
A la irlandesa Mary Mallon se la llegó a considerar “la mujer más peligrosa” de los Estados Unidos, como si se tratara de una criminal de la peor calaña, una verdadera asesina en serie. No utilizaba revólveres ni mataba a puñaladas, pero portaba un arma letal dentro de su propio cuerpo. Por eso la trataron mal, muy mal, tanto que pasó 23 años confinada en una isla para evitar que regara más muertes. Mientras cumplía esa “condena” preventiva perdió incluso su apellido, que terminó aplastado por el peso cruel de los apodos estigmatizantes que le propinaron: se convirtió en “Mary Tifoidea” o, pero aún, “Mary la Tifosa”, un peligro para la sociedad. Sin embargo, lejos de formar parte de los anales del crimen, la triste y trágica vida de la cocinera Mary Mallon es uno de los casos más singulares de la historia de la medicina. A ella y sus padecimientos se debe el descubrimiento de portadores asintomáticos de determinadas enfermedades, una categoría que se ha hecho familiar para todo el mundo con las dos últimas pandemias, la de la infección por VIH –causante del sida– y la más cercana de covid-19. En el caso de Mary se trataba de la fiebre tifoidea, una patología que Mary transmitía sin saberlo y sin padecerla.
Los estudios sobre las epidemias de fiebre tifoidea habían comenzado a finales del siglo XIX. En 1879, el patólogo Karl Joseph Eberth descubrió el bacilo Salmonella typhi, que infecta los intestinos y la sangre, provocaba la enfermedad. Pronto se descubrió que la fiebre tifoidea podía propagarse a través de agua contaminada o fuentes de alimentos, es decir, por vía digestiva. Como la Salmonella typhi se elimina a través de las heces, una persona infectada también puede transmitir la enfermedad si, por ejemplo, prepara comida con las manos sin lavar. Por eso se tomaban extremadas medidas de higiene para preservar a los que estaban en contacto con quien presentara síntomas de la enfermedad. Lo que no se sabía –ni de la fiebre tifoidea ni de otras enfermedades infectocontagiosas– era que existían personas que se infectaban y, sin enfermarse, podían contagiar. Y descubrirlo, con Mary como caso índice o caso primario, exigió una verdadera investigación detectivesca.
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Corrían los primeros años del siglo XX y Mary Mallon trabajaba como cocinera en hogares de la alta sociedad de Nueva York. Comenzaron a sospechar de ella cuando las personas que vivían en las casas donde trabajaba se enfermaban y morían como moscas, contagiadas por el bacilo de la fiebre tifoidea que portaba en sus entrañas y que a ella, como si quisiera conservarla sana para utilizarla como arma de destrucción, no le hacía nada. Eso permitió hacer un gran descubrimiento científico, pero a Mary le valió pasar la mayor parte de su vida en una cruel cuarentena.

La muerte en bandeja
La irlandesa Mary Mallon nació en Cookstown, condado de Tyrone, en 1869, pero dejó su país cuando era adolescente para buscar una nueva vida en Nueva York, donde vivían sus tíos. Era una chica con cierto grado de educación –sabía leer y escribir, lo que no era poco para la época– y de “buena presencia”, una condición que solía requerirse para integrar la servidumbre de las familias adineradas. Además, era muy buena cocinera, un oficio que empezó a desempeñar con éxito a fines de 1895. Quienes la recomendaban decían que su mejor plato era un postre, el helado de durazno. Todos hablaban maravillas de la “señorita Mallon”, que no solo cocinaba, sino que mandaba con acierto a los otros empleados de la cocina y se ocupaba de comprar los suministros para ofrecer siempre una mesa con platos tan vistosos como ricos.
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La carrera culinaria de Mary marchaba viento en popa hasta que en 1900, cuando trabajaba en una casa de Mamaroneck, Nueva York, comenzaron los problemas. A fines de ese año y en menos de quince días, todos los miembros de la familia se enfermaron de fiebre tifoidea, pero Mary no. La cuestión es que la cocinera dejó el empleo, una actitud que nadie le podía reprochar porque así se preservaba de contagiarse. Se mudó a Manhattan para trabajar en otra casa, y los miembros de la familia que la contrató también se enfermaron. Mary volvió a irse para trabajar con un abogado –de quien pronto se convirtió también en amante– que terminó contagiado igual que siete de las ocho personas que vivían en la casa. Una vez más, la cocinera partió en busco de un nuevo trabajo.
Corría 1906 cuando se afincó en Oyster Bay, Long Island. En dos semanas, seis de los once miembros de la familia para la que trabajaba fueron hospitalizados con fiebre tifoidea. De ahí en más, cambió sucesivamente de empleo, contagiando a los habitantes de otras tres casas. Luego se determinaría que entre 1900 y 1907 trabajó en siete casas y que en todas ellas hubo casos de la enfermedad, algunos fatales.
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La proliferación de casos de fiebre tifoidea en casas de familias de la “buena sociedad” neoyorquina y sus alrededores se convirtió en noticia, porque padecer esa enfermedad también implicaba un estigma. Era una patología que proliferaba en las condiciones de hacinamiento e insalubridad de los barrios bajos de Nueva York, como Five Points, Prospect Hill y Hell’s Kitchen, pero que rara vez llegaba a los pulcros barrios que habitaban los ricos. Era una enfermedad de clase.

Un investigador tenaz
Fue precisamente para evitar el estigma de mugriento y quedar emparentado con los pobres, el dueño de una de las casas donde había trabajado Mary contrató al ingeniero sanitario George Soper, especializado en brotes de fiebre tifoidea, para que descubriera cómo tan terrible enfermedad había entrado por la sacrosanta puerta de su impecable hogar. Soper revisó todas las instalaciones sanitarias sin descubrir ningún indicio, pero no se desanimó y ensayó otra estrategia: investigar en todas las casas de barrios adinerados donde se habían producido casos de tifoidea en los últimos años. Eran 22, algunos de ellos letales. Buscaba un factor común y lo encontró: en todas esas casas había trabajado, más o menos cuando sus habitantes se enfermaron, la misma cocinera, una irlandesa llamada Mary Mallon. Sin embargo, a Soper no le alcanzaba con esa rara coincidencia para acusar a Mary. Si quería hacerlo debía demostrar científicamente que era la culpable de la epidemia.
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Comenzó a buscarla y la localizó trabajando en otra casa. Pidió hablar con ella y, después de explicarle lo que buscaba, le solicitó que le diera muestras de sangre y de materia fecal para poder analizarlas. La respuesta de la cocinera no fue la que esperaba: empuñó un cuchillo y sacó carpiendo a ese atrevido que la señalaba como portadora de una enfermedad que se asociaba con la mugre. Esa violenta reacción no le sirvió de nada, porque Soper se puso en contacto con el Departamento de Salud de la Ciudad de Nueva York para que obligara a Mallon a entregar sus heces y su sangre.
El análisis de las muestras confirmó la presencia del bacilo Salmonella typhi en el cuerpo de la cocinera, aunque nunca había mostrado ningún síntoma. Como si ese resultado fuera la prueba incontestable de un delito, la trataron como a una criminal. Fue arrestada y confinada en la isla de North Brother, frente a la costa del Bronx, en nombre de la seguridad pública. Cuando la noticia llegó a los diarios, los titulares la bautizaron como “Mary Tifoidea” y “Mary la Tifosa”, los apodos que acompañaría a Mary Mallon por el resto de su desgraciada vida.
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“Me tratan como una criminal”
El confinamiento de Mary no era producto de una condena por un tiempo determinado sino de una decisión sanitaria que no fijaba plazo alguno para liberarla. Desde esa cuarentena sin fin que consideraba un encarcelamiento injusto, Mary Mallon decidió resistir. Contrató a un abogado y encargó nuevos estudios de sangre y heces a un laboratorio privado. Dieron negativo y con esos resultados en la mano, el abogado pidió su libertad. En el escrito que presentó, Mary decía: “Esta afirmación de que soy una amenaza perpetua en la propagación de gérmenes tifoideos no es cierta… Soy una persona inocente. No he cometido ningún delito y me tratan como una criminal. Es injusto, indignante, incivilizado”.
Mary Mallon creyó tener el asunto resuelto, pero la Corte Suprema de Nueva York no dio por validos esos resultados, denegó la solicitud de libertad y decidió apoyar la decisión del Departamento de Salud. Su caso fue ampliamente cubierto por el magnate de los periódicos William Randolph Hearst, pero ese apoyo terminó siendo para Mary una espada de doble filo, porque al mismo tiempo que denunciaba la cuarentena de la cocinera como injusta, en todas las crónicas la seguía llamando con el nombre que la estigmatizaba, “Mary Tifoidea”.
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Mary estuvo confinada en la isla North Brother durante tres años, hasta que un nuevo inspector de salud le ofreció levantar su confinamiento a cambio de un compromiso: no volver a trabajar como cocinera. Mary Mallon aceptó, aunque no estaba dispuesta a cumplir esa promesa porque significaba que no podría ganarse la vida.

Encerrada hasta el final
Una vez en libertad se dio cuenta de que nunca podría entrar a una cocina como Mary Mallon. No solo por la prohibición que pesaba sobre ella, sino porque nadie en su sano juicio contrataría a la letal “Mary Tifoidea” para que trajinara con sus ollas y sartenes. Entonces, como surgida de la nada, una tal Mary Brown comenzó a presentarse en las casas donde se solicitaba una cocinera. Era una irlandesa que sabía hacer muy bien su labor y que hacía, entre otros platos vistosos y deliciosos, un exquisito postre de helado de durazno.
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Así, gracias a esa nueva identidad, Mary pudo conseguir trabajo. En los años siguientes utilizó diferentes nombres y trabajó en varias casas de familia, hasta que finalmente consiguió empleo como jefa de cocina en la Maternidad Sloane de Manhattan. Poco después se desató una epidemia de tifoidea en el hospital, que afectó a entre 25 y 30 personas y causó dos muertes. Los inspectores del Departamento de Salud no demoraron en encontrar a la causante de la cadena de contagios y descubrir que era la mismísima “Mary Tifoidea” utilizando un nombre falso.
Fue detenida y confinada nuevamente en la isla de North Brother, de la que ya no volvería a salir a pesar de haber presentado varios amparos ante la justicia. Estaba allí en 1932, cuando sufrió un infarto cerebral que le dejó la mitad del cuerpo paralizado, y del que no se recuperó. Murió de neumonía el 11 de noviembre 1938, cuando llevaba 23 años de interminable cuarentena. The New York Times le dedicó una breve necrológica que comenzaba así “Mary Mallon, la primera portadora asintomática de bacilos de fiebre tifoidea identificada en Estados Unidos y, por lo tanto, conocida como Mary Tifoidea, murió ayer en el Hospital Riverside en North Brother Island”. No le hicieron autopsia –o si se la hicieron no quedó registro-, por lo que es imposible saber si cuando murió seguía teniendo la bacteria en su organismo.
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