
Herbert William Mullin nació el 18 de abril de 1947 en Salinas, California, exactamente 41 años después del terremoto de San Francisco de 1906. Esa coincidencia lo marcaría de por vida.
Según reseñó A&E True Crime, con el tiempo llegaría a convencerse de que su nacimiento no era casualidad: estaba destinado a salvar al estado de una nueva catástrofe.
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Sus sacrificios humanos serían, para él, un acto de salvación: “Hemos protegido nuestros continentes de terremotos cataclísmicos mediante el asesinato”, declaró a la policía luego de su detención.
Durante su infancia no mostró señales visibles de violencia. Era popular, educado, con buenas notas, y fue elegido “el más probable a tener éxito” en su escuela secundaria.
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No obstante, la estabilidad aparente ocultaba una fragilidad que estallaría tras la muerte de su mejor amigo, Dean Richardson, en un accidente automovilístico, cuando ambos eran adolescentes. Mullin, devastado, levantó un santuario en su honor en su propia habitación.
Desde ese momento comenzó a obsesionarse con conceptos como la reencarnación, los desastres naturales y la vida después de la muerte.
Poco tiempo después, su comportamiento se volvió errático. Empezó a escuchar voces, a desarrollar personalidades alternas, decía ser boxeador, hippie, o de otra nacionalidad. Llegó a apagarse cigarrillos en la piel y golpear paredes pensando que eran personas.
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Según A&E True Crime, sus padres, preocupados, lo internaron en distintos hospitales psiquiátricos. Uno de ellos fue Mendocino State Hospital, donde recibió el diagnóstico de esquizofrenia paranoide.
De todos modos, los médicos no establecieron un régimen de medicación ni monitoreo permanente. Tampoco hubo internación prolongada: Mullin entraba y salía, sin supervisión.
En 1972, a los 25 años, volvió a vivir con sus padres en Santa Cruz, California. Había fracasado en su intento de integrarse a una comuna artística en San Francisco y estaba sin rumbo. Fue entonces cuando, según su relato, las voces se volvieron más insistentes.
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Le decían que el fin de la guerra de Vietnam había reducido el número de muertes necesarias para calmar a la Tierra, y que si no ofrecía nuevas vidas, un terremoto destruiría California.

El 13 de octubre de 1972 cometió el primer asesinato. Mullin conducía por las afueras de Santa Cruz cuando encontró a Lawrence “Whitey” White, de 55 años, caminando al costado de la ruta.
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Lo convenció para subir al auto y, sin mediar palabra, lo mató a batazos en la cabeza. Dijo luego que White le había dado permiso.
Mullin aseguró que escuchó al hombre suplicarle que lo matara para salvar a otros.
Según SF Gate, once días después, el 24 de octubre, recogió a Mary Guilfoyle, de 24 años, una estudiante de Cabrillo College que hacía dedo rumbo a una entrevista de trabajo. Mullin la apuñaló, diseccionó su cuerpo y dispersó los restos en los matorrales de una carretera.
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Pensaba que los cadáveres estaban “contaminados” y que debía examinar su interior en busca de “polución”.

El 2 de noviembre, entró en la iglesia St. Mary’s en Los Gatos, California, con la intención, en principio, de confesarse. Allí lo recibió el padre Henri Tomei, de 65 años.
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En medio del diálogo, Mullin escuchó nuevamente una voz que interpretó como una entrega voluntaria: “El sacerdote se estaba ofreciendo en sacrificio”. Entonces lo apuñaló y lo golpeó hasta matarlo. El cuerpo fue hallado en el confesionario.
Tras estos crímenes, Mullin intentó alistarse en el ejército, pero fue rechazado debido a su pasado de consumo de drogas.

Ese rechazo alimentó su resentimiento, y planificó una venganza contra una figura de su pasado: Jim Gianera, un excompañero de secundaria que había sido su proveedor de drogas durante los años de adicción.
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El 25 de enero de 1973, Mullin llegó hasta la casa de Kathy Francis, amiga de la esposa de Gianera. Tras obtener la dirección del matrimonio, asesinó a Francis y a sus dos hijos pequeños, de cuatro y nueve años.
Luego se dirigió a la casa de los Gianera. Cuando Jim abrió la puerta, Mullin le disparó. También mató a la esposa, Joan. Ambos fueron apuñalados repetidamente después de muertos.
Quince días más tarde, el 6 de febrero, perpetró una masacre en el parque estatal Henry Cowell Redwoods. Allí acampaban cuatro adolescentes: David Oliker, Robert Spector, Brian Card y Mark Dreibelbis.
Él se acercó a ellos, los increpó por estar “contaminando la naturaleza”, y luego los ejecutó uno por uno con una carabina calibre .22.

Sus cuerpos fueron hallados una semana más tarde en el mismo lugar del crimen.
Según La Vanguardia, su último asesinato ocurrió el 13 de febrero de 1973. Mientras manejaba por Lighthouse Avenue, vio a Fred Pérez, un hombre de 72 años que desmalezaba su jardín. Mullin bajó la ventanilla y le disparó sin aviso.
Un vecino anotó la matrícula del auto y alertó a la policía. Fue detenido sin oponer resistencia minutos después.
Durante el interrogatorio, confesó con precisión todos sus crímenes. Dijo que cada muerte era necesaria para evitar un terremoto. “Una catástrofe menor evita una catástrofe mayor”, repitió ante los oficiales.
En su departamento, los investigadores encontraron una Biblia, un libro de bolsillo sobre Einstein, artículos periodísticos sobre asesinatos recientes y una libreta con direcciones, incluida la de Gianera .
Su defensa intentó alegar demencia inducida por el LSD, pero fue desestimada. Mullin fue sentenciado a cadena perpetua en la prisión estatal de California.
Durante sus primeros años, tras las rejas, compartió pabellón con otro asesino en serie: Edmund Kemper. La convivencia fue peculiar.

Según SF Gate, Kemper despreciaba a Mullin y lo consideraba un asesino sin control. Para corregir su conducta, le impuso un sistema de castigo y recompensa: si interrumpía la televisión, le tiraba agua.
Si se callaba, le daba maníes.
Años más tarde, Mullin, desde prisión, publicó un anuncio personal en un periódico local. Buscaba una “esposa irlandesa” y declaraba su deseo de tener hijos. Tenía 40 años, llevaba 14 encarcelado y, según él, aún aspiraba a una familia. Nadie respondió al aviso.
Según informó KTLA 5, murió el 18 de agosto de 2022, a los 75 años, en el California Health Care Facility de Stockton, por causas naturales.
En total, pasó casi cinco décadas tras las rejas. Su historia permanece como uno de los capítulos más inquietantes de la crónica criminal estadounidense.
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