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El crimen organizado está detrás de la devastación de la Amazonía

La FACT Coalition alerta que la minería ilegal, la tala y el tráfico de fauna integran una economía delictiva global multimillonaria

Un nuevo informe reveló que las bandas del crimen organizado se expandieron a un tercio de las ciudades de la Amazonía brasileña
Helicópteros de la Agencia Nacional de Medio Ambiente (ANA) sobrevuelan un campamento minero ilegal durante una operación para intentar contener la práctica en territorio indígena Yanomami, estado de Roraima, Brasil, el 11 de febrero de 2023 (Foto AP/Edmar Barros, Archivo)
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Los crímenes ambientales en la Amazonía dejaron de ser actividades marginales asociadas a economías de subsistencia o redes locales informales. Según investigaciones recientes de la Coalición para la Responsabilidad Financiera y la Transparencia Corporativa (FACT Coalition), con sede en Washington; estos delitos forman hoy parte de una arquitectura criminal transnacional altamente organizada, impulsada por incentivos financieros comparables a los de las mayores economías ilícitas del mundo.

La tala ilegal, la minería ilícita de oro, el tráfico de vida silvestre y la pesca ilegal se integraron en un mercado global que genera hasta 281.000 millones de dólares anuales y crece casi tres veces más rápido que la economía legal, reconfigurando de manera profunda la relación entre crimen organizado, conservación y gobernanza ambiental.

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En los países amazónicos –como Brasil, Perú, Colombia o Ecuador– esta convergencia entre crimen organizado y destrucción ambiental se manifiesta con particular crudeza. Lejos de operar al margen del sistema, las redes criminales aprendieron a explotar sus grietas: áreas protegidas delimitadas “en el papel”, marcos regulatorios débiles, sistemas financieros opacos y cadenas de suministro globales que permiten blanquear productos ilegales hasta convertirlos en mercancías aparentemente legítimas. Como advierte FACT Coalition, la protección territorial resulta insuficiente cuando no se atacan las estructuras financieras que convierten la devastación ambiental en un negocio de bajo riesgo y alta rentabilidad.

La operación se ejecutó en una de las provincias de la Amazonía ecuatoriana. (Ejército ecuatoriano)
Militares ecuatorianos tras una operación que se ejecutó en una de las provincias de la Amazonía (Ejército ecuatoriano)

Uno de los ejemplos más claros es la minería ilegal de oro, que se convirtió en un motor central del crimen organizado en la región amazónica. En países como Colombia y Perú, la extracción ilícita genera hoy más ingresos para los grupos criminales que el narcotráfico tradicional.

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El oro, a diferencia de la cocaína, enfrenta menores niveles de persecución penal, goza de precios internacionales elevados y puede integrarse con relativa facilidad al comercio formal mediante empresas fachada, refinerías cómplices y vacíos regulatorios en los mercados de destino. De acuerdo con un informe de FACT Coalition, cerca del 80 % del oro exportado desde Colombia hacia Estados Unidos tendría origen ilegal, mientras que Perú concentra casi la mitad del comercio ilícito de oro en América Latina.

Este fenómeno no solo acelera la deforestación y la contaminación por mercurio de ríos amazónicos, sino que también refuerza dinámicas de violencia, corrupción e impunidad. Comunidades indígenas y poblaciones rurales quedan atrapadas entre economías ilegales, presencia armada y Estados incapaces de ejercer control efectivo. La minería ilegal avanza dentro de territorios indígenas y áreas protegidas, financiando estructuras criminales que diversifican sus actividades hacia otros delitos ambientales y no ambientales, desde el tráfico de personas hasta el lavado de activos.

Miembros de la comunidad indígena Waorani se alinean durante una reunión de guardias indígenas de comunidades de toda la región, que buscan defender los recursos naturales de la Amazonía de la explotación, en Sinangoe, Ecuador, el 4 de diciembre de 2025 (REUTERS/Karen Toro)
Miembros de la comunidad indígena Waorani se alinean durante una reunión de guardias indígenas de comunidades de toda la región, que buscan defender los recursos naturales de la Amazonía de la explotación, en Sinangoe, Ecuador, el 4 de diciembre de 2025 (REUTERS/Karen Toro)

En este contexto, defender la naturaleza se ha vuelto una actividad de alto riesgo: América Latina sigue siendo la región más peligrosa del mundo para los defensores ambientales, con decenas de asesinatos cada año vinculados a conflictos por el control de recursos naturales.

La Amazonía no es un caso aislado, sino parte de un patrón global. Investigaciones de WWF y la Environmental Investigation Agency muestran que los delitos ambientales constituyen ya la tercera mayor actividad criminal transnacional, solo por detrás del narcotráfico y la falsificación. Estas economías ilícitas operan a través de redes sofisticadas que cruzan múltiples jurisdicciones, combinan delitos ambientales con financieros y se sostienen gracias a la complicidad —activa o pasiva— de actores del sistema legal, incluidos intermediarios financieros, empresas, funcionarios corruptos y vacíos en la supervisión estatal.

Uno de los elementos más preocupantes es la normalización de estas actividades dentro de la economía global. La madera ilegal, el oro extraído ilícitamente o los productos de vida silvestre no permanecen en mercados clandestinos; atraviesan fronteras, ingresan a cadenas de suministro formales y terminan en mercados internacionales sin que el consumidor final pueda rastrear su origen real. Esta desconexión entre el lugar del daño ambiental y el punto de consumo final debilita los incentivos para actuar y diluye responsabilidades, permitiendo que los beneficios económicos se concentren lejos de los costos sociales y ecológicos.

crédito Camilo García / Colprensa
La Amazonía colombiana se convirtió en la mina de oro para los grupos armados ilegales y el crimen organizado carne, cocaína y oro (Créditos: The Guardian)

Ante este escenario, los avances normativos internacionales han sido limitados y fragmentarios. Aunque en foros multilaterales crece el reconocimiento de los delitos ambientales como una amenaza equiparable a otras formas de crimen organizado, persisten vacíos críticos. Según la Environmental Investigation Agency, los marcos actuales carecen de definiciones comunes, sanciones homogéneas y mecanismos robustos de cooperación internacional que permitan perseguir no solo a los ejecutores locales, sino a los beneficiarios finales y a las estructuras financieras que sostienen estas economías ilícitas .

FACT Coalition insiste en que la clave para revertir esta tendencia no está únicamente en ampliar áreas protegidas o reforzar la vigilancia territorial, sino en seguir el rastro del dinero. Sin medidas efectivas contra el lavado de activos, sin transparencia sobre los beneficiarios reales de empresas y sin controles estrictos en los mercados de destino, los delitos ambientales seguirán siendo una opción racional para el crimen organizado.

Desde esta perspectiva, la Amazonía se convirtió en un laboratorio donde se pone a prueba la capacidad del sistema internacional para enfrentar economías ilícitas que operan a escala global.

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