
“La vieja puta se va a morir, la vieja puta se va a morir”. Era plena pandemia de coronavirus y era el barrio de Flores. Romina Scalora, creadora de contenido en redes sociales y actual integrante del equipo del programa radial Nadie nos para (Rock & Pop) y de los programas televisivos Bendita TV (Canal 9) y La Vuelta (Fox Sports), escuchó una vez más los gritos de su vecino de piso en el PH en el que había crecido y en el que todavía vivía su mamá.
Esa vez, el vecino insultaba a una vecina de la planta baja de esa edificación con cuatro departamentos. Una mujer de más de noventa años que, en ese momento, estaba internada, atravesando un cuadro grave de salud del que finalmente pudo recuperarse, y que era, por esas vías construidas por el amor y no por la sangre, parte de la familia de Scalora.
“Él gritaba y yo pensaba que esa casa, a la que yo tendría que llegar y estar tranquila para llorar por esa mujer a la que amo profundamente y que estaba en un gran riesgo de vida, era un lugar en el que, en vez de sentirme refugiada, me resultaba imposible estar tranquila”, le dice Romina a Infobae.
Scalora llevaba, para ese entonces, más de cinco años escuchando los gritos de su vecino, sus insultos, su música a un volumen infernal, las patadas que pegaba en la puerta de su casa de toda la vida, a cualquier hora y cada quince minutos. Más de cinco años con los horarios de sueño cambiados porque la intrusión del vecino empeoraba por las noches, más de cinco años de, cada tanto, tener la casa inundada porque el vecino dejaba las canillas abiertas, y más de cinco años de soportar que el vecino pegara carteles con su cara en el subte y en el barrio acusándola de integrar una mafia que lo atacaba.
Todo ese padecimiento es apenas una parte de lo que contó Romina en un hilo de X que publicó este domingo y que se viralizó. También contó que ese padecimiento, que empezó en 2015, está en su instancia final. “Ayer se terminó una historia que arrastro conmigo hace 10 años”, publicó en esa red social. Es que la Justicia, contó la creadora de contenido a este medio, falló a favor suyo y de su mamá en una demanda civil por daños que empezaron hace casi una década.
“Faltan cosas administrativas para que este tipo se vaya, todavía está ahí, viviendo al lado de mamá. Pero yo me siento muy orgullosa de lo que hicimos, porque lo hicimos solas. Aunque también con la ayuda de muchos de ustedes que estuvieron esas noches acá dándome una mano”, compartió Romina en uno de los varios tuits del hilo en el que contó su historia.
En diálogo con Infobae, detalló que para afrontar la sentencia expedida por la Justicia, su vecino -cuyo nombre prefiere no revelar porque las agresiones no se detuvieron y por el temor acumulado durante todos estos años- deberá rematar su propiedad en el PH compartido. Cuando ese remate llegue, luego de que el juez correspondiente finalmente lo ordene, habrá llegado (del todo) el final en una demanda que contempló el daño psíquico, el daño moral y la violencia de género, entre otros aspectos.
“Hay un resabio de miedo, de temor, porque fueron años de un sufrimiento, una amenaza y un padecimiento difícil de imaginar si no lo vivís”, cuenta Romina, y suma: “En pandemia, por las amenazas, los insultos y las agresiones constantes, tuvimos consigna policial ya no en la calle, sino dentro de la edificación, entre la puerta de nuestra casa y la suya”. Esa escena, la de un policía parado entre dos departamentos para cuidar a las habitantes de uno del habitante del otro, puede ayudar a imaginar la vida cotidiana allí.

“Durante el día, no existía. No se lo escuchaba, no era molesto, ni nada por el estilo. Pero por las noches era un carnaval. Muebles corriéndose, música a volúmenes siderales. Salía hasta el pasillo principal del PH y corría a cualquier hora de la noche. Intenso, muy intenso”, publicó Scalora en su hilo, al contar los primeros meses de convivencia con su vecino. Dio más detalles: “Llamé a la policía infinidad de veces. Venían, le tocaban la puerta, no abría, la policía se iba y volvía a empezar todo. Estuve más de tres meses sin dormir ni una noche de corrido. No servía para estudiar, no rendía en el laburo, me peleaba con mi pareja de entonces”.
Después de una primera agresión física, cuenta Scalora en su perfil de X, acudió a defensorías, comisarías, comisarías especializadas en violencia de género. Denunció contravenciones y, luego de contar en ese entonces algunos de esos padecimientos a través de esa misma red social hacia 2018, le hicieron una nota periodística que publicó Diario Registrado. Fue por esa vía que dos abogados conocieron su historia, la contactaron y acompañaron su demanda hasta estos días. Fue su abogado el que la autorizó a, ahora que hay sentencia y está esclarecido el camino hacia el remate de la propiedad de su vecino, contar la historia completa.
En su hilo, Scalora cuenta que fue ese vecino el que repartió volantes acusándola de integrar una mafia en la puerta del Instituto “Joaquín V. González”, en el que ella se formó como profesora de Historia, y cuenta también que fue tras las agresiones de ese vecino que ella y su mamá padecieron picos de presión.
“Fueron años de muchísima vergüenza, de agotarme ante cada aviso de que alguien encontrara uno de esos carteles pegado en el subte. Al que no le pasa cree que la resolución es fácil: mudarse. Poner la casa en venta y que mi mamá se fuera a otro lado. Yo traté de pelear por lo único que me dejó mi papá: una casa y un apellido. Defendí las dos cosas, porque no se trata sólo de la propiedad, sino también de limpiar el nombre de todas las acusaciones que hizo en nuestra contra”, le dice a este medio. “Yo quería que mi mamá estuviera en la casa en la que crió a sus hijas hasta cuando ella tenga ganas, y no que se tuviera que ir por esto”, suma.
Aunque su vecino sigue allí, Scalora estima que hacia fin de año ya no compartirán la edificación. Será el verdadero final de un padecimiento que lleva casi diez años y que se terminó de hacer público hace apenas unos días. “Y eso que cuento en el hilo es apenas la punta del iceberg, porque es imposible resumir todas esas agresiones que duraron tantos años. Cuando lo publiqué y vi las respuestas, las reacciones en Twitter, me di cuenta de cuánto naturalicé eso que nos pasó. Casi todo lo que recibí fueron comentarios como ‘no puedo creer esta historia de terror’, y nosotras convivimos con eso por años”, dice Romina.
Espera la orden judicial que le ponga punto final a su historia de terror.
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