
A mediados del siglo XIX, el funcionamiento del cerebro seguía siendo un terreno lleno de incógnitas. Los médicos debatían cómo se organizaban el lenguaje y el pensamiento, sin contar con estudios por imágenes ni herramientas modernas de diagnóstico. La mayoría de las certezas se construían a partir de observaciones clínicas y, sobre todo, de autopsias.
En ese contexto, un paciente internado en un hospital de las afueras de París terminaría convirtiéndose, casi sin saberlo, en una pieza clave para entender cómo el cerebro produce el habla. Su caso, que en apariencia era uno más entre tantos, daría origen a uno de los descubrimientos más influyentes de la neurociencia.
En 1861, Louis Victor Leborgne llegó al hospital Bicêtre. No podía hablar: solo lograba pronunciar una única sílaba, “tan”, que repetía una y otra vez.
Incapaz de articular palabras, intentaba comunicarse mediante gestos, con evidente frustración. Ese sonido se transformó en su único vínculo con el mundo exterior y en el apodo con el que sería conocido dentro de la institución.

La singularidad de su situación no pasó inadvertida. Su caso comenzó a circular entre médicos y estudiantes hasta llamar la atención de Pierre Paul Broca, un joven médico que dedicaba su carrera a estudiar los mecanismos del lenguaje y su relación con el cerebro.
Para entonces, Leborgne llevaba más de 20 años internado y su estado físico se había deteriorado de manera progresiva. Primero perdió movilidad en el brazo derecho, luego en la pierna, hasta quedar postrado durante siete años.
Con el tiempo también perdió la visión, aunque conservaba signos claros de lucidez. Era capaz, por ejemplo, de señalar la hora exacta en un reloj, una muestra de que su capacidad intelectual seguía intacta pese a la imposibilidad de hablar.
Broca, la autopsia y el nacimiento de una teoría
Broca examinó a Leborgne en sus últimos días, cuando la gangrena —la necrosis o muerte del tejido vivo— y la inmovilidad anticipaban el final.
Documentó su estado con precisión clínica:“No podía producir más que una sola sílaba, que repetía dos veces sucesivamente; fuera cual fuera la pregunta, siempre respondía: tan, tan, acompañado de diferentes gestos. Por eso, en todo el hospital se le conoce solo por el nombre de Tan”, escribió, según citó Scientific American.

El 17 de abril de 1861, Leborgne falleció a los 51 años. La autopsia reveló un hallazgo decisivo: una lesión extensa en la parte posterior del giro frontal inferior del hemisferio izquierdo del cerebro.
Esa región, que más tarde sería conocida como el área de Broca, se convirtió en el primer indicio sólido de que una zona específica del cerebro estaba directamente vinculada con la producción del lenguaje. El cerebro de Leborgne fue conservado y aún hoy forma parte de colecciones científicas en París.
Meses después, Broca amplió sus observaciones al estudiar a otro paciente, Lazare Lelong, quien solo podía pronunciar cinco palabras. Tras su muerte, la autopsia mostró una lesión muy similar a la de Leborgne. El patrón se repetía.

Estos casos reforzaron una idea revolucionaria para la época: el lenguaje no se distribuye de manera uniforme en el cerebro, sino que depende de regiones específicas y de un hemisferio dominante, mientras que la comprensión y la inteligencia pueden mantenerse relativamente conservadas.
Hoy se sabe que la afasia de Broca se caracteriza por un habla lenta y dificultosa, con frases cortas y un gran esfuerzo para articular palabras, mientras que la comprensión suele preservarse. Puede aparecer después de un accidente cerebrovascular, un traumatismo o un tumor cerebral.
La revolución en la ciencia del cerebro
El descubrimiento de Broca no surgió de la nada. Décadas antes, distintos investigadores habían propuesto teorías sobre la relación entre el cerebro y el lenguaje. En 1770, Johann Gesner describió la llamada “amnesia del habla”. En 1824, Jean-Baptiste Bouillard sugirió que la función verbal podía localizarse en áreas concretas del cerebro.
Más tarde, Ernest Auburtin realizó experimentos que mostraban que presionar ciertas zonas del lóbulo frontal podía interrumpir el habla, aunque sus resultados pasaron casi inadvertidos.

En 1865, tras analizar 25 casos clínicos, Broca afirmó que la articulación verbal dependía de una región concreta del lóbulo frontal izquierdo. Según destacó Scientific American, esta conclusión marcó un punto de inflexión al demostrar que las funciones mentales podían localizarse en áreas específicas y que los hemisferios no cumplían exactamente los mismos roles.
Broca también anticipó un concepto central de la neurociencia moderna: la plasticidad cerebral. Propuso que algunas funciones podían reorganizarse con el tiempo y que otras regiones del cerebro podían compensar parcialmente las lesiones, especialmente mediante la rehabilitación.
Nuevas miradas y el legado de Broca
Con el avance de la ciencia, el modelo original de Broca fue revisado y ampliado. En 1906, el neurólogo Pierre Marie observó que la afasia podía deberse a lesiones más extensas, que incluían otras estructuras cerebrales además del área identificada inicialmente.
Décadas más tarde, en las décadas de 1970 y 1980, los investigadores comenzaron a entender que el lenguaje depende de redes complejas de neuronas y conexiones, y no de una única región aislada.

En 2007, gracias a técnicas modernas de resonancia magnética, un equipo liderado por Nina Dronkers, de la Universidad de California en Davis, volvió a analizar los cerebros de Leborgne y Lelong.
Detectaron daños en el fascículo longitudinal superior, una red de fibras que conecta distintas áreas relacionadas con el lenguaje. El hallazgo permitió concluir que la afasia de Broca está asociada a lesiones más amplias de lo que se pensaba originalmente.
Un enigma que sigue abierto
Aunque el modelo inicial fue corregido con el tiempo, su impacto permanece. El caso de “Tan” sigue siendo una referencia fundamental para comprender cómo el cerebro organiza el lenguaje y cómo puede adaptarse frente a una lesión.
Más de 160 años después, aquella observación clínica abrió el camino para estudiar la relación entre mente, cerebro y conducta con bases científicas. Hoy se sabe que el lenguaje surge de la interacción de múltiples redes neuronales, pero el aporte de Broca marcó el inicio de una nueva forma de pensar el funcionamiento del cerebro humano.
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