino
John du Pont resistía parapetado. Tenía catorce armas, barriles de municiones y un rifle de asalto. Negociaba con la policía, que intentaba hacerlo salir, desde un teléfono celular que no funcionaba del todo bien. La línea fija de teléfono había sido quemada, un tiempo atrás, por el mismo dueño de casa durante uno de sus frecuentes brotes de locura. La policía quiso repararla y para hacerlo se colaron por un túnel hasta donde estaban los cables telefónicos. Como les resultaba difícil escuchar bien al sujeto optaron por apagar la calefacción ya que hacía demasiado ruido. Luego de arreglar la línea se retiraron olvidando volver a prender la caldera. Ese descuido fue crucial porque la mansión se enfrió y John du Pont, levantó el teléfono para preguntarles qué pasaba con su sistema de calefacción. Helado le avisó a la policía que iba a ir él mismo a prenderla. Como el aparato estaba en el exterior de la casa, du Pont tuvo que salir y lo hizo sin armas. Los policías vieron la oportunidad de apresarlo. Manos atrás de la cabeza. Quédese quieto. John du Pont pretendió correr para entrar de nuevo a su casa. No lo logró y fue capturado.
Lo sacaron frente a una hilera de periodistas y fotógrafos que estaban cómodamente sentados en hileras de sillas frente a la propiedad.
Habían pasado dos días.

Un chico rico sin amigos
John Eleuthère du Pont nació el 22 de noviembre de 1938 en Filadelfia, Estados Unidos. Fue el menor de los cuatro hijos del banquero William du Pont Jr y Jean Liseter Austin. Nació en cuna de oro: era el heredero de una de las grandes fortunas de los Estados Unidos. Su familia era infinitamente rica y dueña de una de las compañías químicas más grandes del mundo.
Las familias de su padre y su madre provenían de inmigrantes europeos a los que les había ido muy bien económicamente. Se crió en Liseter Hall, una mansión construida en 1922 por sus abuelos maternos, en Newton Square. Durante la década del 20 y 30 sus padres habían multiplicado su dinero comprando más tierras y nuevas cabañas de cría de ganado. A pesar de las comodidades, John no vivió una infancia feliz. Sus padres se divorciaron en 1941, cuando él tenía poco más de 2 años. Fue su madre quien se quedó viviendo en la mansión cuando sobrevino el divorcio y siguió trabajando con la cría de animales a la que sumó su pasión por un tipo de pony irlandés.
Dentro de la enorme casa y a pesar de no ser hijo único, John se sentía solo. El resto de sus hermanos estudiaba pupilo en exclusivos colegios. John era un chico demasiado tímido con comportamientos extraños. Su único amigo era el hijo del chofer de la familia. Con el tiempo descubrió que, en realidad, su madre le pagaba a ese chico para que simulara ser su amigo.
John du Pont creció y se convirtió en un joven excéntrico y ensimismado, que no se llevaba bien con sus hermanos mayores, Henry y las dos mujeres Jean y Evelyn. Tampoco tenía buena relación con su medio hermano más pequeño, William du Pont III, hijo de su padre con su segunda esposa.
Al graduarse del secundario en el colegio Haverford, ingresó a la Universidad de Pennsylvania. No duró ni un año. Abandonó e ingresó a otra institución en Miami, donde estudió bajo la tutela del científico Oscar T. Owre.
El deporte era una de sus grandes pasiones, pero no era lo suficientemente bueno en nada. Probó con natación, con pentatlones y, finalmente, se entusiasmó con la lucha libre. Sus aristocráticos padres se opusieron a esta última disciplina. No estaban para nada de acuerdo con que eligiera un deporte practicado por las clases bajas. John, no los escuchó y se obsesionó con el tema.
Antes de cumplir 19 años, en 1957, fundó el Museo de Historia Natural de Delaware que abrió sus puertas en 1972. Fue su director durante muchos años.
En 1965, al morir su padre, se convirtió en heredero. Poco después se licenció en Zoología y se anotó en un doctorado en Ciencias Naturales en la Universidad de Villanova, el que terminó en 1973. Para su trabajo de graduación John participó de numerosas expediciones científicas al Pacífico Sur y Filipinas. Como ornitólogo descubrió no menos de dos docenas de especies de pájaros. Si bien era un personaje estrafalario, sus aportes económicos a distintas causas le abrían siempre todas las puertas del poder.

En 1968, cuando tenía unos 30 años, John tuvo un accidente donde perdió sus dos testículos. Un caballo lo arrojó contra un cerco y se golpeó los genitales. Se le infectaron gravemente y se los tuvieron que extirpar. A partir de esto, los médicos le prohibieron la lucha libre y el joven comenzó a desarrollar características andróginas.
Casarse con “la espía rusa”
Otra de sus obsesiones fueron los sellos postales. En 1980, en forma anónima, consiguió obtener una de las estampillas más raras del mundo -databa de 1856 de la Guyana británica- pagando 935.000 dólares (hoy serían casi tres millones y medio de dólares). No se equivocó con la compra porque en junio de 2014, luego de su muerte, fue vendida en Sotheby ‘s por 9.5 millones de dólares (lo que equivale a unos 13 millones de dólares actuales). Que el que fuera su dueño hubiera sido el millonario preso por un crimen podría haber contribuido a que el precio escalara.
Su vida transcurría entre tres ideas fijas: la lucha libre, la filatelia y los pájaros. En eso estaba cuando, luego de un nuevo accidente -esta vez de tránsito- conoció a una terapista física. Su mano lastimada fue rehabilitada por Gale Wenk, que quedó deslumbrada con el hombre estrafalario de 45 años y con su abultada billetera.
En septiembre de 1983, John se casó con esta joven de 29 años, en la iglesia familiar ante 500 invitados. Una banda militar los recibió en la fastuosa fiesta de recepción y el cielo se llenó de magníficos fuegos artificiales. La novia se quedaba con uno de los solteros más ricos de la sociedad norteamericana que, además, era el presidente del Museo de Historia Natural de Delaware.
El matrimonio no duró. Vivieron juntos seis meses en los que Gale se asomó al infierno. Terminaron separados y ella lo demandó por la suma de 5 millones de dólares. Lo acusó de haberla querido estrangular, de haberla apuntado con un arma, de haberla intentado tirar dentro de la gran chimenea de la mansión para quemarla, de haber pretendido arrojarla desde el auto y de haberla amenazado con un filoso cuchillo.
En sus ataques, dijo ella, John la acusaba de ser una espía rusa.
El divorcio se concretó en 1985. Para ese entonces John du Pont tenía una fortuna que ascendía a los 200 millones de dólares (el equivalente a unos 471 millones de dólares actuales). Nunca trascendió cuánto le pagó John a Gale para zanjar la cuestión.
Un tiempo después, John se unió a su hermano Henry para enfrentar a sus hermanas mujeres y a su medio hermano menor en el control de la herencia familiar.

Zorros dinamitados
Mientras la batalla por los billetes de la familia sucedía, el objetivo deportivo de John se convirtió en manía. Quería crear un equipo olímpico de lucha libre que superara al de la Unión Soviética. No quería ver a su país en el podio rezagado detrás de los soviéticos. Pero John sabía que el apoyo, en aquel país, era importante. John quería hacer lo mismo en su tierra. El pondría lo que hiciera falta y fabricaría el sueño del equipo olímpico de lucha americano. Para conseguirlo, se le ocurrió destinar una de sus propiedades a la creación de un lugar especial donde los deportistas de la lucha libre, pentatlones y demás actividades vivieran y entrenaran a conciencia. Esos atletas norteamericanos recibirían los estímulos necesarios para la conquista de muchas medallas olímpicas.
En 1985, en una granja familiar de 330 hectáreas, abrió su centro de entrenamiento de 14.000 metros cuadrados cubiertos al que llamó Foxcatcher Farm. Además de la mansión principal contaba con varias casas, establos, pistas ecuestres, zonas de bosques además de las instalaciones deportivas. Era un lugar fantástico para ayudar a los equipos oficiales de Lucha Libre de los Estados Unidos y para otros deportes amateur. John se había ganado la simpatía de los norteamericanos con semejante inversión en su propiedad valuada en más de tres millones de dólares. Era uno de los primeros campos de entrenamiento en el mundo.
Para manejar el sitio puso al frente al medallista olímpico Dave Schultz quien se mudó al predio con su familia.
Dave había decidido aceptar el ofrecimiento, a pesar de que su hermano Mark Schultz había pasado por Foxcatcher Farm y le había advertido que el clima dentro de la granja no era el mejor. Dave apostó a quedarse, económicamente le convenía y mucho.
En el lugar convivían atletas, jóvenes promesas, bancadas por el capricho “dorado” del millonario du Pont.
Dave Schultz era sin dudas el deportista más destacado de todos los que estaban instalados en el establecimiento y enseguida se hizo amigo del excéntrico John. Dave parecía manejar las locuras y ocurrencias de su jefe con maestría.
John estaba feliz: por fin tenía algo propio por lo que luchar y un buen grupo de amigos a los que estimular.
Pero dentro de Foxcatcher Farm la vida no era fácil. Las borracheras de John -que se paseaba con un atuendo de lucha libre por todos lados- y las prácticas deportivas ilegales que enseñaba a sus deportistas empezaron a convertirse en moneda corriente.
La casera de una de sus casas contó que en esos tiempos John un día hizo explotar con dinamita unas cajas llenas de cachorros de zorro, recién nacidos. Había un alto grado de desquicie y mucha violencia contenida en lo que John emprendía. Por otro lado, era tan dadivoso con los políticos, tanto del partido republicano como del demócrata, que siempre conseguía lo que quería. En su colección de fotos en sus oficinas estaban la que los mostraban con líderes como Ronald Reagan, Gerald Ford, George Bush y Margaret Thatcher. Además se había convertido en apoyo para unos 700 mil niños que gracias a él y sus donaciones aprendían a nadar. Sus excentricidades salvaban vidas.
Las alertas de descarrilamiento estaban a la vista, pero nadie se animaba a enfrentar a un tipo que hacía tantas cosas que parecían buenas.
El complot de la banda de gansos
En agosto de 1988, un entrenador llamado Andre Metzger lo demandó por acoso sexual e intento de abuso. Se armó un revuelo. No era algo menor. Ese mismo año, un poco después, murió la madre de John.
El día del entierro de su madre llegó tarde, mal vestido y bebiendo alcohol. Había perdido el último eje que le quedaba. Ese mismo día se mudó a la casa que ocupaba Jean en Foxcatcher Farm. Se acentuó su paranoia y su conducta se volvió totalmente errática. Buscó refugio en el alcohol y en las anfetaminas. Hacia el año 1990 su conducta era alarmante. Un día le sacó el arma a uno de los hombres de su seguridad porque creyó que lo quería encerrar en una jaula. Tenía alucinaciones en las que veía personajes de Disney atravesando sus paredes. Cada vez estaba más pertrechado porque estaba convencido de que querían asesinarlo. Armado hasta los dientes y dominado por sus fantasmas y delirios, un día hizo llover balas sobre una hilera de gansos que caminaba por la chacra. Justificó su accionar porque dijo que alguien usaba magia negra en su contra. Y algo más: mandó a quitar los molinos hacían rodar el tiempo hacia atrás.
Preocupadísimo, decidió contratar más gente para su seguridad. Quería que chequearan que no hubiera túneles debajo de su casa.
En esos últimos tiempos empezó a echar con violencia a algunos de los luchadores que tenía alojados en la propiedad. A uno de ellos, Dan Chaid, le puso un arma en la cabeza para que se fuera de inmediato. Chaid fue a la policía para prestar declaración porque le pareció alarmante cómo estaba ese hombre: “Hice un reporte. Definitivamente, él estaba cada vez más cerca de lastimar a alguien”. Nadie hizo nada.
Poco después, John se obsesionó con el color negro porque decía que atraía la mala suerte. Así las cosas decidió expulsar de su granja a los luchadores de color. Entre ellos estaba nada menos que Kevin Jackson, ganador de la medalla de oro en Barcelona en 1992. No había ningún rasgo lógico en sus conductas, pero todos se lo dejaban pasar. Convencido de que había espionaje y complots en su contra John enloquecía un poco más cada día.
John du Pont mandó a instalar torres de vigilancia y alambrados adicionales en la granja y se manifestaba estaba obsesionado con la lealtad de su gente. Desconfiaba de todos y creía que se aprovechaban de su dinero. Hablaba de guerras imaginarias y sostenía que había amenazas que nadie podía constatar.
Dave Schultz lo notó. Era imposible no verlo. Pero sobreestimó su propia capacidad para manejar esas extravagancias. Se había convertido en la persona más cercana, en su confidente. No le temía.

Los delirios van a la cárcel
Joy Hansen Leutner, una triatleta de California que había vivido dos años en la granja de entrenamiento dijo que no podía creer lo que había pasado y sostuvo que du Pont la había ayudado a conseguir una nueva vida: “No hay posibilidades de que John en su sano juicio hubiera podido matar a Dave”. Claro, pero el problema era que ese hombre ya no tenía contacto con la realidad. John S. Custer Jr. también lo defendió: “Al momento del asesinato, John no sabía lo que estaba haciendo”.
Durante el juicio los expertos en psiquiatría sostuvieron que du Pont era un esquizofrénico paranoico que creía que Dave Schultz era parte del complot internacional para matarlo. Por ello había instalado sistemas de seguridad en su casa, para evitar que algún sicario entrara a asesinarlo cuando él bajara la guardia. Se pidió que se lo declarara no culpable por razones de salud mental.
No alcanzó lo que dijeron en su favor. El 25 de febrero de 1997 el jurado no aceptó considerarlo insano por locura. Por el contrario lo encontró culpable de asesinato en tercer grado y sostuvo que aunque enfrentara un claro deterioro mental, el acusado podía distinguir el bien del mal. Descartaron la premeditación. Fue sentenciado a pasar entre 13 y 30 años en la cárcel. Cumplidos los primeros trece años podría solicitar la libertad condicional.
Una vez hallado culpable, la viuda de Dave, Nancy Schultz, le inició un juicio. Todo terminó en un arreglo extrajudicial: la suma del acuerdo alcanzó los 35 millones de dólares de la época.
Los abogados de du Pont apelaron la condena a prisión y, en el año 2000, llegaron hasta la Suprema Corte de los Estados Unidos. Si algo sobraba en la familia era dinero para pagar a los mejores abogados, pero no alcanzó para dar vuelta el veredicto emitido.
La familia de Dave Schultz, que había iniciado acciones civiles contra él, ya había recibido antes de su condena una importante compensación económica de unos 40 millones de dólares de entonces antes de que fuera condenado en el proceso penal.
En enero de 2009, llegando a los 13 años de cárcel, pidió la libertad bajo palabra. Se le negó.
Su sentencia terminaría en enero de 2026, pero murió antes. A los 72 años, el 10 de diciembre de 2010. La causa fue EPOC (enfermedad pulmonar obstructiva crónica). Lo encontraron muerto a las 6.55 de la mañana en su celda del correccional Laurel Highlands. Fue enterrado tal cual lo dejó expresado en su testamento: con su traje rojo de lucha libre, en la exclusiva bóveda de la familia du Pont en el cementerio de Wilmington, en Delaware.
En su testamento (se cree que al morir tenía una fortuna equivalente hoy a casi 300 millones de dólares) John du Pont donó el 80 por ciento de su dinero al luchador libre búlgaro Valentin Yordanov, un campeón olímpico que se había entrenado en su granja. En junio de 2011 una sobrina de John, Beverly du Pont Gauggel y un sobrino William H. du Pont quisieron impugnar ese testamento. Esgrimieron que él no habría estado en su sano juicio cuando lo realizó porque en ese tiempo decía ser Jesucristo, el Dalai Lama o un zar ruso. La justicia no les dio la razón.
La única historia
En 2013 salió el libro Luchando con la locura. En 2014 se lanzó la película Foxcatcher, basada en los eventos. Steve Carell obtuvo por su papel una nominación a mejor actor en los Premios Oscar.
Mark Schultz se angustió mucho porque en la película se sugería que él y el asesino de su hermano, John du Pont, tenían una relación homosexual. El medio Washington Times escribió que se rumoreaba que habían sido amantes. Mark decidió escribir su propio libro sobre los hechos al que tituló: Foxcatcher: la verdadera historia del asesinato de mi hermano, la locura de John du Pont y la búsqueda de la medalla olímpica de oro.
Mark Schultz, que había nacido en 1960, también había sido campeón olímpico en Los Ángeles 1984 y campeón mundial en Budapest, en 1985, en lucha libre. Había vivido un tiempo en Foxcatcher Farm: “John me pagaría por luchar”, explicó. Estuvo de 1986 a 1988 y se fue porque se sintió ahogado por la atmósfera creada por du Pont. Mark dijo haber tenido la sensación de que había sido comprado por un salario de 70 mil dólares anuales. “Nosotros éramos sus trofeos”, escribió Mark de su mecenas, “Y si no querías estar exhibido en su pared... entonces amenazaba con destruirte”.
En 1990, du Pont reemplazó a Mark por su hermano Dave Schultz. Y ya sabemos lo que ocurrió después.
En 2015 ESPN Films puso en el aire El Príncipe de Pennsylvania, cuyo título fue extraído de una carta donde Dave Schultz le escribía al Príncipe Alberto de Mónaco negándose a convertirse en el entrenador del equipo monegasco de lucha libre. Y, en 2016, Netflix también contó la jugosa historia.
Millonarios asesinos hay muchos como el magnate chino Liu Han que fue ejecutado en 2015 en su país o el heredero multimillonario de bienes raíces Robert Durst condenado en 2021 por el crimen de una amiga veinte años antes. Pero, como dijimos al comienzo de esta nota, que haya integrado la lista de élite de los ricos de Forbes no ha habido otro. Al menos hasta ahora. O, a riesgo de ponernos conspiranoicos, que se sepa.
Últimas Noticias
Debut y despedida en Broadway: la obra que fue retirada tras una sola función y pasó a la historia como la “más fea del mundo”
El 22 de febrero de 1983, “Moose Murders” subió a escena en el Eugene O’Neill Theatre y no volvió a presentarse. El público empezó a abandonar la sala y la crítica la destrozó sin matices, convirtiéndola en un símbolo del desastre escénico

“La chica de la caja”: hacía dedo, confió en una familia con un bebé y terminó siete años esclavizada bajo su cama
En mayo de 1977, una pareja raptó a una joven de 20 años y la mantuvo encerrada en un ataúd de madera, donde fue sometida a torturas físicas y a un perverso control mental. La fachada de normalidad de sus captores ocultó uno de los casos de cautiverio más estremecedores de Estados Unidos

“Dios creó a los hombres y Samuel Colt los hizo iguales”: cuando patentaron el revólver más famoso de la historia
El 25 de febrero de 1836 quedó registrada la patente del primer revólver con un mecanismo giratorio de cinco tiros, que permitía disparar sin recargar. Por qué fue el arma preferida de los pistoleros del Oeste y la fama que le dieron las películas de Hollywood

La noche que el Congreso debatió el futuro de Isabel Perón: la trama de un pedido que fracasó y podría haber evitado el golpe
Mientras los precios y la desocupación iban en aumento, mientras crujían las internas tras el lockout patronal del 16 de febrero, la noche del 25, en el Parlamento se tejieron alianzas y traiciones. Esa noche, la Cámara de Diputados abordó la solicitud de tratamiento sobre tablas del pedido de juicio a María Estela Martínez de Perón. La maniobra no prosperó, pero la suerte de la presidenta estaba echada

La escabrosa historia de Amado Carrillo Fuentes, el narco que murió intentando cambiarse el rostro: su vida secreta en la Argentina y el misterio del león embalsamado
En Infobae al Regreso, Paulo Kablan reveló cómo el narco más buscado de México se refugió en Buenos Aires bajo identidad falsa, lavó millones, compró mansiones y dejó insólitos rastros: desde un león embalsamado hasta una fuga marcada por la muerte en un quirófano



