El día que abrió el Cavern Club: el refugio subterráneo que vio nacer a Los Beatles y encendió la revolución musical en Inglaterra

El 16 de enero de 1957 nació en Liverpool el mítico club que fue escenario decisivo del surgimiento del rock británico y cuna espiritual de los “Fabulosos Cuatro″. Las otras bandas que pasaron por allí

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Entrada de The Cavern en
Entrada de The Cavern en 1963 (wikipedia)

Apenas habían pasado unos minutos de la tarde del 16 de enero de 1957 cuando un pasaje angosto de Mathew Street cobró vida. Bajo la calle húmeda y gris, en un sótano estrecho y vibrante, comenzaba a latir la historia de uno de los espacios más influyentes de la música del siglo XX. Nadie podía prever que aquel recinto cargado de euforia juvenil terminaría convertido en un faro cultural capaz de atravesar décadas.

En sus primeros años, la programación se movía entre el jazz, el skiffle y los nuevos sonidos que cruzaban el Atlántico en los barcos del puerto. Liverpool, ciudad obrera en plena reconstrucción, necesitaba un lugar donde las ideas respiraran con libertad y el ruido se transformara en identidad. Allí, bajo luces tenues, entre amplificadores rudimentarios y el eco metálico de guitarras y baterías, comenzó a tomar forma una comunidad musical distinta a cualquier otra.

Aquella guarida marcada por el sudor, los ladrillos húmedos y la vibración constante del público se convertiría muy pronto en el hogar de una banda adolescente que aún buscaba su nombre definitivo. The Beatles harían de ese escenario su sala de ensayo, su escuela sin manuales y el primer compás de una historia destinada a cambiar la música popular.

The Cavern Club de Liverpool,
The Cavern Club de Liverpool, entre 1957/ 1958, cuando el público se sentaba a escuchar jazz (wikipedia)

Liverpool: ciudad de puerto y cuna de un mito

A mediados de los años cincuenta, Liverpool era una ciudad de contrastes. Sostenida por el trabajo portuario, marcada por las cicatrices aún visibles de la Segunda Guerra Mundial y atravesada por influencias culturales que llegaban por mar, vivía un tiempo de reconstrucción material y búsqueda de identidad. A diferencia de otras ciudades inglesas, allí circulaban discos recién desembarcados con rhythm & blues, country, rockabilly y jazz importado desde Nueva Orleans o Chicago. En ese cruce de sonidos y tensiones sociales, la música se convirtió en una vía de escape y, también, en una promesa.

Bajo esa ciudad inquieta, literalmente debajo de sus calles, se escondía un espacio cargado de pasado: en el número 10 de Mathew Street, un sótano abovedado de ladrillos había sido construido como refugio antiaéreo durante el Blitz, la campaña de bombardeos nazis que golpeó al Reino Unido. Más de una década después del fin de la guerra, el sótano, ubicado bajo un almacén de frutas, había dejado atrás su función defensiva y estaba listo para un destino menos trágico: la música. Durante los meses cálidos, el aroma de las frutas tropicales almacenadas se impregnaba en los ladrillos de arena; cuando el club se llenaba de adolescentes bailando y fumando, ese aroma quedaba adherido a la ropa, y bastaba cruzar una parada de colectivo para reconocer a un visitante del sótano, por su “perfume de caverna”.

El 16 de enero de 1957, Alan Sytner abrió allí The Cavern. Su proyecto había nacido de un viaje a París, donde Le Caveau de la Huchette le mostró que un sótano podía ser un territorio fértil para la música. El nombre elegido combinaba esa herencia parisina con un guiño al mundo subterráneo del circuito underground, donde los artistas circulaban lejos del centro pero cerca de la posibilidad de despuntar. La entrada era barata, el ambiente informal y acogedor; estudiantes, trabajadores del puerto y músicos aficionados comenzaron a reunirse noche tras noche en aquel espacio de techos bajos, luces tenues y ladrillos mojados por la humedad.

El destacado mural del Cavern
El destacado mural del Cavern Club (wikipedia)

Aunque la inauguración estuvo marcada por la Merseysippi Jazz Band y un cartel diseñado por Tony Booth, la programación exclusivamente jazzera pronto chocó con el pulso de Liverpool. El skiffle, un sonido crudo y directo, empezó a abrirse paso entre los jóvenes y a transformar el club en un laboratorio musical. El primer acercamiento de los Quarrymen, gracias a Nigel Walley, amigo y representante informal del grupo, llegó el 7 de agosto de 1957. El joven llamado John Lennon rompió las reglas al tocar “Don’t Be Cruel” de Elvis Presley, recibiendo una nota escrita a mano de Sytner (el dueño) que decía: “Dejen de tocar rock and roll”. Aun así, algo había cambiado para siempre.

Paul McCartney debutó en el club con los Quarrymen el 24 de enero de 1958, y George Harrison lo hizo el 9 de febrero de 1961 durante una sesión de almuerzo. Con el skiffle como catalizador, el sótano se convirtió en el ligar donde músicos de distintos barrios probaban repertorios, formaban bandas efímeras y tocaban hasta la madrugada.

“El jazz era para los mayores. Nosotros queríamos algo que fuera nuestro”, recordaría McCartney años después. Allí se gestó el Merseybeat, el sonido distintivo de Liverpool que pronto dominaría las listas británicas e internacionales.

En 1959, Sytner vendió el Cavern Club a Ray McFall y se mudó a Londres. Bajo la nueva dirección, las bandas beat y de blues ocuparon regularmente la programación. El 25 de mayo de 1960 se celebró la primera Noche Beat, con Rory Storm and the Hurricanes —con Ringo Starr en la batería— como número central. Poco después, Bob Wooler se convirtió en presentador y organizador.

The Beatles en The Cavern

Donde los Beatles encontraron su escenario

El 9 de febrero de 1961, The Beatles subieron por primera vez al escenario del Cavern, tras regresar de Hamburgo, donde las noches interminables en clubes como el Indra y el Kaiserkeller habían endurecido su sonido y afilado su presencia escénica. El público, acostumbrado a los sonidos locales más suaves, quedó impactado, al punto de que algunos pensaron que se trataba de una banda alemana, por el anuncio que mencionaba Hamburgo y por la seguridad con que tocaban cada nota. Aquella primera noche no fue solo un concierto: fue la inauguración de una relación intensa y vertiginosa entre los jóvenes músicos y su audiencia, que pronto sería histórica.

Entre 1961 y 1963, Los Beatles tocaron en el Cavern 292 veces. Cada presentación era un ensayo público en el que adaptaban canciones nuevas, probaban arreglos, respondían a los gritos del público y afinaban un repertorio cambiante que debía mantener a los asistentes al borde de la butaca. “Era como una olla a presión. El sudor caía del techo y nosotros simplemente tocábamos más fuerte”, recordaría George Harrison. Las sesiones de almuerzo (literalmente ocurrían entre las 12:00 y 14:00 horas), con su ritmo implacable y público ansioso, eran tan legendarias como los conciertos nocturnos. Cada aplauso, cada grito, enseñaba a Los Beatles a dominar el escenario, a medir la energía de la multitud y a consolidar su estilo único.

El Cavern no solo les dio un espacio físico sino que les proporcionó un laboratorio creativo. Allí, John, Paul, George y Pete Best (hasta el 16 de agosto de 1962) exploraron cómo los sonidos de Hamburgo podían fusionarse con el skiffle local y las canciones que emergían de la juventud de Liverpool. Cada noche hacían algo nuevo, como sostener la atención del público, improvisaban solos, convertían un pequeño sótano en un escenario que parecía más grande de lo que era. Esa experiencia fue crucial para el carácter energético y directo que definiría al grupo cuando llegó el momento de grabar sus primeros éxitos.

Los Beatles en plena actuación
Los Beatles en plena actuación en el Cavern

Un punto de quiebre llegó el 9 de noviembre de 1961, cuando Brian Epstein, dueño de la tienda de discos NEMS, fue a una de sus actuaciones tras la insistencia de varios clientes, que pedían incansablemente su música. Lo que vio lo convenció de inmediato: esa banda había encontrado su voz y su estilo definitivo en ese sótano.

“Vi a estos jóvenes en jeans y chaquetas de cuero y supe que estaba ante algo especial”, diría años después. Epstein se convirtió en su mánager y comenzó a trazar un camino que los llevaría de Liverpool al mundo.

Para agosto de 1963, la Beatlemanía ya era imparable. La última presentación en el Cavern, el 3 de agosto, fue una despedida más que un cierre. Las chicas gritaban antes de que sonara la primera nota, el club estaba al límite de su capacidad, y los músicos tuvieron que mezclarse entre la multitud para poder salir. Esa noche selló la transformación del Cavern y pasó de ser un pequeño club de jazz a trampolín hacia la fama mundial del grupo más importante del rock.

La escultura de John Lennon
La escultura de John Lennon frente al Cavern Pub fue inaugurada el 16 de enero de 1997 (wikipedia)

Más allá de Los Beatles

Tras la partida de Los Beatles, el Cavern no perdió su pulso. Bandas locales como The Hideaways se convirtieron en residentes, acumulando más de 400 shows y convirtiéndose en la banda con mayor cantidad de presentaciones en la historia del club. Al mismo tiempo, artistas internacionales sumaron su nombre a la leyenda: Rolling Stones, Yardbirds, Hollies, Kinks, Elton John, Black Sabbath, Queen, The Who y John Lee Hooker, entre muchos otros.

El club también fue trampolín para solistas que marcarían la historia del pop británico. Cilla Black, por ejemplo, comenzó trabajando como camarera antes de ser descubierta como cantante, mientras que Rory Storm and the Hurricanes ofrecían un semillero de talento que nutrió el sonido de Liverpool. A través de los años, el Cavern resistió cierres temporales, inundaciones y reconstrucciones parciales, pero logró mantener intacta su identidad.

Hoy sigue siendo un destino obligado para los turistas que quieren conocer de cerca los escenarios donde Los Beatles comenzaron su carrera en Liverpool. La música, los relatos históricos y las fotografías conviven en el Cavern más allá del recorrido turístico: el club continúa siendo un espacio de encuentro, experimentación y proyección artística. Es un símbolo del rock británico nacido en Liverpool que, desde un subsuelo de ladrillos, terminó por cambiar el pulso de la cultura popular.

El Cavern Club es, más que un escenario, un testimonio vivo de la transformación cultural de todo un siglo. Cada ladrillo guarda el eco de generaciones de músicos y de públicos que encontraron allí un refugio.

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