
Es sabido que la Guerra de los Cien Años –que en realidad duró 116, entre 1337 y 1453, aunque con intermitencias– fue el conflicto bélico más prolongado de la historia. Se jugaba mucho de la distribución del poder en Europa en esa guerra entre Francia e Inglaterra, que terminó con la expulsión de los ingleses del territorio continental y la consolidación del poder del trono francés. En cambio, son muy pocos los que conocen cuál fue la guerra más breve de la que se tiene registro ni dónde ocurrió. Hay quienes creen que fue la Guerra de los Seis Días que enfrentó a Israel con Egipto en junio de 1967, pero no es esa sino una muchísimo más corta, tan breve que duró apenas 38 minutos, menos que el primer tiempo de un partido de fútbol o la ejecución de una sinfonía. Ocurrió hace exactamente 129 años, el 27 de agosto de 1896, en un sultanato llamado Zanzíbar, que ya no existe, pero que por esos años era un centro neurálgico del comercio ilegal de esclavos, marfil y especias. También una pieza sensible en el tablero del poder colonial.
Zanzíbar era un territorio insular del Océano Índico, cerca de la costa africana de Tanganica, que en la actualidad forma parte de Tanzania. A lo largo de su historia, la isla había estado bajo el control portugués entre 1499 y 1698, cuando los europeos fueron expulsados y quedó nominalmente en la jurisdicción de los sultanes de Omán. Siguió así hasta que en 1858 el sultán local Majid bin Said declaró a la isla independiente del poder omaní, con el reconocimiento del Reino Unido y de Alemania, que en un principio lo mantuvo en su órbita.
Los sultanes que sucedieron a Majid bin Said establecieron la capital y la sede del gobierno en la llamada ciudad de piedra de Zanzíbar, donde levantaron un complejo frente al mar que incluía un palacio de gobierno, otro palacio ceremonial y un harén anexo. Los tres edificios estaba interconectados por puentes cubiertos de madera que se elevaban por encima de las calles. Se lo llamó la Casa de las Maravillas y fue el primer edificio de África Oriental que tuvo energía eléctrica. Lo que no tenía eran construcciones de defensa.

En 1890, Alemania transfirió el control del territorio al Reino Unido, en uno de los muchos acuerdos que las naciones europeas firmaron a lo largo del siglo XIX para repartirse los territorios africanos. Desde entonces, el sultanato “cooperó” con la administración británica, que estableció allí un protectorado bajo su tutela, pero manteniendo la estructura de poder local. En ese arreglo, Londres reservaba para un inglés el puesto de primer ministro y conservaba el derecho de aprobar o no el nombramiento de un nuevo sultán. Así seguían las cosas en 1893, cuando ascendió al poder con el visto bueno de los británicos el sultán Hamad ibn Thuwaini, que estrechó aún más la “cooperación” con los amos coloniales ingleses.
La situación cambió de manera abrupta el 25 de agosto de 1896, cuando el sultán murió de manera tan repentina como sospechosa y su sobrino Khalid ibn Barghash ascendió al trono mediante un golpe de Estado, sin esperar la aprobación británica. El autoproclamado sultán tenía ideas que amenazaban el status quo y pretendía frenar el creciente control del ejército británico dentro de la isla y, sobre todo, se oponía a la inminente abolición, propiciada por Londres, del comercio de esclavos. El candidato de los ingleses era otro: Hamud ibn Muhammad, un hombre que ya había dado muchas pruebas de fidelidad al imperio y seguiría obediente a sus mandatos.
Los británicos no perdieron tiempo para darle al nuevo sultán un ultimátum: si no abdicaba antes de las 9 de la mañana del 27 de agosto le declararían la guerra. Khalid se negó y buscó hacerse fuerte en el palacio, defendido por la guardia real, una fuerza que contaba con mil hombres.

38 minutos de guerra
A las 8.30 de la mañana, los británicos reiteraron su emplazamiento al sultán a través del cónsul Basil Cave y Khalid se mantuvo en su posición: “Nosotros no tenemos ninguna intención de retirar nuestra bandera y no creemos que abran fuego sobre nosotros”, le dijo. “Nosotros no queremos abrir fuego, pero a no ser que haga lo que le fue dicho, lo haremos”, respondió el inglés.
La desproporción de fuerzas era enorme. Además de sus mil guardias palaciegos, el sultán contaba con otros 1.800 hombres, la mayoría de ellos civiles y esclavos, con armas antiguas y de baja calidad, entre ellas varias piezas de artillería de poco poder y una pequeña flota naval con el yate del sultán, el “HHS Glasgow”, como nave insignia. Del otro lado, los británicos disponían de tres cruceros, dos cañoneras y unos 900 soldados bien armados. En otras palabras: un ejército profesional, con armas modernas y bien equipado, contra una defensa rudimentaria, sin recursos y formada en su mayoría por civiles y gente sin experiencia militar.

El reloj marcaba las 9.02 cuando los barcos británicos “Racoon”, “Thrush” y “Sparrow” abrieron fuego simultáneamente. En cuestión de minutos, el palacio del sultán quedó reducido a escombros. El fuego naval también destruyó la nave” Glasgow” y neutralizó las posiciones de la artillería de Khalid. La resistencia por tierra, compuesta en su mayoría por civiles armados, fue incapaz de enfrentarse a los soldados británicos. El bombardeo cesó alrededor de las 9.40, cuando el palacio y el harén anexo estaban incendiados, la artillería enemiga silenciada y la bandera del sultán derrumbada. El recuento de bajas da cuenta de la desproporción de fuerzas: hubo 500 defensores muertos contra un solo marinero británico gravemente herido.
Los últimos minutos del enfrentamiento fueron dramáticos, con defensores encerrados en lo que quedaba del palacio sin que nadie les diera órdenes. Un corresponsal de Reuters relató que el sultán “huyó al primer tiro con todos los líderes árabes, pero dejaron a sus esclavos y a sus seguidores para que siguieran luchando”. Efectivamente, apenas sonaron los primeros cañonazos, Khalid salió del palacio y se refugió en el consulado alemán, que estaba apenas a una cuadra de distancia y al que los británicos se cuidaron bien de no tocar con sus balas para evitar un conflicto diplomático mayor.

El destino de Khalid
El sultanato de Khalid ibn Barghash había durado menos de dos días. Refugiado en el consulado alemán con cuarenta de sus seguidores, se negó a salir. Los británicos posicionaron tropas alrededor del edificio para que no huyera y reclamaron al cónsul que lo entregara, pero el tratado de extradición firmado por el Reino Unido y Alemania excluía específicamente a los presos políticos. Después de consultar con Berlín, el cónsul prometió enviar a Khalid al África Oriental Alemana para “evitar que pusiera un solo pie en Zanzíbar”.
El sultanato quedó en manos de Hamud ibn Muhammad, aunque con poderes mucho más limitados que los de sus predecesores. Poco después abolió la esclavitud por orden de los británicos. Los seguidores de Khalid fueron castigados a pagar las reparaciones para cubrir los costos de la munición empleada contra ellos y los daños causados por los saqueos, que sumaban 300.000 rupias. El harén, el faro y el palacio fueron demolidos debido a que los bombardeos habían dañado seriamente su estructura. El sitio se convirtió, entonces, en un área de jardines y el nuevo palacio se levantó en el lugar que antes ocupaba el harén.

Al sultán derrotado lo sacaron de la isla el 2 de octubre a las diez de la mañana, cuando el “SMS Seeadler” de la Marina Imperial germana llegó al puerto y, con la marea alta, envió un bote hasta los jardines mismos del consulado para embarcarlo, cumpliendo la promesa de que no volvería a poner un solo pie sobre la tierra isleña. Lo llevaron a Dar es Salaam, donde permaneció exiliado hasta que fue capturado por las fuerzas británicas en 1916, durante la Campaña del África Oriental Alemana de la Primera Guerra Mundial. Lo mantuvieron prisionero primero en las islas Seychelles y más tarde en la isla Santa Elena hasta que finalmente le permitieron regresar al África Oriental, donde murió en Mombasa en 1927.
Los días de Zanzíbar como sultanato también estaban en cuenta regresiva. En 1963 el archipiélago consiguió la independencia del Reino Unido como una monarquía constitucional, pero las tensiones étnicas entre árabes y africanos llevaron poco después a una sangrienta revolución en la que el sultán fue derrocado, varios miles de árabes e indios fueron asesinados y otros miles expulsados; sus propiedades fueron confiscadas por el nuevo gobierno de la República de Zanzíbar y Pemba. En el mes de abril, la nueva república alcanzó un acuerdo con la vecina Tanganika, uniéndose para formar el 26 de abril de 1964 a Tanzania, un nuevo país en el que Zanzíbar se constituyó como una región autónoma.
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