“No me gustan los lunes”: la joven de 16 años que disparó 36 veces contra una escuela con el rifle que su papá le regaló en Navidad

El ataque del 29 de enero de 1979 dejó dos muertos, nueve heridos y una frase que se volvería símbolo del horror y la banalidad de la violencia armada en Estados Unidos

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Brenda Ann Spencer recibió una
Brenda Ann Spencer recibió una condena de entre 25 años de prisión y cadena perpetua por el ataque en la escuela primaria Grover Cleveland (AP)

Lunes 29 de enero de 1979. La rutina de la semana comenzó como tantas otras en San Diego, California. El día de invierno tenía temperaturas agradables y el cielo despejado acompañaba las actividades matutinas de la escuela primaria Grover Cleveland, ubicada en un barrio residencial de clase trabajadora. Como era habitual, los niños y niñas llegaban a clases tomados de la mano de sus padres, con mochilas cargadas de cuadernos y la ansiedad propia del inicio de la semana.

Nada podía anticipar la tragedia que se desató en la escuela de una sola planta, rodeada de casas bajas, jardines cuidados y calles tranquilas. Pero al otro lado de la calle, en una vivienda más, vivía Brenda Ann Spencer, una adolescente de 16 años que había crecido en un contexto familiar marcado por el aislamiento, los conflictos y la presencia cotidiana de armas de fuego.

Minutos después de las ocho de la mañana, cuando los estudiantes comenzaban a reunirse en el patio antes de entrar a clase, el sonido seco de un disparo rompió la calma. Luego otro. Y otro más... En cuestión de segundos, todo se transformó en pánico.

Brenda Ann Spencer durante su
Brenda Ann Spencer durante su infancia en San Diego, años antes del ataque a la escuela primaria Grover Cleveland

Una adolescente armada

Brenda Ann Spencer nació el 3 de abril de 1962 en San Diego, California, y fue la menor de los tres hijos del matrimonio entre Dorothy Hobel y Wallace Spencer. Su infancia quedó marcada de forma temprana por la fractura del núcleo familiar: en 1972, cuando tenía apenas nueve años, su madre pidió el divorcio luego de descubrir las reiteradas infidelidades de su esposo. Pero esa separación no fue solo un trámite judicial entre la pareja sino el inicio de un derrumbe silencioso...

Tras el divorcio, Brenda quedó bajo la custodia de su padre. Años más tarde, recordaría el período de convivencia como una etapa de pobreza extrema y abandono. Durante audiencias de libertad condicional, contó que ambos dormían sobre un único colchón tendido en el suelo del comedor, rodeados de botellas vacías de alcohol. También denunció haber sufrido “negligencia total” por parte de su madre y abuso sexual por parte de su padre, acusaciones que fueron negadas por ambos progenitores y que nunca pudieron comprobarse judicialmente.

En la escuela, Brenda no se destacó. Aunque mostró talento como fotógrafa —al punto de ganar un primer premio en un concurso organizado por la Humane Society of the United States—, se mantenía distante del mundo académico. Más tarde asistió a la escuela secundaria Patrick Henry, donde algunos profesores la recordarían como una alumna apática, que solía quedarse dormida en clase.

Pánico: policías y maestras evacúan
Pánico: policías y maestras evacúan la escuela durante los disparos de Spencer

Más allá de su bajo rendimiento escolar, su conducta comenzó a encender señales de alarma antes de 1979. A comienzos de 1978, el personal de un centro para estudiantes con problemas de conducta —al que había sido derivada por sus reiteradas faltas escolares— avisó a sus padres que la joven tenía tendencias suicidas. Esa falta de conducta no era solo en la escuela: ese mismo año, comenzó a merodear el vecindario disparando contra aves con armas de aire comprimido. La escalada culminó con su arresto, luego de que algunos disparos impactaran en las ventanas de la escuela primaria Grover Cleveland, y posteriormente por un robo.

Pese a esos antecedentes, Brenda quedó en libertad condicional. En diciembre de 1978 fue sometida a una serie de evaluaciones psiquiátricas, a pedido de su agente de libertad condicional, que recomendó que la internaran en un hospital psiquiátrico debido a un cuadro de depresión severa. Pero nunca se concretó: su padre negó la autorización y Brenda se negó a ingresar voluntariamente. Las advertencias quedaron archivadas.

Pese a ese punto de inflexión en su estado, como regalo de Navidad, su padre le dio un rifle semiautomático Ruger 10/22 calibre .22, equipado con mira telescópica y acompañado por 500 cartuchos. “Yo pedí una radio y me dieron un rifle”, dijo en referencia al arma ya detenida. Cuando le preguntaron por qué creía que su padre le había hecho ese regalo, respondió: “Para que me suicidara”.

Brenda fue encontrada culpable por
Brenda fue encontrada culpable por la muerte de dos personas

El día del ataque

Al momento del ataque, Brenda tenía 16 años; medía alrededor de 1,57 metros, era muy delgada y llamaba la atención por su larga cabellera rojo brillante. Vivía con su padre en una casa ubicada justo frente a la escuela primaria Grover Cleveland, separada del patio escolar por una calle residencial, demasiado estrecha para contener lo que estaba por suceder.

Vecinos y conocidos la describían como una adolescente solitaria, hostil hacia la autoridad y abiertamente despreciativa de la policía. Algunos recordaron haberla escuchado decir que iba a dispararle a un oficial o hacer “algo importante” para aparecer en televisión, comentarios que al momento de hacerlos fueron tomados como provocaciones aisladas.

Ese lunes 29 de enero de 1979, a las 8:30 de la mañana, Brenda Spencer decidió ser noticia y usar su regalo de Navidad... Abrió fuego desde su casa contra los pequeños alumnos que esperaban a que el director, Burton Wragg, de 53 años, abriera las puertas de la escuela.

No tuvo piedad. Primero hirió a Cam Miller, de nueve años, porque —según declaró luego— llevaba puesto su color favorito: azul. Siguió disparando sin control, y una de esas balas impactó mortalmente en Wragg cuando él y la maestra Daryl Barnes intentaban proteger a los alumnos heridos. No se detuvo. Apuntó al conserje Mike Suchar, de 56 años, quien fue alcanzado por un disparo letal mientras intentaba poner a salvo a un estudiante. Finalmente, hirió en el cuello a Robert Robb, un agente de policía de 28 años que fue uno de los primeros en llegar a la escena.

El caos se apoderó del barrio. Las maestras arrastraban a los niños hacia las aulas, madres y padres corrían desesperados y los vecinos buscaban refugio. Algunos testigos relataron que los disparos parecían “interminables” y que la sensación de peligro era constante. Para evitar más víctimas, la policía bloqueó la línea de fuego cruzando un camión de basura frente a la entrada de la escuela.

Spencer efectuó un total de 36 disparos antes de atrincherarse en su casa durante varias horas. Desde allí, habló por teléfono con el periodista Gus Stevens, del diario Evening Tribune, que llamó al azar a las casas vecinas para obtener información y ella misma atendió el teléfono. Durante la conversación, distendida para su sorpresa, Brenda admitió ser la tiradora y pronunció la frase que pasaría a la historia: “No me gustan los lunes. Esto me alegra el día”. A los negociadores de la policía les aseguró que los niños y adultos a los que había disparado eran “blancos fáciles” y que planeaba salir disparando. Finalmente, tras largas negociaciones, la policía logró que se entregara a cambio de una comida gratuita en Burger King.

Brenda Spencer al salir del
Brenda Spencer al salir del juzgado luego de declarar en una de las audiencias previas al juicio que se llevaría en su contra (AP Photo/Nick Ut)

La detención

Finalmente, tras varias horas de negociación, Brenda Ann Spencer accedió a entregarse. La adolescente fue escoltada por la policía, mientras el vecindario comenzaba a recomponerse del caos que había atravesado horas antes. La tensión que había marcado la mañana dejó paso a un silencio inquietante: padres abrazaban a sus hijos, maestros intentaban reorganizar la rutina y vecinos procesaban el horror.

Bajo custodia, Brenda fue trasladada a la comisaría, donde permaneció mientras los investigadores reconstruían la secuencia de los disparos y recopilaban testimonios de testigos. Durante las entrevistas y primeras evaluaciones, quedó en evidencia el patrón de comportamientos preocupantes que había acumulado años antes del ataque. Desde sus comentarios sobre dispararle a un oficial hasta los arrestos previos por allanamiento y daño a la propiedad, todo parecía anticipar la tragedia de aquella mañana. Su entorno familiar y su historia de abandono se convirtieron en piezas clave para comprender, sin justificar, la violencia que fue capaz de desatar.

Las pericias psicológicas posteriores a su detención revelaron la existencia de una lesión en uno de los lóbulos temporales de su cerebro, atribuida a un accidente en bicicleta sufrido años atrás. Expertos señalaron que esa lesión podía influir en su impulsividad y falta de control emocional, aunque los tribunales determinaron que Brenda era plenamente consciente de sus actos al momento del ataque.

Una vez arrestada, toda la atención mediática quedó en el proceso judicial que debía llegar sobre ella, mientras las familias de las dos víctimas fatales y de los nueve heridos enfrentaban el dolor y la conmoción, exigiendo respuestas y justicia para sus hijos.

En la actualidad tiene 63
En la actualidad tiene 63 años, sigue detenida, y en febrero de 2025 su pedido de libertad le fue denegada; y no será elegible para una nueva audiencia hasta 2028

La condena

El juicio contra Brenda Ann Spencer se realizó en 1980. La defensa presentó informes psiquiátricos sobre su depresión severa, inestabilidad emocional y antecedentes de conducta problemática, buscando matizar su responsabilidad. El tribunal, sin embargo, determinó que la joven era consciente de sus actos y plenamente responsable, ya que hubo planificación y ejecución deliberada del ataque.

Durante el proceso, los testigos la describieron como una adolescente solitaria y hostil, con comportamientos peligrosos acumulados a lo largo de los años. Su historia familiar, el aislamiento y los contactos previos con servicios sociales se consideraron contextos relevantes, pero no atenuantes: la gravedad de los asesinatos y los intentos de homicidio prevaleció.

La sentencia fue ejemplar: dos penas concurrentes de entre 25 años y cadena perpetua, con un mínimo de 25 años antes de poder solicitar libertad condicional. Todas sus solicitudes posteriores fueron denegadas, en parte por la magnitud del crimen y por sus declaraciones de desprecio hacia los actos cometidos.

El impacto cultural fue inmediato. La frase que pronunció durante el atrincheramiento, “No me gustan los lunes”, recorrió periódicos, radios y noticieros, convirtiéndose en un símbolo de la banalidad de la violencia. A nivel institucional, el ataque a la escuela Grover Cleveland abrió un debate temprano sobre la violencia escolar en Estados Unidos: jóvenes con acceso a armas de fuego cometiendo actos de violencia en entornos escolares y la necesidad de sistemas de prevención y seguimiento de la salud mental.

Con el tiempo, la escuela fue reconstruida y la comunidad intentó sanar. Sin embargo, el recuerdo de aquel ataque permanece como advertencia dolorosa. El juicio y la condena de Brenda Spencer cerraron un capítulo judicial, pero inauguraron una larga y triste serie de episodios de violencia escolar en Estados Unidos.

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