
“La ciudadanía judía de Alemania, como castigo por sus crímenes abominables, tiene que hacer frente a una multa de mil millones de marcos. A propósito, debo reconocer que no me gustaría ser judío en Alemania”, dijo con brutal sinceridad Hermann Göring dos días después, cuando los camiones ya transportaban a miles de judíos hacia los campos de concentración de Dachau, Buchenwald, Mauthausen y Sachsenhausen. El ladero de Adolf Hitler se refería así a los hechos de la noche del 9 al 10 de noviembre de 1938 cuando las tropas de asalto nazis, las temibles SA, apoyadas por miles de ciudadanos fanatizados por la propaganda del Tercer Reich, se lanzaron a las calles de las principales ciudades alemanas y austríacas para, literalmente, “cazar” judíos, destruir sus casas y negocios, y saquear sus pertenencias. Y no solo eso: como decía claramente Göring, también deberían pagar los destrozos.
Esa operación planificada desde el más alto nivel del régimen nazi pasó a la historia como “la noche de los cristales rotos” (Kristallnacht, en alemán) y marcó uno de los puntos más altos y sangrientos de la escalada de Hitler contra los ciudadanos alemanes de origen judío antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial. El saldo que dejó jornada violenta fue de 96 muertos, 30.000 detenidos y luego deportados en masa, más de mil sinagogas quemadas y más de 7000 tiendas de propiedad de judíos fueron destruidas o seriamente dañadas, cuyas vidrieras destrozadas – sus cristales rotos por la furia de la turba – dieron lugar al nombre con que fue bautizado el ataque racista.
En el testimonio que brindó a un diario británico, un inglés que se encontraba ocasionalmente en Berlín describió así lo que vio esa noche: “Cuando llegamos a la sinagoga, las llamas comenzaron a elevarse desde un extremo del edificio. La multitud avanzó arrancando los asientos y la carpintería del edificio para alimentar las llamas. En una tienda judía ubicada cerca de allí, hombres y mujeres, aullando delirantes, arrojaron bloques por las ventanas y las puertas hasta que cedieron y la turba, gritando y luchando, irrumpió en el interior para saquear y robar”.
Para dar rienda suelta a la barbarie de esa noche el régimen nazi necesitaba una excusa y la encontró en un hecho aislado ocurrido dos días antes a más de mil kilómetros de Berlín. El 7 de noviembre, en París, Herschel Grynszpan, un judío polaco cuya familia vivía en Alemania, atentó contra el diplomático alemán Ernst von Rath, para protestar por las deportaciones masivas de judíos de origen polaco ordenadas por Hitler. Con cinco balazos en el cuerpo, von Rath murió la mañana del 9 de noviembre en un hospital. La consternación provocada por el atentado fue hábilmente utilizada por el ministro de Propaganda del Reich, Joseph Goebbels, para encender la mecha que hizo estallar esa misma noche la violencia contra los ciudadanos de origen judío de Alemania y Austria.

“Esta fue la excusa que se le presentó a Goebbels para un discurso provocador destinado a excitar la cólera espontánea del pueblo contra los judíos”, explica Wolfgang Benz en su libro “El Tercer Reich, 101 preguntas fundamentales”. Fue el atentado contra von Rath pero pudo haber sido cualquier otra cosa, porque la destrucción en masa de la población judía de Alemania formaba parte de la agenda nazi incluso desde mucho antes de la llegada de Adolf Hitler al poder.
El enemigo interno
La intención de quitar a los judíos la nacionalidad alemana era uno de los 25 puntos del programa fundacional del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP) difundido en febrero de 1920. “No puede ser ciudadano, sino quien posee la cualidad de miembro de la comunidad nacional. No puede serlo sino quien tiene sangre alemana, cualquiera que sea su confesión. Ningún judío, consecuentemente, podrá ser miembro de la comunidad nacional”, decía. En el mismo sentido se pronunció de manera explícita Hitler en “Mein Kampf” (Mi lucha), donde expresa en varios pasajes su intención de construir una Alemania libre de judíos.
Así, los poco más de medio millón de judíos de Alemania – menos del uno por ciento de la población – fueron señalados desde el principio como un enemigo interno por la maquinaria de propaganda nazi. Los acusaban de la derrota alemana en la Primera Guerra Mundial, de llevar adelante negocios turbios y de ser responsables de las dificultades económicas del país, como la hiperinflación de principios de la década de los ‘20 y del impacto de la gran depresión provocada por el crack financiero de 1929.
El pogromo de Scheunenviertel, desatado en Berlín en 1923 y la nueva ola de ataques de 1931, conocida como los pogromos de Kurfürstendamm, en 1931, tuvieron a los nazis – que todavía estaban en el llano de la política alemana – en la primera línea de acción. Uno de los organizadores de estos últimos ataques fue Wolf-Heinrich von Helldorff, el líder de las SA y más tarde jefe de la policía de Berlín.

Las políticas antisemitas
En enero de 1933, con el nombramiento de Adolf Hitler como canciller, las condiciones de vida de los judíos alemanes empeoraron vertiginosamente y se aceleraron aún más cuando el dictador se hizo de la suma del poder después del incendio del Reichstag. El propio líder nazi llamó públicamente a un boicot contra los comercios de los judíos, que fue organizado por Julios Streicher y ejecutado por las SA. Después de ese llamamiento, el 1° de abril de 1933, las principales ciudades alemanas amanecieron inundadas de carteles que decían: “¡Alemanes, defiéndanse! ¡No compren a los judíos!”.
Ese mismo año, el gobierno promulgó una serie de leyes que restringieron los derechos de los judíos alemanes a trabajar, a acceder a los derechos del resto de los otros ciudadanos alemanes y a educarse a sí mismos. La Ley para la Restauración de la Función Pública les prohibió también tener empleos en la administración pública.
Para 1935, con las llamadas Leyes de Núremberg, como la Ley de Ciudadanía del Reich y la Ley para la Protección de la Sangre y el Honor Alemán, los ciudadanos alemanes de origen judío quedaron reducidos a la condición de parias en su propio país. Esa batería de normas “legales” definieron las características de judío, medio-judío o cuarto de judío, de acuerdo con la ascendencia; prohibieron las relaciones sexuales y el matrimonio entre los ciudadanos de sangre alemana o afines y los judíos; los privaron de la ciudadanía alemana y de la mayor parte de sus derechos políticos, incluido el derecho de voto, y les impidieron el ejercicio de diferentes profesiones por más que tuvieran los títulos habilitantes para hacerlo.

Mientras tanto, la estrategia propagandística de Goebbels seguía machacando día tras día con mensajes y contenidos antisemitas. Uno de los más relevantes fue la película “El judío errante”, un documental realizado con materiales de archivo editados para pintarlos de manera siniestra a los ojos de los espectadores.
La escalada continuó en 1938, cuando les confiscaron los pasaportes alemanes y fueron obligados de registrar todos sus bienes, para facilitar su expropiación; también se definió el concepto de “negocio judío”, donde los “arios” no debían comprar, y su sumó la prohibición del ejercicio de más profesiones, como por ejemplo la medicina. En agosto, el régimen nazi anunció que cancelaba los permisos de residencia para extranjeros, incluidos los judíos nacidos en Alemania pero de ascendencia extranjera, y los obligaba a renovarlos. Esto derivó en la casi inmediata expulsión, a fines de octubre, de más de 17.000 judíos de origen polaco, a los que solo se les permitió llevarse una valija con sus pertenencias, mientras que el resto de sus posesiones – incluidas casas y negocios – fueron confiscadas.
Entre los expulsados se contaban los padres y los hermanos del joven Herschel Grynszpan. “Nadie nos dijo lo que estaba pasando, pero nos dimos cuenta de que éste iba a ser el final... No tenemos ni un centavo. ¿Podrían enviarnos algo?”, le escribió su hermana Bertha en una postal que le envió desde la frontera polaca. La reacción Herschel fue atentar contra el diplomático Ernst von Rath, en París, sin imaginar que su acción sería utilizada por la propaganda nazi para encender la mecha de la noche de los cristales rotos.
Una “noche fatídica”
La intención del gobierno nazi era que el ataque coordinado contra la población y los negocios judíos en Alemania y Austria pareciera una reacción espontánea de ciudadanos alemanes indignados por el asesinato de von Rath. Sin embargo, desde un principio quedó claro a los ojos del mundo que se trataba de una violencia propiciada desde lo más alto del poder. “La fatídica noche del 9 de noviembre de 1938, con el apoyo de las SS, la instigación pública de la propaganda que dirigía Goebbels y el silencio cómplice de la policía, se organizó una rebelión popular que se convirtió en la más sangrienta persecución de los judíos en tiempos de paz”, señala el historiador Ramón Espanyol Vall en “Breve historia del Holocausto”.
Decenas de testimonios dejaron en evidencia la complicidad de la policía. Por ejemplo, durante el ataque de una multitud contra un orfanato judío en Berlín: “Unos 50 hombres irrumpieron en la casa y comenzaron su trabajo de destrucción, que se llevó a cabo con la mayor precisión. Cuando los niños salieron a la calle en busca de protección policial, el jefe de policía Freihahn nos gritó: ‘¡Los judíos no reciben protección nuestra!’. Freihahn nos llevó a todos al césped mojado del jardín del orfanato, desde donde pudimos observar cómo todo lo que había en la casa era destruido sistemáticamente bajo la supervisión de la policía”, relató un empleado.
El ciudadano inglés que fue testigo del incendio de una sinagoga berlinesa también presenció el ataque a un hospital judío. “Las calles eran un caos de gente sedienta de sangre que gritaba y ansiaba cuerpos judíos. El objeto del odio de la turba era un hospital para niños judíos enfermos, muchos de ellos lisiados o tísicos. En cuestión de minutos rompieron las ventanas y forzaron las puertas. Los líderes de la turba, la mayoría de los cuales eran mujeres, pateaban y golpeaban a las enfermeras, médicos y asistentes”, contó.
Las primeras luces del 10 de noviembre mostraron en Berlín un devastador paisaje que se reproducía, casi calcado, en otras ciudades alemanas y también en Viena: negocios destruidos, sinagogas cuyos escombros humeaban y una infinita cantidad de cristales rotos en las veredas. Esa misma mañana partieron los primeros transportes que llevaron a miles de judíos detenidos hacia los campos de concentración.
Fue entonces cuando Hermann Göring anticipó el Holocausto con una sola frase: “A propósito, debo reconocer que no me gustaría ser judío en Alemania”.
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