
En abril de 1995 McArthur Wheeler, un ladrón de 1,70 m y más de 100 kilos, no entendía por qué lo habían capturado, cuando él había tomado todos los recaudos para que no lo identificaran durante su atracos a plena luz del día en dos bancos de Pittsburgh, Estados Unidos. Había apuntado a los cajeros sin llevar ninguna máscara o disfraz que ocultara su cara porque estaba convencido de que con su fórmula “mágica” sería invisible ante las cámaras de seguridad. El líquido que se había aplicado en su cara era algo tan simple como jugo de limón.
Antes de dar el golpe al banco, Wheeler se había cerciorado en su casa que la fórmula funcionaba, a pesar del ardor en los ojos que le había provocado el cítrico en el momento. Estaba realmente satisfecho al comprobar que su fórmula funcionaba.
Los detectives de la policía dieron muy rápido con él, luego de que las imágenes de Wheeler robando el banco a cara descubierta fueran transmitidas en el programa Pittsburgh Crime Stoppers INC esa misma noche. A la medianoche, poco más de una hora de la transmisión, el hombre fue arrestado por robar el Fidelity Savings Banks, en Brighton Heights y el Mellon Bank de Swissvale. En ambos casos, había ido acompañado por Clifton Earl Johnson, de 43 años, que también fue arrestado.
Resultaba curioso para los detectives que Wheeler entrara a robar a los bancos despreocupado, sin ninguna intención de cubrirse la cara ante las cámaras de seguridad. Mientras revisaban las cintas lo veían ahí apuntando al cajero con una pistola, exigiendo el dinero. En el momento en que fue arrestado, el ladrón con incredulidad exclamó: ”Pero me eché jugo de limón”. Y les explicó seriamente el método que había usado para hacerse invisible ante las cámaras.

Es probable que Wheeler haya oído hablar acerca del uso milenario del limón como tinta invisible en mensajes secretos. Quien escriba sobre papel con su jugo y luego lo acerque a una fuente de calor podrá hacerlo legible. Tal vez el ladrón haya puesto a prueba esa teoría ¡en su cara!
La prueba con la Polaroid
El periodista Michael Fuoco, quien cubrió este caso, conversó con los detectives de la policía que hicieron este singular arresto, cuenta el periodista Errol Morris, en su blog del New York Times. Uno dijo que Wheeler había hecho varias pruebas antes de ejecutar el robo. El sargento Wally Long entró en detalles: “Aunque Wheeler informó que el jugo de limón le quemaba la cara y los ojos, y que tenía problemas (para ver) y tenía que entrecerrar los ojos, había probado la teoría y parecía funcionar”. Se había tomado una foto a sí mismo con una Polaroid y no había salido en la imagen. Long intentó descifrar lo que había ocurrido en el momento de la foto: la película era mala o la había apuntado lejos de su cara en el momento crítico en el que tomó la foto, es decir, con los ojos cerrados por el ardor provocado por el limón.

Un caso de estudio
El delirante caso terminó siendo objeto de estudio de un profesor de psicología social de la universidad de Cornell, de Estados Unidos, David Dunning, quien tuvo una epifanía al tomar contacto con esa viejo artículo policial. Si Wheeler era demasiado estúpido para ser un ladrón de bancos, tal vez también era demasiado estúpido para saber que era demasiado estúpido para ser un ladrón de bancos; es decir, su estupidez lo protegía de la conciencia de su propia estupidez. Ya lo había dicho Charles Darwin en la introducción de su libro de 1871, El origen del hombre: “La ignorancia genera confianza más frecuentemente que el conocimiento”. Y mucho antes, el filósofo Sócrates (470-399 a. de C.) dijo: “Solo sé que no sé nada”.
David Dunning y su estudiante de posgrado, Justin Kruger, se embarcaron en un proyecto de investigación para explorar la relación entre la autoevaluación de la competencia y la competencia real. Y en pocas semanas, desarrollaron un programa de estudio que concluyó con la publicación de un artículo titulado: “No calificados y no conscientes de ello: cómo las dificultades para reconocer la propia incompetencia conducen a autoevaluaciones infladas”.

La investigación se llevó a cabo en un contexto académico, donde los participantes fueron evaluados en diversas habilidades y luego se les pidió que autoevaluaran su desempeño. Los resultados mostraron que aquellos con puntuaciones más bajas en las pruebas tendían a sobrevalorar sus habilidades, mientras que los que obtuvieron puntuaciones más altas eran más precisos en sus autoevaluaciones.
El estudio de Dunning y Kruger abona la idea de que las personas con menos habilidades tienden a sobreestimar sus capacidades, mientras que aquellos con habilidades superiores tienden a subestimarse. Este fenómeno, hoy conocido como el efecto Dunning-Kruger, explica que la falta de habilidad no solo impide a las personas realizar tareas de manera efectiva, sino que también les impide reconocer su propia incompetencia. “No sólo llegan a conclusiones erróneas y toman decisiones desafortunadas, sino que su incompetencia les priva de la capacidad de darse cuenta de ello”, afirmaron los investigadores.
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