Edmund Hillary, el hombre que tras conquistar la cima del Everest entendió que había algo más importante

Fue uno de los dos primeros escaladores en pisar el techo del mundo, sobrevivió a la guerra y sufrió una tragedia personal en Nepal. A 18 años de su muerte, la huella que dejó va mucho más allá de su proeza

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Antes de convertirse en uno
Antes de convertirse en uno de los primeros hombres en alcanzar la cima del Everest junto al sherpa Tenzing Norgay en 1953, Edmund Hillary fue apicultor

Edmund Hillary, el primer hombre en conquistar el Everest, solía decir que lo más importante no fue llegar a la cima, sino lo que llegó después, como una puerta de entrada a su labor como filántropo en la fundación Himalayan Trust, una muestra de gratitud hacia aquellos que lo ayudaron a llegar a lo más alto.

Tras el ascenso al Everest en 1953, el ya célebre escalador regresó varias veces a Nepal. En 1960, durante una expedición científica, un líder sherpa le contó que sus hijos no tenían escuelas donde educarse. De esas conversaciones nació su fundación.

Su infancia y pasado como apicultor

Edmund Percival Hillary nació el 20 de julio de 1919, en Auckland. Su padre Percival Augustus había servido en el ejército en su juventud en Galípoli bajo el 15.º regimiento (Auckland del Norte) y luego de haber sido dado de baja por cuestiones de salud se casó con su madre, Gertrude Clark, de ascendencia inglesa y un padre relojero. La precisión estaba en sus genes.

Corría 1920 cuando su padre recibió un terreno en el Tuakau, en el Sur de Auckland como reconocimiento por ser soldado. Allí fue donde este retomó su labor de periodista y fundó el periódico semanal Tuakau District News, además de convertirse en apicultor. Edmund era el hijo mediano. Tenía una hermana llamada June, nacida dos años antes que él, y un hermano, Rex Fleming, un año menor.

Su madre quiso asegurarse de que Edmund recibiera una muy buena educación, sin importarle el trayecto que debía recorrer a diario en tren y bicicleta de una hora, cuarenta minutos, de ida y otros tantos de vuelta. Eso implicaba que debía levantarse muy temprano y regresar a las seis de la tarde. Edmund sostuvo esa rutina a lo largo de 3 años y medio, que se traducía también en una ausencia de actividades extraescolares por falta de tiempo y tiempo compartido con sus compañeros. Es muy probable que esa disciplina haya moldeado su carácter.

Sir Edmund Hillary (izquierda) y
Sir Edmund Hillary (izquierda) y el montañista George Lowe en la sede de la Royal Geographical Society en Londres. Hablaban sobre sus funciones en la próxima Expedición Antártica Británica, dirigida por la Dra. Vivian Fuchs

De ser tímido y el más pequeño de la clase pegó un estirón de hasta el 1, 90 m. Su gran altura y unas clases de boxeo le dieron la confianza en sí que nunca había tenido. Fue a los 16 años cuando se despertó su pasión por la montaña, con actividades de senderismo. Fue durante un viaje escolar al monte Ruapehu en 1935, que fue revelador. Advirtió que se sentía más a gusto en medio de la naturaleza que entre carpetas y libros. Cuando se inscribió en la Universidad de Auckland se anotó en el club de senderismo. Después de dos años estudiando con fastidio matemáticas y ciencia, cerró las carpetas y se dedicó a aquello que realmente le gustaba.

Al dejar de estudiar, comenzó a dedicarse con su padre y hermano Rex a la apicultura. Tenían 1600 colmenas a su cargo, miles de cajas de miel e innumerables abejas con el aguijón listo para picar. Por esos tiempos, su progenitor fundó una revista sobre esta temática, The N. Z. Honeybee. Su madre se hizo conocida por alimentar y vender abejas reina.

Luego de sumarse a las filas de Herbert Sutcliffe junto a su familia, quien predicaba su filosofía de Vida radiante, Edmund tomó clases para formarse como maestro y hasta llegó a dar conferencias. En 1939 logró su primera cumbre importante, en el monte Ollivier, cerca del monte Cook, en los Alpes del sur. Este desafío le trajo a sus primeros amigos auténticos Harry Ayres y George Lowe.

El Everest, con sus 8.848
El Everest, con sus 8.848 metros de altura, fue durante décadas el gran desafío pendiente del alpinismo mundial y Edmund Hillary fue el explorador que cumplió la hazaña

Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, Edmund había pensado en alistarse en la Real Fuerza Aérea de Nueva Zelanda, sin embargo, se echó atrás, al sentirse acosado por su “conciencia religiosa”. De todas maneras, la decisión se escapó de sus manos. Tenía 24 años cuando fue reclutado de manera forzosa como parte del esfuerzo aliado en el Pacífico, debido a la expansión de Japón. En 1943 fue asignado como navegante en aviones Catalina, que realizaban patrullas marítimas y misiones de reconocimiento en el Pacífico Sur. Su tarea era fundamental para la orientación y seguridad de la tripulación. Durante una misión, el avión en el que viajaba tuvo un accidente, que le dejó una quemadura grave.

Después del paréntesis de la guerra, Edmund Hillary dejó de a poco ser un humilde apicultor para transformarse en un legendario escalador.

Tenía 31 años cuando ascendió por primera vez los Alpes de Suiza y Austria. En 1951, junto a otros tres montañistas noeozelandeses comenzaron a planear un ascenso al Himalaya, en las montañas de Garhwall de la India. Allí realizaron la primera escalada de seis cimas de más de 6 mil metros, todavía vírgenes.

De ahí en más, comenzó el propio ascenso de Hillary como escalador. Desde Inglaterra, Eric Shipton, lo invitó a una expedición de reconocimiento del Everest, la montaña más alta del mundo, en la cordillera del Himalaya, en la frontera entre Nepal y el Tíbet. Su altura oficial es de 8.848,86 metros sobre el nivel del mar. El neozelandés aceptó el reto de inmediato.

Por la invasión China al Tibet no tenían acceso por la vertiente norte, el único conocido hasta este momento. De manera que la expedición se aventuró por una ruta por la vertiente sur de la montaña, que más tarde fue utilizada para los primeros ascensos.

Retrato de Sir Edmund Hillary,
Retrato de Sir Edmund Hillary, en Australia, julio de 1953

Los británicos y su expedición, obsesionados con llegar al techo del mundo, continuaron entrenando. Intentaron llegar a la cima del Cho Oyu, del Himalaya, a 8201 metros, pero no lo lograron. Shipton ya sabía quiénes formarían parte de la expedición al Everest. Los neozelandeses Hillary y Lowe, expertos en hielo, serían de la partida.

La expedición de 1953, que catapultó a Hillary y al sherpa Tenzing Norgay a la inmortalidad, contó en realidad con un escueto equipo occidental de 13 miembros, de los cuales solo diez eran alpinistas. A ello se sumó el trabajo esencial de los sherpas, figura en la que Tenzing se elevaba por encima del resto gracias a su fortaleza y experiencia. Hillary lo describió así: “Tenzing era muy buen escalador. Había intentado ya en siete ocasiones el Everest”.

El explorador rememoró en una de sus últimas entrevistas con la publicación Desnivel cómo la decisión que los condujo juntos a la cumbre respondió tanto a la lógica de equipo como a las preferencias de John Hunt, jefe de la expedición, que evitó unir a los dos neozelandeses con mayor experiencia en hielo —Hillary y Georges Lowe— en la misma cordada y aprovechar así el talento de ambos para tallar peldaños de hielo.

Al mismo tiempo destacó el buen equipo que formó con Tenzing, que se tradujo en ascensos y descensos muy rápidos por la montaña, una eficacia que llevó a que fueran elegidos para el asalto final a la cima, dada la evidencia de que formaban el “equipo más fuerte y rápido”.

La jornada del 29 de mayo estuvo lejos de ser una marcha triunfal. Cargaban cansancio acumulado, frío intenso y un equipamiento que hoy parecería primitivo. A pocos metros de la cima se toparon con una barrera de roca y hielo casi vertical que parecía cerrarles el paso. Aquel obstáculo —el legendario Escalón Hillary— concentró el momento más crítico de toda la ascensión.

“Sabíamos que este escalón estaba allí, porque se podía ver desde lejos. También sabíamos que podía representar un problema. Cuando alcanzamos la base del Escalón aquello parecía muy vertical, y nos encontrábamos un poco cansados en aquel momento. Pero teníamos que superarlo para llegar a la cima”, relató a la publicación. La barrera de roca y hielo con su verticalidad les exigió poner a prueba todo su temple y conocimiento técnico.

Al llegar al techo del
Al llegar al techo del mundo se quitaron las máscaras de oxígeno

Hillary decidió aprovechar una cornisa de hielo y una fisura que permitieron sortear el escalón. “Decidí intentarlo por ella, con los crampones sobre el hielo y las manos en la roca. Lo fui superando así, un poco asustado, pues de romperse la cornisa caería por la vertiente del Kangchung. Al superar el Escalón fue cuando, por primera vez, estuve totalmente seguro de que alcanzaríamos la cima”, relató.

Hillary subrayó que el equipamiento de la época, compuesto apenas por crampones de diez puntas sin puntas delanteras y piolets poco evolucionados, obligaba a tallar peldaños durante casi toda la ascensión. Esa labor, señaló, ralentizaba y dificultaba la progresión de un modo impensable con los equipos actuales, que permiten desplazarse sobre hielo vertical.

El uso de oxígeno artificial representó otra incógnita importante. El propio Hillary resaltó que era una “barrera psicológica”, pues ningún médico aseguraba la supervivencia más allá de cierto punto, aun utilizando oxígeno. Al llegar a la cumbre, ambos retiraron las máscaras durante veinte minutos, sin sentir efectos adversos graves, lo que llevó a Hillary a considerar posteriormente posible escalar la montaña sin ayuda de oxígeno, siempre que los alpinistas estuvieran bien aclimatados. Pero ese debate vendría después. En ese instante, lo único real era el silencio absoluto y la certeza de haber llegado.

Edmund Hillary junto a Tenzing
Edmund Hillary junto a Tenzing Norgay, el sherpa que lo acompañó hasta la cima, una figura decisiva para la hazaña de 1953

La puerta de entrada a la filantropía

La fama fue inmediata. Sin embargo, Hillary no volvió a intentar el Everest. En cambio, volvió a Nepal. El impacto del ascenso al Everest se tradujo en una vida dedicada no solo a nuevas expediciones, sino a la ayuda humanitaria y educativa en la región del Himalaya y, más adelante, en la Antártida.

A comienzos de los años sesenta, un pedido sencillo —los hijos de los sherpas no tenían escuela— marcó un nuevo rumbo. En 1960 fundó el Himalayan Trust y comenzó a canalizar el prestigio y los recursos obtenidos tras la expedición hacia la construcción de escuelas, hospitales, clínicas y puentes en la región del Khumbu.

En 1961 recaudó fondos para construir la primera escuela. Desde entonces, la red de asistencia creció bajo su impulso, llegando a beneficiar a numerosas comunidades.

Ese vínculo con Nepal estuvo atravesado por una tragedia personal. En 1975, su esposa Louise y su hija menor, Belinda, murieron en un accidente aéreo cerca de Katmandú cuando viajaban para reencontrarse con él. El golpe fue devastador. Hillary atravesó un largo duelo, pero lejos de romper su relación con el Himalaya, la pérdida profundizó su compromiso con las comunidades locales, como si la ayuda concreta fuera también una forma de resistencia interna.

Junto a Tenzing Norgay con
Junto a Tenzing Norgay con quien formó una dupla fuerte y rápida

Tras varios años de duelo por la pérdida de Louise y Belinda, Hillary volvió a encontrar compañía en June Mulgrew, viuda de su amigo cercano Peter Mulgrew. La relación entre ambos se consolidó con el tiempo y se casaron en 1989. June acompañó a Hillary en sus actividades públicas y filantrópicas durante casi dos décadas, compartiendo su compromiso con Nepal y el legado de la Himalayan Trust.

La cumbre del Everest no solo marcó la historia del montañismo, sino que abrió para su protagonista, Edmund Hillary, un nuevo camino en su vida, que le daba sentido a todo. “Lo más trascendente de mi vida tengo que reconocer que fue el ayudar a la gente de la montaña a que tengan escuelas, centros de salud…” Aquella conquista, rodeada de un aura de mito y épica, impulsó la construcción de 25 escuelas y hospitales en la región sherpa.

Sus últimos días

Edmund Hillary pasó sus últimos meses lejos de los focos. El 22 de abril de 2007, durante un viaje a Katmandú, sufrió una caída que obligó a su internación y marcó el inicio de un deterioro de su salud. De regreso en Nueva Zelanda, su estado se agravó y el 11 de enero de 2008 murió por un fallo cardíaco en el Auckland City Hospital.

La noticia provocó una conmoción en su país. Las banderas fueron izadas a media asta en todos los edificios públicos y también en la base Scott, en la Antártida, un gesto que reflejó la dimensión de su figura. La entonces primera ministra Helen Clark resumió el sentimiento colectivo al afirmar que la muerte de Hillary era una “profunda pérdida para Nueva Zelanda”.

El rey Carlos III de
El rey Carlos III de Gran Bretaña recibe a Peter Hillary, hijo de Sir Edmund Hillary, también alpinista durante una audiencia en el Palacio de Buckingham para conmemorar el 70 aniversario de la ascensión al Monte Everest, en Londres, Gran Bretaña, el 14 de junio de 2023. Victoria Jones/Pool vía REUTERS

Diez días más tarde, el 21 de enero, su féretro fue trasladado a la catedral de la Santísima Trinidad, en Auckland, donde miles de personas se acercaron para despedirlo en la capilla ardiente. Al día siguiente se realizó un funeral de Estado y luego su cuerpo fue incinerado.

Tal como había pedido, el 29 de febrero de 2008 la mayor parte de sus cenizas fue esparcida en el golfo de Hauraki, frente a las costas de su país. Otra porción debía ser llevada a un monasterio nepalí cercano al Everest, aunque el proyecto de dispersarlas en la cima de la montaña fue finalmente cancelado en 2010.